Opinión
El periodista Carlos Herrera (COPE). EP

No me veo capaz de dilucidar nada acerca de una tesis doctoral: jamás elaboré una. Tengo entendido que es imprescindible para ser Doctor, y que su realización supone el trabajo de unos pocos de meses, cuando no años.

No tengo máster alguno ni soy doctor en nada, cosa de la que no estoy especialmente satisfecho pero que resume mi vida académica a la perfección: con haber aprobado todas las asignaturas de una carrera que, además, no he ejercido ni iba a ejercer jamás, tuve bastante.

Con mi esquelético currículum académico difícilmente podría presumir de nada ni competir con aquellos que hacen de la exhibición de títulos toda una declaración de intenciones; ni siquiera con los que consideran que el estudio formal de determinadas disciplinas facultan especialmente para el desempeño de labores relacionadas con la gestión pública y la administración general de cuestiones comunes. Es decir, solo valgo para administrar lo mío y eso a duras penas.

Es cierto que todos conocemos a cerebrinos que acumulan títulos en las paredes y que no valen ni para hinchar globos, al igual que proliferan individuos con menos instrucción pero con un gran sentido común que les hace magníficos gestores; bueno es que concluyamos que toda formación no solo no es baladí sino que es aconsejable y deseable, incluidos másters y doctorados, algunos meramente decorativos, otros esencialmente instructivos o indicadores fieles del nivel académico alcanzado.

La tentación del redondeo de unos estudios universitarios mediante la orla añadida de un máster no es cualquier cosa (antes de Bolonia, entiéndase), al igual que coronar el final de una carrera mediante el soberano titulo de Doctor: si a mi me garantizasen su consecución mediante algún atajo me lo pensaría... siempre y cuando no fuera a dedicarme a la función pública.

Hoy en día pretender ser concejal de pueblo sin poder garantizar la pureza de una ejecutoria es un suicidio. Bueno, tal vez concejal de pueblo no, pero concejal que aspira a ser consejero de gobierno autonómico, por ejemplo, sí.

O de entrada uno exhibe ausencia de méritos académicos (lo cual no quiere decir nada en sí mismo ya que muchos legos son excelentes gestores), o puede certificar que no copió ni siquiera en el exámenes de latín de Cuarto de Bachillerato (como hice yo con el Hic Haec Hoc, pronombres demostrativos que no se me olvidan y que me invalidan para ser alcalde de mi pueblo ).

El listón de la excelencia se ha puesto muy alto... y lo ha puesto la izquierda. No me parece mal en principio, pero la exigencia de ejemplaridad somete a todos a una tensión que, en principio, desaconseja a muchos someterse a la permanente inquisición de los Savonarolas exagerados de turno.

En función de esa misma exigencia, hoy pasa apuros el presidente del gobierno de España, que en sede parlamentaria citó textualmente al ministro alemán de Defensa, el cual hubo de dimitir por haber plagiado un 20% de su tesis doctoral. Sánchez aseguró que eso era lo imprescindible que se podía exigir a alguien que se viera en ese caso.

Este viernes, después de la exclusiva publicada por ABC el 13 de septiembre de 2018, Sánchez tiene un problema: va a tener que retorcer mucho la realidad para justificar que su tesis se parecía a otros textos publicados solo por mera coincidencia intelectual.

A quien esto suscribe le importa relativamente poco que la Tesis doctoral de quien preside su gobierno fuera un mero trámite administrativo para conseguir un título determinado siempre que sepa gobernar bien mis intereses (tengo por cierto que muchas Tesis adolecen de problemas parecidos), pero el mismo que dice lo anterior añade que quien marca listones de ejemplaridad debe ser el primero en cumplirlos. Y ese es el gran problema que tiene Sánchez. No yo, que ni soy Doctor ni Dios lo permita.