Opinión
La magia del cine de toda la vida: King Kong. EP

Una de las principales razones de que los españoles hayamos sido duros de oído con los idiomas ha sido el doblaje al castellano de películas y series foráneas, sin proyectarlas en versión original, como ocurre en la mayoría de los países. Esta falta de musicalidad hacia otras lenguas es lo que nos convirtió en legos idiomáticos hasta, quizás, la llegada de Internet.

Lo que empezó siendo imposición en el franquismo se ha perpetuado merced a otra coacción: la de los actores y sindicatos de doblaje, que no quieren que disminuya su trabajo ni sus suculentos ingresos: de media 200 euros por hora de trabajo.
En el sector del doblaje cinematográfico al castellano el poder de decidir quién trabaja suele ser del director de doblaje, que es a su vez actor de doblaje. En España no son más de 20 los que imponen sus condiciones a la mayoría, muchos afiliados a los tres sindicatos que dominan ese campo: ADOMA (Artistas de Doblaje de Madrid), AVTA (Sindicato de Actores de Voz y Voice Talents de Madrid) y LOCUMAD (Sindicato de Locutores de Documentales y Realities de Madrid).

Luego, y aquí está la madre del cordero de nuestra creciente diarrea idiomática patria, están las asociaciones y sindicatos de traductores que han nacido en Galicia, País Vasco, Cataluña, Valencia, Baleares, Asturias, ..., al compás del aumento exponencial del uso del otro idioma o dialecto de su respectiva comunidad autónoma. Las más importantes son la AGPTI (Asociación Galega de Profesionais da Tradución e da Interpretación), la EIZIE (Asociación de Traductores, Correctores e Intérpretes de Lengua Vasca), la APTIC (Associació Professional de Traductors i Intèrprets de Catalunya), la XARXA (Red de Traductores e Intérpretes de la Comunidad Valenciana),Langfeldt (Baleares) y la Iniciativa pol Asturianu, cuyo factótum es Inaciu Galán, activista en pro de declarar ese dialecto idioma oficial de Asturias.

Dejando a un lado los traductores de texto, que suelen cobrar cuatro céntimos por palabra, la élite del mercado de doblajes audiovisuales y traducción simultánea gana fortunas y quiere que el ramo se perpetúe y acreciente extendiendo sus tentáculos a cuantos territorios sean susceptible de desarrollar un corpus lingüístico propio para emplearlo en la Comunidad Autónoma a través de sus medios públicos de comunicación, que son la punta de lanza del adoctrinamiento con fines secesionistas.

Y cuantos más de estos medios se expresen únicamente en la lengua distinta al castellano, mejor porque eso aumentará su mercado de traducción al castellano, que es el idioma que hablan todos los españoles y el mayoritario (aún) en las comunidades autónomas que tienen segunda habla. Es lo que ocurre con palmaria intención en el País Vasco, Baleares, Valencia y Cataluña.

En esta última los intérpretes de la Corporació Catalana de Mitjans Audiovisuals (CCMA) perciben unos 530 euros por jornada (ocho horas) de traducción simultánea, que sube a 615 cuando es consecutiva: modalidad que consiste en comenzar a traducir cuando el sujeto ha concluido una frase o argumento. Este magno negocio, que se extiende por España como mancha de aceite, tiene un futuro esplendoroso, aunque sea patético para nuestro idioma común. Quizás la solución de cosido sea la versión original: ni traducir ni doblar.

JORGE DEL CORRAL