Opinión
Loteria, premio, dinero, riqueza y felicidad. EP

¿Cómo ser feliz? Para conocer ese secreto quizá convendría recordar una frase de Sócrates: "El secreto de la felicidad no se encuentra en la búsqueda de algo más, sino en el desarrollo de la capacidad para disfrutar con menos". Para el filósofo griego, la felicidad no viene con premios o alabanzas sino del esfuerzo interior para reducir nuestras necesidades y poder apreciar el valor de los placeres más sencillos.

La mayor parte de las historias de la vida en la Europa actual son de lo más triviales, pero se desenvuelven en un entorno de protección social envidiable para casi cualquier otra parte del mundo. Claro que este aparente paraíso de paz y prosperidad ha sido un legado de generaciones anteriores y, por tanto, tenemos una responsabilidad mayor para conservarlo. Se podría concluir desde una visión superficial que somos felices.

Sin embargo, no hace todavía un siglo, Europa se desangraba en dos guerras interminables y crueles como nunca la historia había contemplado. Finalizada la Segunda Guerra Mundial, se inició un proceso de integración europea que, tras varios puntos determinantes, culminó con los acuerdos de Maastricht en 1992 y Lisboa en 2009. Esta es ahora la tierra feliz prometida, llamada a ser una gran potencia, ¿pero cuándo? Y, aunque la lógica cuestione el retraso, la pregunta sigue ahí existente y obstinada. Lo que sucede es que fuera de nuestro paraíso tenemos un territorio inmenso, prácticamente subdesarrollado, políticamente convulso, y con una cultura muy diferente a la europea.

En 1995 se constituyó el denominado Espacio Schengen, que hace referencia a una zona en la que 26 naciones europeas, con más de 400 millones de habitantes en su conjunto, acordaron la abolición de las fronteras interiores para el tránsito libre y sin barreras de personas, bienes y servicios. Acordaron unas leyes homogéneas de control de las fronteras exteriores sin establecer un sistema común de vigilancia. Fue un salto adelante aventurado, cuando, por olvido o menosprecio del problema que se avecinaba, se oscureció la evidencia de que se dejaba de lado lo más trascendente, un continente, el africano, que alberga 1.288 millones de personas con una renta per cápita de apenas 4 euros diarios, frente a los 82 euros de media en la UE y donde nacen cada año 38 millones de personas más. El resto del problema llegó cuando revueltas sociales, guerras, hambrunas u otras circunstancias geofísicas, iban haciendo su inexorable aparición.

Pero no debió ser eso nunca una sorpresa, pues desde que nuestro planeta engendró a los primeros seres vivos, aquellos estromatolitos unicelulares de hace unos 3.600 millones de años, se han venido produciendo avatares que obligaron a un desplazamiento geográfico, pacífico algunas veces, pero violento o invasivo muchas otras. Y esas eventuales situaciones han sido catastróficas a menudo. La propia evolución del planeta propició los cambios y fue dibujando primero profundos cratones, para conformar después los magnos continentes de Pannotia y Pangea, y en ellos se acogió y desarrolló la vida, claro que entonces las fronteras no existían, las fuimos estableciendo nosotros, el homo sapiens, una criatura que apareció en el último instante de ese largo proceso de 4.567 millones de años que tiene la Tierra.

Entonces, nos preguntamos: ¿Por qué existen fronteras? ¿Son justas? ¿Tienen sentido?

No es fácil responder a esas preguntas. Cada persona podría dar una respuesta y, a buen seguro, que tendría su parte alícuota de razón. Probablemente la respuesta nos la daría aquella fábula de la cigarra y la hormiga o la certeza de que la felicidad de unos es muchas veces la desgracia para otros, aunque solo fuera por la envidia que pudiera despertar.

Entonces, ¿era una situación justa?

