Opinión
Pedro Sánchez, Pablo Iglesias, Franco y la Cruz del Valle de los Caídos. EP

El pacto suscrito por Pedro Sánchez y Pablo Iglesias para formular los Presupuestos del Estado de 2019 es una mala noticia, y lo mejor que podría pasar es que finalmente no lleguen a ser aprobados (Ni España ni los españoles se merecen a Pedro Sánchez y este Gobierno de mierda).

La idea de expandir el gasto en estos momentos, cuando la economía estaba asentando el crecimiento después de una década de crisis, es absolutamente contraproducente y le puede costar a España gravísimos daños en el futuro inmediato.

Pedro Sánchez es el presidente del Gobierno más vulnerable y menos confiable de la democracia, y si fuera cierto que merece un doctorado en Economía se daría cuenta de que está cometiendo un error imperdonable que pagaremos los españoles (La foto de Sánchez e Iglesias de la que todos hablan y no precisamente por ellos).

Lejos de toda prudencia, ha abierto las puertas a la primera intervención real de un partido político claramente antisistema -de extrema-extrema izquierda, por usar la terminología al uso en La Moncloa- en los fundamentos mismos de la economía española, y por añadidura confía la aprobación final de las cuentas públicas al chantaje de los principales enemigos de España.

La gran lección de la crisis había sido, precisamente, todo lo contrario: que el derroche de José Luis Rodríguez Zapatero solo sirvió para empeorar las cosas y que antes de gastar hay que saber de dónde va a salir el dinero; de lo contrario, se aumenta la deuda, ya desbordada, lo que obliga a destinar más recursos para pagarla en el futuro.

Los cálculos de recaudación son ilusorios, a menudo descabellados, y se basan en gran parte en medidas diseñadas para desalentar a los empresarios, pequeños o grandes. Al otro lado de la balanza, los guiños populistas en el gasto es poco probable que aceleren la actividad económica; al contrario, penalizan el esfuerzo, ahuyentan la inversión y fomentan el clientelismo.

Lo más sensato sería mantener el rumbo de la moderación presupuestaria para ir reduciendo la deuda y, a ser posible, bajar los impuestos para dinamizar el consumo interior.

El Gobierno con menos apoyo electoral de la historia, en cambio, se atreve con un proyecto altamente ideologizado, fruto de modelos antiguos, tan fracasados como la dictadura de Venezuela, de la que vienen los vientos populistas que las inspiran.

La ministra de Economía, Nadia Calviño, que conoce bien cuáles son las reglas del Eurogrupo, no puede ignorar que la flexibilidad que había pactado con Bruselas no incluye una reversión traumática de toda la política económica precedente, como establece el pacto con los populistas.

Al anterior Gobierno le faltó cierta dosis de sensibilidad social, pero al menos restauró los cimientos de la economía. Lo que quiere Sánchez es empezar a destruirlos.