Opinión
El Papa Francisco los pies del presidente y del jefe de los rebeldes de Sudán del Sur. EP

El actual papa desde los primeros días de su pontificado destacó la virtud de la misericordia. Era y sigue siendo su novedad pastoral.

Ciertamente la misericordia es virtud de Dios puesto que significa "poner el corazón con el miserable". Virtud que el papa Bergoglio pidió y pide para los homosexuales que buscan a Dios... Hoy de inesperado contraste con las magníficas madres de familia a las que este papa dedicó el insulto de "conejas". Pero, mejor, pasemos al tema.

Resulta especialmente grave la compasión para la ya escandalosa realidad de nuestro clero -principalmente el regular- en espantosa e imparable eclosión de casos, denuncias y sentencias.

¡Misericordia! ¡Misericordia! Clama y reclama nuestro papa, lo mismo desde su personalísima cátedra en Alitalia, como ahora por sospechoso en otras áreas, volcado, pongamos como ejemplo reciente, en la concordia con los musulmanes porque, como innovó Juan Pablo II, "adoran al mismo Dios". Al mismo Dios Padre, tal vez, pero no a su Hijo, Jesucristo. Porque para un musulmán Cristo es personaje de relleno en el relato de la Revelación, cuando no un demonio. Durante 12 años tuve como parte de mi territorio el Magreb, francés y español. Conocí de cerca sus virtudes en representación relevante de su sociedad. Admirables, sí, pero tristemente muy lejanas y opuestas a nuestras fe y cultura. Desde esta experiencia afirmo que es una utopía la hermandad y la paz entre el Islam y el Cristianismo, entre los que creemos en la divinidad del Nazareno y los que se la niegan.

Hago paréntesis ilustrador con la noticia de anteayer, 11 de este mes de abril, de que el papa Francisco se arrodilló ante los líderes de Sudán del Sur para besarles los pies.

Mérito grande de quien todavía no puede arrodillarse ante el Santísimo por sus problemas en una rodilla.

Volviendo al tema que titula este artículo, diré que es extrema utopía aplicar la misericordia con el rebelde, pues que más resulta en ofensa a Dios que en verdadera ayuda a superar el error y la debilidad.

Porque debemos valorar no ya el pecado de orden personal sino la incoercible inclinación del vicioso para seducir y propagar su afición. Pensemos, también, que la libertad para la práctica y difusión de vicios destructores del ser humano, no es un avance en libertades sociales de nuestro tiempo sino una regresión suicida, el retorno a Sodoma.

Y este papa, porque lo es -aun si por las argucias del fallecido Cardenal Daneels -, no debería confundir más al mundo católico. No sólo porque esta clase de aventureros esté condenada ya desde los orígenes, y me refiero, porque hay que subrayarlo, a la grey LGTBI, sino por la actual deserción de fieles católicos, ya fugitivos de una Iglesia sin religión, que rebaja la liturgia y las tradiciones del vivir cristiano que nos educó, desde nuestro Osio hasta hoy. Cuyas enseñanzas son muy claras:

"No os engañéis, ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se acuestan con varones, ni los ladrones ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios" (1 Cor 6)

No existen adaptaciones que dulcifiquen la predicación paulina. Excepto, como bálsamo consolador, su carta a los Romanos (Rom 7), tan misericordiosa como salida del cielo.

A la cual recomiendo añadir la primera de San Juan, en su conclusión. (1 Juan 5, 13-21)

Junto a ellas, y ante la realidad de a qué precipicio se ha asomado hoy la Iglesia -mejor reconozcamos por qué acantilado se tiró-, será de mucha ayuda repasar su doctrina para estas situaciones. Así, por más que duela, releer los documentos salidos de la Cátedra de San Pedro en los que se condena la homosexualidad; y con qué severidad. Pero esto merece otro artículo.