Opinión
La Tierra YT

España es un país de ademanes. Nuestra alma, entre latina, mediterránea y árabe, tiende a veces a la hipérbole para exhibir nuestro «... y yo más» subdesarrollado. Pero, afortunadamente, no ha sido siempre así.

Hoy quiero hablarles de un museo singular: El Geominero de Madrid. Está situado en un edificio de estilo monumentalista que combina elementos clásicos con toques eclécticos y fue diseñado por el arquitecto Francisco Javier de Luque en 1921. Lo he contado muchas veces, porque también soy guía voluntario en este museo y en la Residencia de Estudiantes de Madrid. Mi actividad como orientador de los grupos, cada vez más numerosos, que nos visitan, comienza siempre en lo alto de la escalera de mármol blanco de Macael que es donde se ubica el Museo. Allí, frente a una vidriera obra de la Veneciana, explico que el museo Geominero es un signo de tolerancia singular, por haber mantenido en el tiempo los escudos de los tres regímenes políticos que gobernaron España desde su construcción hasta nuestra época. Para demostrarlo les señalo una parte de la vidriera, donde aparece el escudo de la II República Española.

-Observarán -señalo-, que en lugar de corona ese escudo tiene un castillete y que, arriba sobre la clave de los arcos ojivales, está la representación de la diosa República con su gorro frigio. Luego, cuando accedamos a la sala principal, verán también el escudo de Alfonso XIII en el centro de una gran vidriera, en semibóveda, obra de la casa francesa Maumejean.

Esto ya no lo digo allí, pero sí que les indico a ustedes que me sorprendió cuando mi amigo, Rafael, uno de los guías más veteranos de CEATE con los que comparto esta actividad, me contó esta anécdota de los tres escudos: El tercero, que era el del gobierno de Franco, estaba en la fachada. Así pues el museo contenía los emblemas de los tres regímenes políticos y, además, todos habían respetado los de quienes les antecedieron. ¿Sorprendente, verdad? Bueno, pues cuando ustedes vayan no busquen el de Franco porque ya lo han retirado. ¿A que eso no les sorprende tanto? Pues es algo parecido a que haya desaparecido su estatua ecuestre de la Castellana, mientras se instalaba la de Largo Caballero. Sí señores, el mismísimo instigador del golpe que en 1934 provocó la Revolución de Asturias con más de 2.000 muertos. Un tipo que amenazaba con "... hacer la Revolución violentamente" y que en 1933 hablaba ya de guerra civil entre patronos y obreros. Pues la efigie de este modelo de convivencia aparece a escasos metros de donde estaba la del general.

En el polo opuesto, si un día van de visita por Bélgica, verán multitud de monumentos, calles y plazas, con los nombres, escudos y estatuas de Carlos I, Felipe II y hasta Carlos II, y llama la atención que los hayan conservado porque, como bien sabrán, los tercios del duque de Alba eran tan poco queridos por aquellos lares que para asustar a los niños aún se utiliza aquello de «... ¡que viene el duque de Alba!». Probablemente Bélgica y Holanda no son países de ademanes tan absurdos, como calificábamos al principio al nuestro. Ciertamente se aprende mucho viajando. Nos hace comprender que el olvido es lo más importante para convivir con todo cuanto sucede y nos rodea en el momento actual. Y que cualquiera, por contrario a nuestras ideas que se hubiera mostrado, tiene siempre un punto de verdad que merece ser contemplado.

Dicho lo cual toca hablar hoy, del libro de la vida y del magnífico escaparate que para estudiarlo, constituye el museo Geominero de Madrid. La exposición se reparte entre la nave central y tres balconadas. En total hay unas 250 vitrinas donde se exponen fundamentalmente fósiles, minerales, rocas, dos de joyas y otras de meteoritos. Actualmente se exhibe también un monográfico sobre el ámbar, que como saben, es resina fosilizada que a veces, contiene restos de insectos atrapados de hace millones de años. Así se ha podido conocer que había garrapatas que vivían parásitas de los dinosaurios, y que estos tenían plumas. Otro aspecto más popular, aunque ilusorio, es que de esos insectos se pudiera extraer el ADN con el que dar vida a aquellos seres fabulosos del mesozoico.

La Tierra es, que conozcamos, el único mundo donde se ha desarrollado el milagro de la vida. En el museo encontramos un libro, escrito en piedra, para ayudar a saber por qué nosotros estamos aquí hoy. Cada una de esas vitrinas es una hoja de las 250 que explican la evolución. La historia de la Tierra comienza hace 4.567millones de años (quien sepa jugar al mus no lo olvidará, pues basta recordar que la Tierra tiene "las de perete": 4, 5, 6 y 7). Pero entonces la temperatura superaba los 1.200 ºC y la atmósfera era una mezcla de dióxido de carbono, nitrógeno y vapor de agua. El planeta recién nacido era un interminable océano de lava donde no era posible la vida.

Hace uno 4.000 millones de años, una lluvia de meteoritos con agua helada, parece que pudo transportar también, el carbono y las proteínas primitivas, con los aminoácidos que forman el ingrediente vital de la vida. Así que cuando beban hoy, recuerden que esa agua tiene miles de millones de años y no se formó en la Tierra. Muchos científicos mantienen que fue así cómo se llenaron los océanos. La actividad volcánica submarina formó un plancton químico en el que los aminoácidos y las proteínas se unieron para generar vida. De esta gran sopa de bacterias unicelulares se han encontrado restos de colonias fósiles de hace unos 3.600 millones de años que formaron lo que se denominan estromatolitos. Se cree que eran cianobacterias que, por fotosíntesis, liberaban oxígeno y captaban enormes cantidades de dióxido de carbono, transformando la atmósfera inicial en otra rica en oxígeno, más similar a la actual.

La irrupción imparable de la vida cambió el panorama de nuestro planeta. Al menos el de nuestro libro fósil, que despertó en la llamada explosión cámbrica, un auténtico «big bang evolutivo» de hace 540 millones de años.

Desaparecieron los organismos ediacáricos que habitaron los 100 millones de años anteriores, y en los nuevos seres apareció la curiosa «simetría bilateral» que divide el cuerpo de los seres vivos que precisan moverse en dos mitades idénticas. Esta forma tan singular, que caracteriza a todos los vertebrados, nos facilita el movimiento en una u otra dirección en busca de comida. Si se rompiera nuestra simetría, como ocurre en las plantas, se dificultaría el movimiento. Si un pájaro moviera más un ala que la otra, volaría en círculo.

Luego llegaron, una y otra, hasta cinco grandes extinciones masivas obligando a los seres vivos a hacer flexiones y reflexiones (todavía animales) para sobrevivir adaptándose a cada nuevo entorno. Y ¿Cómo pudo el ser humano llegar a convertirse en rey de la Tierra? Yo no lo sé y dudo que alguien lo pueda explicar con rotundidad porque en cualquiera de esas grandes catástrofes pudieron producirse cambios decisivos contrarios a nuestra evolución. No disponemos de información pero tampoco de argumentos.

Simplemente la evolución nos trajo hasta aquí e hizo que fuéramos capaces de estudiarla y prever de algún modo lo que se avecina. Esperemos que no sea necesario un nuevo «big bang evolutivo» que nos haga más sensatos y generosos para evitar nuestra propia extinción.

(F. A. Juan Mata Hernández, c. t.)