Opinión
Montserrat Caballé. PD

En momentos de tanta debilidad del Estado y de acoso múltiple y coordinado a la unidad de España, resulta inconcebible que no se haya oficiado un Funeral de Estado a Montserrat Caballé en el Patio de Armas del Palacio Real. ¿Acaso no están aún en la retina los que otorgó recientemente Francia a Charles Aznavur en el solemne Palacio de los Inválidos, con su canción Emmenez-moi cantada por el coro de la guardia republicana francesa, o unos meses antes a Johnny Hallyday, con desfile incluido por las calles de Paris pobladas de miles de sus fans? Esto sí que es fortalecer el Estado y no lo nuestro.

¿No se lo merece una de las tres mejores sopranos de la historia de la música, que además defendió su españolidad pese a las lisonjas y maniobras del malvado Jordi Pujol y sus secuaces? ¿Pero cómo es posible que los inquilinos de Zarzuela y Moncloa hayan despachado el asunto con un telegrama y un viaje a Barcelona? Ya sabemos que el actual titular de Moncloa sólo está para dar carrete a los independentistas y elaborar recetas de marketing con las que llegar a junio de 2020, pero el portador de la Corona, el representante y defensor del Estado y sus instituciones, el que pronunció un discurso histórico hace poco más de un año, debería ocuparse de estas cosas porque son estos actos los que fortalecen su posición, los que reforzarán su legado, los que engrandecen la Patria común y enseñan al mundo, en esta sociedad mediática y de símbolos, que España es mucho más que las mentiras y los chillidos de los independentistas y populistas: es una nación con más de cinco siglos de historia, el primero y más extenso imperio global que haya conocido la humanidad, que tiene para sus hijos ilustres ceremonias públicas con boato, sentimiento y sentido.

¡Qué envidia me produce el proceder de Francia en estas ocasiones, o el protocolo inglés para tantos acontecimientos! En ambos, la obra de sus grandes ciudadanos, sin excepción de ideologías y creencias, es patrimonio de la nación porque sin esta herencia espiritual la nación no existe.

España tiene la fortuna de seguir contando con mujeres y hombres eminentes en la política, las ciencias, las artes, la cultura, la economía, la empresa, el deporte. Y todos, todos sin excepción, se merecen a su muerte un funeral de Estado que les rinda honores patrios por su contribución a la historia común de los españoles, y no cuatro líneas en un tuiter y una ¡despedida descolorida y casi oculta desde un tanatorio! Como español lo refuto por vergonzoso y vulgar.

Además de ocuparse de verdaderas naderías, como constatamos a diario, la jefatura del Estado y los poderes legislativo y ejecutivo deben fortalecer cada día al Estado con ceremonias solemnes que refuercen nuestro común acervo, rindan pleitesía a nuestras mujeres y hombres eximios, que los hay y a cientos y enseñen al mundo que no somos uno más de los 193 Estados reconocidos en Naciones Unidas. Y si la actual regulación del Funeral de Estado no contempla este acto para nuestros ciudadanos egregios, ¿a qué esperan para cambiarla?

JORGE DEL CORRAL