Opinión
Pedro Sánchez, Pablo Iglesias, Franco y la Cruz del Valle de los Caídos. EP

La mierda de acuerdo alcanzado entre el PSOE y Podemos, horas antes de que la filial catalana del partido de Pablo Iglesias sacase adelante una iniciativa para reprobar al Rey y pedir la abolición de la monarquía, es lo que la izquierda tiene que ofrecer hoy a España.

La coalición formada por el PSOE y Podemos ha optado por situar a España en un proceso de múltiples quiebras (Ni España ni los españoles se merecen a Pedro Sánchez y este Gobierno de mierda).

No es un pacto de «centro-izquierda», como lo han calificado medios afines, sino un programa de intervención directa en la vida nacional para alcanzar el gran objetivo del izquierdismo español: mutar el consenso constitucional de 1978 en un modelo político impuesto al resto de los españoles (TVE oculta los pitos y abucheos a Pedro Sánchez en el desfile de la Fiesta Nacional con una entrevista a Robles).

La primera quiebra y más inmediata es la que afecta a la senda de la recuperación económica. Aunque el acuerdo temerario entre el Gobierno y Podemos no se concrete en leyes y reformas, ya ha introducido el temor entre autónomos y pequeñas y medianas empresas, en las clases medias y en los sectores más decisivos para el empleo y la creación de riqueza (El pacto Sánchez-Iglesias incluye permiso para insultar a España, al Rey y a la Iglesia).

La progresiva desaparición de un entorno favorable -aumento del precio del petróleo y el dinero-, la desaceleración interna y la pérdida de confianza en el futuro se responde desde el Gobierno y Podemos con un plan fiscal que pisa el cuello a la sociedad española y la condena a otra etapa socialista de engaños masivos, hasta que, como en 2010, estalle una nueva crisis que no serán ellos quienes remedien.

Otra vez, la izquierda compra las preocupaciones y las necesidades de los ciudadanos más dañados por la crisis con promesas imposibles de cumplir.

La segunda quiebra se refiere a la lealtad constitucional. El PSOE ha dejado de ser un partido fiable para el Estado para convertirse en un activista contra la estabilidad constitucional.

Que el logotipo del Gobierno de España aparezca junto al de Podemos en un documento sectario y partidista no es una anécdota, ni un error disculpable. Es una declaración de principios de la sumisión de los poderes del Estado bajo su control para que actúen desde dentro del sistema contra el propio sistema.

Por eso, el socio que ha elegido el PSOE para esta aventura irresponsable es el mismo que ha propiciado en Cataluña la reprobación del Rey, que es tanto como un manifiesto contra la monarquía parlamentaria de 1978 y toda su legitimidad constitucional.

Los socialistas se sitúan así en un frentismo de izquierda extrema en el que pierden cualquier crédito como partido moderado, de centro-izquierda y constitucionalista.

No puede reclamar para sí la condición de leal al orden constitucional quien, al mismo tiempo, pacta con Podemos y acepta su estrategia de demolición del sistema, que comienza por la propia Corona.

El acuerdo entre Sánchez e Iglesias es también la quiebra del respeto por la convivencia cívica.

Su pacto entraña el dibujo de una línea divisoria en la sociedad, porque está fundado en postulados tan izquierdistas que hacen imposible la transversalidad necesaria para la convivencia y la estabilidad.

El PSOE vuelve a optar, como lo hizo Zapatero, por la ruptura social, lo que abre dinámicas que, por ejemplo, han acabado por convertir a todo un expresidente socialista en un correveidile del dictador Maduro.

El Gobierno socialista no tiene bastante con la crisis catalana y quiere abrir otra en el seno de la sociedad española, como coartada -la estrategia de la crispación, apadrinada por Zapatero- para justificar ese gran frente nacionalista y socialista al que aspira la izquierda desde 2004 para arrinconar, sin conseguirlo, al centro-derecha.