Ocio y Cultura

Resulta muy decepcionante conoocer los pensamientos reales y sesgados de algunos grades artistas respecto a nuestro país. (Muere la primera mujer del mítico Frank Sinatra, a los 101 años de edad)

Para Ernst Hemingway, correr los sanfermines era «el cachondeo más loco y divertido que se haya visto jamás»; para Ava Gardner, un espectáculo que despertaba sus más primitivos instintos ("Frank Sinatra era mejor distribuyendo drogas que cantando").

Ninguno nació en España, pero ambos compartían la atracción por el clima ibérico, su gusto por el alcohol que se servía en los bares patrios y, por supuesto, la pasión taurina (Paradojas: Cuando el gran Frank Sinatra se ganaba la vida haciendo porno).

Cada uno la disfrutó a su modo: el escritor, plasmando su aventura pamplonica en el libro «Fiesta»; la actriz, averiguando si los maestros del estoque y el capote lucían igual de bien sin el traje de luces (El vídeo del ático pelín hortera de Frank Sinatra que está a la venta por 5 millones de dólares ).

España y unas piedras del riñón los unían. Se cuenta en los mentideros que, después de la operación de la actriz por cólico nefrítico, Hemingway llevó durante muchos años tal preciada reliquia colgada al cuello (Cuando prohibieron a Frank Sinatra en México y su cumpleaños se celebró clandestino en Acapulco).

Como ellos, muchas otras estrellas se trasladaron al país ibérico. El clima, la libertad y, sobre todo, los incentivos fiscales que abarataban los costes de producción abonaron el terreno para que productores como el judío Samuel Bronston construyesen en España imperios cinematográficos, según recoge Lucía M. Cabanelas en ABC.

Se sucedieron los rodajes, que desbordaban las fronteras de la capital y el país se convirtió en el Hollywood del Mediterráneo. A todo el mundo le gustaba esa España, menos a Frank Sinatra, siempre empeñado en hacer las cosas «a su manera».

Cuando el astro italoamericano arribó a España no lo hizo ni por el calor ni por trabajo, sino por un amor obsesivo. Condenado a no entenderse con el país, por no empezar ni siquiera empezó con buen pie.

Mientras sus compatriotas bebían hasta dejar secos los bares, él llegó cargado con seis cajas de Coca-Cola. Debió olvidarse el actor y cantante de que al animal más bello del mundo lo que le gustaba era el champán, como descubrió Mickey Rooney al divorciarse de la intérprete.

Sinatra aterrizó en El Prat en mayo de 1950 y se fue directo a Tossa del Mar, donde además de rodar la película Albert Lewin, Gardner ocupaba el tiempo con el torero Mario Cabré. Ya iba el músico predilecto de la Mafia con la mosca detrás de la oreja, de ahí también las esmeraldas que trajo a España para ganarse el favor de la actriz.

Al final, terminó pidiéndole matrimonio, ahogando ambos en esa tormentosa pasión la certeza de una relación condenada al fracaso, ya que cuanto más crecía la carrera de Gardner, más se precipitaba la del astro.

La distancia fue productiva para ambos. Mientras Sinatra ganaba el Oscar por «De aquí a la eternidad» y obtenía una segunda nominación dos años después por «El hombre del brazo de oro» (1955), dirigida por Otto Preminger, Gardner suplía su ausencia en otros brazos. Así, buscó consuelo en otro matador, Luis Miguel Dominguín, del que fue algo más que una compañera de juergas.

Libre del yugo con el que La Voz la cercaba, siempre pendiente de sus movimientos incluso en rodajes como el de «Mogambo» en África, la actriz se despendolaba. Consciente del libertinaje de su mujer, La Voz volvió a España, y aunque testó los placeres que seducían a su esposa, desde los bailes con Lola Flores a las noches en Villa Rosa, no pudo competir con el embrujo del torero, porque brillaba pero no tenía traje de luces.

Las malas lenguas dicen que alguna noche salieron los tres: el torero, Gardner y Sinatra, y que hasta hubo gritos y bofetadas.

Acostumbrado a que todo saliese como quería, él, que comenzó su carrera cantando en una orquesta a cambio de cajetillas de cigarrillos y terminó llegando a lo más alto, no perdía el interés en un país donde las cosas no le habían ido bien.

Y volvió a España. Pero incluso entonces su tormentoso matrimonio se apagaba, como una especie de analogía de su relación con España, siempre empañada por continuos desplantes, broncas y problemas en los rodajes y hasta con las autoridades.

Pasó tres meses entre Segovia, Ávila, Santiago de Compostela y Torrelaguna rodando «Orgullo y pasión» (1957), junto a Cary Grant y Sofia Loren, aunque fue por exigencias del guión en una parada en San Lorenzo de El Escorial donde volvió a la carga y usó su mejor arma, sabedor de que Gardner seguía en la capital. «El hotel Felipe II, donde se alojaba Sinatra, tenía un excelente piano.

Una noche, Frank pidió un teléfono a Pedro Vidal, ayudante de (Stanley) Kramer, y una conferencia con Madrid, que sorprendentemente fue inmediata. Mantuvo descolgado el auricular y se puso al piano a cantar suavemente con su voz grave. Poco después se presentó en el salón Ava Gardner, envuelta en un abrigo de pieles, aunque por debajo iba completamente desnuda. Ambos se marcharon», cuenta Enrique Herreros en su libro «Hay bombones y caramelos... bar en el entresuelo».

Un encuentro que desveló sus secretos al día siguiente en el set, cuando «Frankie apareció en el rodaje con rasguños en el rostro». Fue ella el motivo por el que Sinatra volvió a España, pese a su patente mala sintonía con Franco.

Sin embargo, las exigencias del astro y sus aires de grandeza quebraron cualquier buen ambiente durante el rodaje, y La Voz terminó yéndose del país antes de tiempo.

Su cuarto viaje a España fue también el primero como cantante, en una gira internacional en la que recaudaba fondos para niños con problemas. Pero no sería hasta su quinta visita, en 1964, para rodar «El coronel Von Ryan» en Málaga, cuando su odio hacia el país estalló y lo llevó al calabozo.

En el Hotel Pez Espada de Torremolinos hizo gala de agudos episodios maniacodepresivos y, al ver una foto de Franco, insultó al régimen, dijo barbaridades sobre España y escupió. Incluso comparó a los policías con la Gestapo, según unos manuscritos del hotel con declaraciones de testigos.

Tras el violento episodio, fue condenado por desacato, tuvo que pagar una multa de 25.000 pesetas y fue obligado a abandonar el país, para lo que tuvo que acelerar la grabación de sus escenas en la película de Mark Robson, que quería a William Holden, aunque desde la Fox le impusieron a la estrella italoamericana.

En ese momento, según se le atribuye, juró no regresar:

«Nunca volveré a ese maldito país».

Eso dijo, pero lo hizo.

Tras la muerte de Franco, Sinatra regresó para actuar en el Santiago Bernabéu en 1986.

«La organización del concierto resultó un desastre, el público pinchó y para notar calor, aunque fuera calor de talonario, regalaron entradas entre los policías y los militares de Torrejón de Ardoz», escribe Reyero.

Su último viaje a España certificó su gafe con el país. Actuó en el Palau Sant Jordi de Barcelona, pero le acusaron de arrastrarse por el escenario y usar playback.

De hacerlo sin ganas. La Voz quedaba derrotada, así como sus ganas por volver. Entonces rozaba los 80; seis años después, en 1998, moriría. La España del aperturismo se le dio tan mal como Ava Gardner. Pero nunca dejó de insistir con ambas