Opinión
El navío San Telmo. EP

El actual ministerio de Cultura está de trámite. Es lo que se deduce de su inacción en los nueve meses que lleva a su cargo el titular de la cartera, José Guirao.

Esta ausencia le ha llevado a dar un irresponsable y antipatriótico carpetazo ("este asunto está archivado") a una propuesta de obligado cumplimiento por Cultura, por el Gobierno de Pedro Sánchez y por cualquier gobierno español que se precie: la localización y, en su caso, extracción de una muestra (cañón, ancla, madera, etc. que dé cumplimiento a la Convención de la Unesco de 2001) del navío Sal Telmo y lo que quede de sus valerosos 644 tripulantes que naufragaron en la isla de Livingston en 1819, hace ahora 200 años.

Pero claro, como esto va de historia de España y de reivindicar para nuestra patria el descubrimiento de la Antártida, es asunto menor frente a los más mediáticos, huesudos ("me da la sensación de que en 1985 ó 1986 llevaba Franco más tiempo muerto que ahora", Antonio Banderas dixit -13-3-2019), rentables electoralmente y políticamente correctos que lleva en la faltriquera el actual ejecutivo de ministras y ministros (en funciones).

Sólo por estas fobias y filias se puede entender que Cultura descarte conceder permiso para que una expedición española busque y confirme que los restos encontrados por los ingleses William Smith, E. Bransfield y Robert Fildes entre 1819 y 1820 corresponden al San Telmo. Si así fuera, España rendiría tributo y homenaje a su gloriosa tripulación y podría pregonar a los cuatro vientos que, al igual que la primera vuelta al mundo fue empresa española y no portuguesa, la Antártida la descubrió España y no Inglaterra.

En el momento de su botadura, en 1788, el buque era una de las máquinas de guerra más eficientes del mundo. No en vano fue uno de los últimos y más depurados productos de una tradición de construcción naval que había alcanzado su punto culminante con la serie de buques a cargo del ingeniero José Romero y Fernández de Landa, de la que el San Telmo formaba parte.

Sin embargo, en 1918 era ya un barco de edad avanzada que había padecido el progresivo deterioro de los arsenales en los finales del siglo XVIII e inicios del XIX y, sobre todo, los efectos demoledores que tuvo sobre la Armada la invasión francesa y la guerra de 1808-14.

En su admirable libro "Muerte en el hielo", el vasco Álber Vázquez, autor también de Midiohombre (Blas de Lezo) y Guerras Mescalero en Río Grande (sobre los primeros españoles que vivieron entre las riberas de los ríos Grande y Pecos), ficciona sobre el destino trágico de ese navío y su dotación que, casi con toda seguridad, descubrió la Antártida.

En declaraciones a "20 minutos", Vázquez señala con razón que "En España se sigue viviendo con un gran sentimiento de culpa todo su pasado imperial. Y es un error". Y claro que lo es. Ha llegado la hora de quitarnos este sambenito y rebatir con hechos a quienes escribieron la leyenda negra contra España y ahora la resucitan, sean italianos, ingleses, holandeses, alemanes, franceses o españoles Podemitas y demás independentistas acomplejados.

Por una coincidencia no premeditada, la publicación de Muerte en el hielo coincidió con la emisión de la serie de televisión El Terror, basada en el libro homónimo de Dan Simmons. Las similitudes de una y otra son tan significativas que no hay persona que no las señale. ¿Qué hay de común entre ambas? Pues que dos tripulaciones, una en cada novela, se ven atrapadas en un entorno polar hostil en la primera mitad del Siglo XIX.

En Muerte en el hielo se narra la historia del San Telmo, que en 1819 doblaba el Cabo de Hornos en compañía de otras dos naves, mandado por el brigadier Rosendo Porlier y Astequieta, un marino curtido en mil batallas. En el Cabo de Hornos, una fuerte tormenta separa los barcos y el 2 de septiembre el San Telmo es avistado por última vez. Con el timón roto y a la deriva, naufraga unos días más tarde en la isla de Livingston, en la Antártida.