Por una parte no. Cada vez parece más claro que la propiedad de los bienes que la naturaleza nos proporciona, debería estar destinada a satisfacer las necesidades globales de esa Comunidad y, más en su conjunto, de todo el planeta. Es lo que Henry George llamó el impuesto único que gravaría el valor del bien y no su productividad. Por poner un ejemplo, la Amazonía es hoy el pulmón de la Tierra y no parecería aceptable que los que se consideraran sus propietarios nos dejaran a todos sin respiración.
Por otra sí. Nadie tiene derecho a invadir una familia, una comunidad o un estado que ha establecido unas normas de convivencia, introduciendo otras opuestas, por muy numerosa que fuera la masa que pretendiera apoyarlos. Y es aquí donde siempre chirrían los goznes de las puertas que rechazan la aceptación de la inmigración irregular.

Tanto se habla hoy de apoyar a esos pobres inmigrantes que se dejan la vida en el mar explotados por las mafias, que hasta se ha convertido en un tópico. Si algo tenemos en común los humanos, es el ansia de ver felices a los desgraciados. No obstante, para conseguirlo, seguimos a menudo un camino equivocado. Los políticos nos bombardean con argumentos que simulan traer consecuencias felices. Pero es una estrategia ineficaz la de procurar ser más generosos de lo que alcanzan los recursos de la sociedad que nos alberga. Porque ¿No es cierto que en España los altos niveles de desempleo son una enfermedad crónica? ¿No es verdad que gastamos más de lo que ahorramos y que el déficit público que tendrán que pagar nuestros nietos crece cada vez más? Así pues, ¿qué es lo que pretendemos dar a estos inmigrantes..., felicidad a crédito?

No, no se debe tolerar la inmigración ilegal. Es preciso regularla en función de la situación económica de nuestro país y la capacidad de adaptación de los que quieren llegar. No se debe aceptar a aquellos que pretendan que sea nuestra sociedad quien se pliegue a sus costumbres o preceptos. Y una lectura simplista de lo que vemos cada día en TV no ayuda más que a intensificar ese fenómeno con daños irreparables para ambas partes. Nuestra sociedad se mueve actualmente impulsada por la idea de que todo vale lo mismo. Los valores que eran el marco de referencia del comportamiento ya no sirven. Se anteponen los derechos y se reniegan o desprecian las obligaciones y los inmigrantes ilegales no son una excepción. Las normas no están para cumplirlas porque nadie tiene autoridad para exigirlo.

Este mensaje, dirigido a los cuatro vientos ha calado profundamente en el otro lado del mar y, por ello, la marea que llega en busca de la felicidad no se detiene ante ninguna frontera. Es algo que hay que cambiar de inmediato pues no se puede tolerar que el que entre ilegalmente en España exija unos derechos que ha pisoteado al llegar. Debe ser devuelto al país del que provino y perder la opción de ser regularizado.

Así pues ¿tienen sentido las fronteras?

No tienen sentido las "fronteras" de espino que resultan inútiles y dolorosas, pero sí otra "frontera" más severa para quien llega y es acogido: «El respeto al conjunto de normas, pero sobre todo a los valores que regulan la convivencia y la identidad de la nación». No hay opción para exigir una adaptación a las suyas o a las viejas costumbres tribales de los países de origen.

La verdadera solidaridad con nuestros vecinos se debería centrar en apoyar a los países de los que proceden estos inmigrantes con medidas de protección política, cultural y económica para que no se desangren con la marcha de sus jóvenes y desarrollen su propio potencial.

¿Cómo se puede apoyar a inmigrantes de países con gobiernos corruptos o antidemocráticos?

El filósofo alemán, Karl Christian Friedrich Krause, ya hace más de dos siglos en su «Ideal de la Humanidad», abogaba por la constitución de una república mundial con cinco federaciones que agruparan a los correspondientes continentes. Un único gobierno mundial propiciaría una mejor distribución de la riqueza, protección social y educación. Las razones aducidas son diversas: desde el ejercicio de la solidaridad, hasta el respeto a la libertad cultural. Por desgracia, el primer argumento tiene hoy poca acogida: nos es más fácil entregar una limosna que aceptar que todos pudiéramos contar con similares oportunidades independientemente del lugar en que hayamos nacido.

(F. A. Juan Mata Hernández, c.t.)