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Fallece a los 79 años el historiador José Ignacio Tellechea Idígoras

RD, Domingo, 9 de marzo 2008
Cuenta Juan G. Andres en Noticias de Guipuzkoa que en abril iba a cumplir 80 años de una vida dedicada por completo a la investigación histórica. José Ignacio Tellechea Idígoras, que nació en Donostia en 1928, falleció ayer a consecuencia de una enfermedad que sufría desde hacía un tiempo, según informaron fuentes cercanas al estudioso. El entierro tendrá lugar hoy en la localidad navarra de Ituren y los funerales se celebrarán mañana en la capital guipuzcoana.

Es prácticamente imposible resumir en unas pocas líneas el extenso currículo de un hombre que fue historiador, catedrático y académico. Cabe destacar su paso por el Seminario de Vitoria, donde estudió Humanidades, Filosofía y Teología, y por la Universidad Gregoriana de Roma, donde recibió formación en Teología e Historia de la Iglesia. También aprendió Historia en la Complutense de Madrid.

Miembro de Euskaltzaindia, Eusko Ikaskuntza y la Real Academia Española de la Historia, Tellechea Idígoras publicó cerca de un centenar de libros de distinto porte, factura y extensión, así como un sinfín de artículos y trabajos relativos a personalidades de la ciencia y de la historia vascas, como Fray Bartolomé Carranza, el Padre Larramendi, Catalina de Erauso, el Conde de Peñaflorida y, sobre todo, San Ignacio de Loyola.

Desarrolló su vertiente docente en el Seminario de Donostia y en el Hispano-Americano de Madrid, y más tarde en la Facultad Teológica de Vitoria y en la Pontificia de Salamanca. Su trabajo como profesor se prolongó desde 1956 hasta 1999, año de su peculiar jubilación. "Sólo he dejado de dar clases", aseguraba sonriente un hombre que hasta los últimos años de su vida no dejó de husmear en archivos y bibliotecas, en búsqueda de cualquier hecho oculto que él consideraba digno de incorporar a sus libros de Historia.

Dirigió la Biblioteca Doctor Camino de la Historia de Donostia y recibió numerosas distinciones, entre ellas el Premio Manuel Lekuona 2001 de Eusko Ikaskuntza. En la entrega de este galardón, se definió como "trapero del tiempo". "Y como los traperos aprovechan hasta los últimos retazos de paños o telas, he aprovechado pequeños retazos de tiempo", dijo.

En una entrevista concedida a este periódico hace un año, renegó de la literatura histórica y defendió que "la mejor novela es la Historia real". También afirmó que al historiador sólo le mueve la curiosidad, factor imprescindible para "estimular el hallazgo". "Para mí, en vez de guardar los secretos ha sido importante ofrecerlos a los demás", aseveró.