Cuando el humor y las bromas radiofónicas pueden degenerar en conflictos diplomáticos quizás debería considerarse su conveniencia. El grupo Risa, espacio de humor de La Mañana de Cope, se superó este martes cuando un miembro del equipo, haciéndose pasar por José Luis Rodríguez Zapatero, contactó con el presidente electo de Bolivia, Evo Morales y gracias a una imitación digna de premio le hizo creer, sin informarle en ningún momento de que se trataba de una "broma", que hablaba realmente con el presidente del Gobierno de España.
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Por lo que respecta a los periodistas, hay algunos y muy relevantes, que consideran ese tipo de prácticas algo deleznable.{ladillo}La FAPE lo califica como mala práctica{/ladillo}
La Federación de Asociaciones de Prensa de España ha emitido una nota de prensa en la que afirma que, a pesar de que el espacio del grupo Risa es "un programa humorístico" que "no tiene que ver con el ejercicio del periodismo", "no se ajusta (la broma) a la buena práctica del periodismo, especialmente sí se atribuyen comentarios e intenciones a la persona a la que se usurpa su personalidad".
La FAPE, presidida por Fernado González Urbaneja, recuerda además que "las personas afectadas que consideren lesionados sus derechos por estas prácticas, siempre tienen abierto el recurso a los tribunales de justicia".
{ladillo}Pérez Reverte lo tiene muy claro{/ladillo}
Arturo Pérez Reverte, quien durante treinta años fue uno de los reporteros españoles más notables y que en la actualidad, además de ser miembro de la Academia de la Lengua es novelista de éxito, ha escrito que nunca le gustó hacer el payaso, ni que los payasos ganen un jornal a su costa y que quizá por ello le irrita cierta clase de periodismo basura, que se hace a base de reporteros provocadores que se plantan en actos oficiales o en situaciones más o menos serias y, bajo pretexto de una divertida y sana informalidad, impertinencia tras impertinencia, procuran dar un tono grotesco a la información.
Lo que sigue es un extracto del artículo titulado "Canutazos impertinentes", que publicó hace seis meses en El Semanal:
Eso, que en el mundo rosa tiene un pasar –quien vive de dar espectáculo, con su pan se lo coma–, se extiende también, sin escrúpulos, a asuntos más serios como la cultura, o la política. Rara es la tele que no dispone de un programa donde sus reporteros ponen la alcachofa, no para solicitar información, sino para el intercambio de supuestas ingeniosidades o tonterías a palo seco, siendo el objetivo real ridiculizar al entrevistado.
Siempre que me toca estar en público eludo prestarme a ese tipo de canutazos, que rara vez favorecen a nadie, y sólo sirven para que el reportero se apunte haber logrado una chorrada más y que la gente pueda reírse a gusto. Ni siquiera en la etapa pionera de esa clase de programas, cuando Wyoming y su brillante equipo realizaban Caiga quien caiga con humor y extrema inteligencia, fulanos simpáticos como Pablo Carbonell o Sergio Pazos consiguieron arrancarme más que un saludo cortés. A veces, ni eso.
Comparados con algunos de sus epígonos en los tiempos que corren, aquellos caraduras eran exquisitos. Algunos hasta se cortaban un poco ante la gente respetable. Ahora, quienes practican el género entran a saco sin el menor escrúpulo; y lo que es peor, sin hacer distinciones entre lo respetable y lo otro.Por supuesto, la culpa no es suya –a fin de cuentas hacen un trabajo con el que se ganan la vida–, sino de las cadenas que se lucran con esa clase de esperpentos, del público bajuno que los disfruta, y sobre todo de quienes se prestan indignamente, con tal de aparecer treinta segundos en la tele, a las más peregrinas idioteces.
A uno se le cae el alma a los pies cuando ve a gente en principio respetable, políticos de fuste o personalidades de las ciencias, las artes o las letras, dar cuartel en ese tipo de emboscadas groseras, deteniéndose en mitad de un acto oficial a responder, con una sonrisilla forzada y buscando desesperadamente una palabra o frase ingeniosa, a las incongruencias que plantea un entrevistador irreverente que mira a la cámara de soslayo mientras guiña un ojo al teleespectador, como diciendo: a ver por dónde nos sale ahora este gilipollas.
Sobre todo tratándose de políticos, la cosa no tiene remedio. Ahí son todos iguales, sin distinción de sexo o ideología: ven una cámara y se les hace el culito gaseosa.