Opinión
La Selección de Fútbol de España calienta sobre el campo en el Mundial de Rusia 2018. EF

Retorciéndose los jugadores por el césped doloridos como si fuese la batalla de Solferino, todo el mundo en el fútbol sabe que es una farsa cuando llega el final de los partidos y el equipo que va ganando utiliza todas las añagazas posibles para perder tiempo, mientras los árbitros, sin autoridad, se limitan a sacar una tarjeta amarilla y no hacen nunca lo suficiente para impedir la violación flagrante del reglamento y la estafa a miles de espectadores.

Al equipo del gobierno Sanchez le pasa igual. Desde el comienzo no es más que un conjunto de estrategias y gestos grandilocuentes y populistas para llegar a las elecciones en el momento que el Presidente ilegítimo considere oportuno para intentar "convalidar" en las urnas lo que es no sólo ilegítimo sino además ilegal, como lo es ganar una moción de censura para alzarse con el Gobierno de la Nación, sirviéndose para ello de quienes la quieren destruir.

Los ministros dimitidos en los cien primeros dias, las contradicciones continuas en materia sensible y delicada, la trampa del presupuesto camuflado, los curriculum pretenciosos e inventados, los informes antiplagio manipulados y el reflejo de la la personalidad que hay detrás de todo ello expuesta ante todos los ciudadanos como un libro abierto. Abierto y, además, copiado.

Ya es hora pues, en política como en el fútbol, de poner fin a las farsas groseras y a los asuntos lanzados al ruedo sólo para desviar la atención o perder tiempo y así restar tiempo de juego o de legislatura con el fin de llegar al término del partido o a las elecciones en mejores condiciones, en lugar de convocarlas de una puñetera vez.

Los medios deberían ayudar para que, lo mismo los representantes del fútbol que los políticos, castiguen la pérdida deliberada de tiempo. De momento al Presidente interino ya le han sacado la tarjeta amarilla.

Es tiempo de castigar a los que en el fútbol y en la política nos lo hacen perder. Y qué mejor que hacerlo con un libro, aunque no lo haya escrito él. Ahora Sanchez nos tratará de vender la rosa como símbolo falsario, mientras lleva años sirviéndose de ella para pincharnos. Pero la jugada no puede colar pues constituye reflejo, uno más, de los adornos de su narcisista personalidad. Sanchez sigue perdiendo tiempo y esa actitud reiterada no puede conducir más que a la tarjeta roja.