En España, dice Vázquez, no se tienen duda de que fue así, pues existen numerosas evidencias que apuntan en esa dirección. La más significativa, que cuando el 16 de enero de 1820 William Smith, el marino británico a quien se atribuye el descubrimiento de la Antártida, desembarca en la costa norte de esa isla descubre el pecio embarrancado y abundantes muestras de actividad reciente en un campamento improvisado.

"De regreso a su base en Valparaiso, decide admitir que no ha sido el primero en pisar aquellas tierras, pero las autoridades británicas le conminan a callar. Y calla".

"Para que alguien reciba la atribución del descubrimiento -señala David Yague-, deben darse dos condiciones. La primera es que ese territorio sea ocupado físicamente antes que nadie. La segunda, que exista una prueba documental que atestigüe el hecho. De la llegada de la tripulación del San Telmo a la Antártida antes que nadie no existen dudas.

La base antártica española no está situada en la isla de Livingston por casualidad y tampoco es casualidad -añade- que, en el lugar donde se cree que tuvo lugar el naufragio, se instalara una placa en la que se lee: "los primeros en llegar a estas costas" y se considere el paraje como "sitio histórico". Sin embargo, nos falta la segunda condición para que el descubrimiento de la Antártida sea atribuido a España, como debería, y no a Inglaterra: la prueba.

¿Y por qué no existe la prueba? Porque la prueba, es decir el testimonio, está en manos de Inglaterra. Bastaría con que dijera "sí, lo vimos, el San Telmo estaba allí, varado", para que la historia diera un vuelco y la tripulación del San Telmo recibiera el reconocimiento que merece".
Mientras ingleses, franceses, alemanes, italianos, norteamericanos recuerdan permanentemente su historia en libros, documentos, películas y series de televisión, y se sienten orgullosos de ella, aquí, en España, seguimos en Babia.

¿Cómo es posible que una historia como la del San Telmo o la de la circunvalación de la tierra, o tantas otras, permanezcan en el más ignominioso de los olvidos o sufran el desaire de este y otros gobiernos y partidos? ¿A nadie se le cae la cara de vergüenza por no fomentar y recordar quiénes somos y de dónde venimos?

La última felonía de los que quieren emborronar la historia de España y acabar hasta con la misma patria ha venido de la vocal de Ahora Madrid Cristina Escribano, que en el pleno de la Junta del distrito de Chamberí se opuso el lunes 11 de marzo a que se erija un monumento en homenaje a "los últimos de Filipinas" porque pertenecían "a un ejército colonial", demostrando su enciclopédica ignorancia y su servicio a la vesania foránea.

Este proyecto del Ejército de Tierra, con boceto del pintor Ferrer-Dalmau (el pintor de batallas, como lo ha definido Arturo Pérez-Reverte) y realización del escultor Salvador Amaya, se quería instalar en la Avenida Islas Filipinas con motivo de cumplirse los 120 años del fin de la gloriosa gesta militar, y representaba la efigie del teniente Martín Cerezo, que estuvo al mando de los 50 soldados españoles asediados por los insurrectos filipinos en la iglesia del pueblo de Baler, en la isla de Luzón, durante 337 días, sobre un pedestal de granito con los nombres de todos los protagonistas de la epopeya.

Esperemos que la razón gane a la sinrazón y podamos disfrutar de un monumento que ensalza el valor de nuestros soldados, la amistad hispano-filipina y, sobre todo, recuerda nuestra historia.

Porque destruirla, que es lo que hacemos últimamente, es destruir España y acabar con el cemento que aún nos une. Como dice el mismo Pérez-Reverte, "si seguimos así acabaremos mal. Vamos a acabar metiendo todo en la máquina de picar: la lengua, la historia, la Monarquía, las instituciones que nos dan el marco de convivencia, para conseguir picadillo, que es lo que sale por ahí". Evitémoslo, por favor.

JORGE DEL CORRAL