Opinión
Pedro Sánchez y sus copias. EP

El presidente Sánchez, líder del PSOE por más señas ha confundido lo que debería ser la agenda razonable y realista de un Gobierno precario con una estrategia de supervivencia personal.

El coste de esta distorsión de la realidad está siendo un deterioro del sistema democrático y parlamentario. Por un lado, Sánchez elude sistemáticamente el control de la opinión pública, evitando comparecer ante los medios de comunicación para someterse a sus preguntas o amenazándolos con querellas o leyes mordaza.

Por otro lado, Sánchez y su Ejecutivo han decidido no comportarse como el gobierno de una democracia parlamentaria, generando riesgos autoritarios en la toma de decisiones que sólo persiguen esquivar la ausencia de una mayoría estable en el Congreso.

El Ejecutivo socialista tiene previsto un plan alternativo en caso de que su proyecto de ley de presupuestos sea derrotado en el Parlamento. Consiste en acudir, de nuevo, al Real Decreto-Ley para aprobar impuestos que financien lo que la izquierda llama «agenda social», que suele consistir en un incremento del gasto público sin una paralela reforma de la gestión para aumentar la eficiencia del sistema.

La retórica socialista envolverá estas iniciativas en el mantra de «la reconstrucción del Estado de Bienestar», nunca tan destruido como en el último mandato del Gobierno de Zapatero. Sánchez miente y no cumple sus promesas. Evita rendir cuentas y se oculta de la opinión pública.

Es débil en el Parlamento y utiliza atajos para pasar por encima de las Cámaras. España se asoma a una nueva crisis y el PSOE reclama el derecho a llevar a España de nuevo a la ruina, como si fuera legítimo que cada nuevo Gobierno experimentara a su gusto con el país.

Otra vez los socialistas niegan los avisos de la desaceleración y engañan al ciudadano con el señuelo de más gasto público, más deuda y más déficit. El bucle socialista del fracaso.