JAPON-GEISHAS

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Las memorias de una geisha se escriben en Tokio, no en Hollywood

Agencia EFE, Sábado, 29 de abril 2006
Mukojima, en el nordeste de Tokio, es el barrio por excelencia de los artistas y el corazón de las academias de geishas, una dura profesión que tiene poco que ver con sus burdas imitaciones de Hollywood y mucho con el genuino carácter de Japón.

Aki, Omikan y Konomi son tres "maiko" o aprendices de geisha que no tienen los ojos azules, como la Sayuri de "Memorias de una Geisha", pero son tan bellas como la actriz china que interpretó ese papel, Zhang Ziyi, y el arte que despliegan es comentado de boca en boca en toda la orilla oriental del río Sumida, la arteria fluvial de Tokio.

Tampoco sus movimientos sobre el tatami cuando danzan muestran la espectacularidad gimnástica de las maniobras de Ziyi en el filme de Rob Marshall, sino trazos suaves y armoniosos no exentos de un calculado erotismo que deja pasmados a sus espectadores.

Estas tres maiko son las alumnas aventajadas de Seizaburo Saruwaka, Gran Maestro de la Escuela Saruwaka de Danza Clásica de Mukoyima, uno de los principales centros de preparación de geishas de todo Japón.

Vestidas con quimonos de colores tenues y bajo una máscara blanca que no hace sino realzar su etérea belleza, las muchachas, junto a otras tres geishas, ofrecen a los asistentes una danza tradicional con abanicos, bajo la atenta mirada de su maestro.

Los movimientos pausados de sus cabezas bajo el blanco hierático del maquillaje contrastan con los rápidos gestos de sus ojos y el leve roce de sus pies en el suelo, "pequeñas golondrinas sobre el entarimado de madera", como un poeta clásico describió en una ocasión en un "haiku", o poema tradicional japonés.

Ya desde un primer momento Saruwaka deja claro al puñado de periodistas "gaijin" (extranjeros) bendecidos con el honor de entrar en el sacrosanto recinto de educación de "geishas" que este nombre ha sustituido erróneamente al auténtico que desde hace siglos designa a estas mujeres convertidas en arte: las "geigi".

Según explica Saruwaka, una geigi "debe ser una estudiante entusiasmada, conocedora de que por delante tendrá muchos años de dificultades y formación, hasta que pueda ser reconocida por el público" en los salones dispuestos al respecto.

Aki-chan (la pequeña Aki, como la llama su maestro) es la más pizpireta a la hora de contestar y, tras un amago de rubor que tiene más de maña para encandilar que de timidez, cuenta que entró en esta profesión, a la que se dedica a tiempo completo, para "preservar la cultura" japonesa.

Konomi, más práctica, se aplica el dicho "de tal palo, tal astilla" y reconoce que su madre fue ya geigi, mientras que Omikan asevera que fue un amigo quien la introdujo en este enigmático mundo, aún velado por biombos, cortinajes de seda y la pugna entre escuelas.

Aki, Omikan y Konomi, al igual que otras geishas de la escuela Saruwaka, actúan en restaurantes de elite de Mukojima, barrio que en japonés significa "la isla de más allá" y conocido también como "hanamachi" o "ciudad flor", apelativo sugerido por los "pétalos" formados por las numerosas casas de geishas.

Si en 1940, antes de ser arrasado por las bombas norteamericanas, Mukojima alojaba a más de 1.300 geishas en 408 casas y escuelas, con 215 restaurantes de alto "standing" donde bailaban estas mujeres, ahora apenas hay 120 geigi y 18 salones donde actúan.

No obstante, la magia del pasado vibra aún en las calles de Mukojima, donde, a la luz de las geigi, trabajan decenas de pintores, artesanos, diseñadores y arquitectos, como si de un Montmartre japonés se tratara.

En la cúpula de esta pirámide del arte se encuentran las geigi, que, según el maestro Saruwaka, han de saber bailar, tocar la flauta, el tambor y el shamisen, una especie de cítara japonesa.

Según Saruwaka-san (el señor Saruwaka), la particularidad de su escuela reside en la atracción que inspira a las numerosas chicas que cada año acuden deseosas de convertirse en geigi.

Muchas de ellas son kamome-san, muchachas que vestidas de manera similar a las geigi, pero sin sus conocimientos, sirven en caros banquetes a los que acuden desde artistas, empresarios y políticos, hasta el humilde oficinista que no duda en gastarse el salario de una semana en un sueño que le iguala con los más grandes.