Opinión
Rafael López Diéguez.

La política de comunicación de la Unión Europea (UE), siempre ha presentado a los euroescépticos como los marginales, grave equivocación. Lo primero que se ha de entender es que el euroescéptico, como es mi caso, no es "eurófogo", es decir, no tiene ninguna fobia a Europa, muy por el contrario, nos sentimos muy orgullosos de ser europeos, de ser parte de esta región del mundo donde, entre otras cosas, se acrisoló el cristianismo y desde donde se irradió al mundo entero.

Los euroescépticos podemos llegar a compartir el Tratado de Roma, entre otras razones, porque los padres del mismo, llamados los "padres de Europa", lo hicieron desde una visión cristiana, prueba de ello es la beatificación de uno de ellos, hoy en proceso de canonización, y otro ya declarado Siervo De Dios (Schuman y Gasperi, respectivamente). La Comunidad Económica Europea (CEE), como proyecto de poner en común sinergias comerciales para proteger al viejo continente de la agresión comercial de otras regiones del mundo, no solo tenía lógica sino que era acertado. Por lo tanto, el principio de los padres de Europa de un mercado común, con respeto a las soberanías e identidades de cada una de las Patrias que lo componen, es algo que los euroescépticos no rechazamos.

En este sentido el término euroescéptico no sería el más adecuado. En realidad debería de ser el de "unión-europeístas-escépticos", pero el término acuñado vulgarmente es el de euroescéptico.

Decía al principio que es una grave equivocación, intencionada, el hacernos pensar que el euroescepticismo es algo marginal. Siempre se ha relacionado al euroescepticismo con lo radical, lo extremo, lo ultra, lo "facha", y ahora con lo populista..., cuando la realidad, guste o no, es que la mayoría de los europeos son euroescépticos.

Me explico, ¿quién es euroescéptico?, la respuesta se encuentra en el eurobarómetro publicado por la propia UE. Euroescépticos son aquellos que no creen en la UE (según el eurobarómetro en España el 59% de la población consultada), o aquellos que no se ven representados en ella, o no les interesa (en España, según el eurobarómetro, el 69% de la población consultada), o no creen en la necesidad de ningún órgano supranacional que reste poder a las soberanías nacionales, o aquellos que consideran que la UE está gobernando de espaldas a la moral objetiva y el derecho natural (resoluciones en favor del aborto, las uniones homosexuales, el derecho de adopción por parte de estos, la manipulación de los embriones...), es decir, todos aquellos que de una u otra forma o no votan porque les trae sin cuidado la UE o votan a partidos euroescépticos, en definitiva dan la espalda a la UE. Pues bien, el conjunto de personas con este tipo de sensibilidad representa entre el 72,5% y el 77,5% de los europeos con derecho a voto. Nada marginal, muy por el contrario.

La abstención más el voto en blanco en las últimas elecciones europeas del 2014 alcanzó casi el 60%. El voto a partidos euroescépticos está en una banda situada entre el 12,5% al 17,5%, dependiendo de si en ese porcentaje se incluye o no el voto a los conservadores ingleses, mayoritariamente partidarios del Brexit. En este sentido podemos concluir que el total del voto que da la espalda a la UE, por una u otra razón, está entre el 72,5% y el 77,5% antes referido, que es lo mismo que asegurar que el voto de los euroapasionados representa entre el 22,5% y el 27,5% de los europeos. Dicho esto, la conclusión no puede ser otra que la marginalidad esta de parte de los euroapasionados, que no de los euroescépticos.

Pero es que además, según va pasando el tiempo, el desinterés por Europa va incrementándose. En las primera elecciones europeas la participación fue del 62%, aun así baja, pero en las últimas este porcentaje se redujo hasta el 42%, si a esto le sumamos el incremento del voto en blanco, las cifras nos sitúan en una caída de interés por la UE de aproximadamente el 20%. Esta caída es continua, pero se acentúa más a partir de que se empieza a hablar de pasar de una unión de mercados a una unión de estados. Es decir, el cambio de la CEE a la UE, consumado con el tratado de Masatricht de 1992, que se intentó consolidar en el 2005 con la fracasada Constitución Europea, rechazada en referéndum por todos los países donde se puso a votación, salvo en España. ¡Como no....!, pero que de alguna forma se coló por la puerta de atrás con el Tratado de Lisboa (2007).

Según el eurobarómetro, este apoyo minoritario del 22,5/27,5% a la UE proviene en su mayoría de empresarios y mayoritariamente de hombres de más de 55 años, que de mujeres. Datos muy relevantes del eurobarómetro son que el 72% de los jóvenes europeos no votan, como tampoco lo hacen el 69% de los desempleados, el 65% de los trabajadores manuales o el 66% de los estudiantes universitarios. Estos números nos llevan a concluir que la UE es un proyecto de minorías, de elites; un proyecto que no ha permeabilizado ni en jóvenes, ni en trabajadores. En definitiva la UE es un proyecto construido por y para esa elite, eurocasta, no para la mayoría de los europeos.

La realidad es que la tendencia de voto euroescéptico en la Europa Central, sumada a la actual posición de de Italia, Austria, Dinamarca y Suecia hace pensar que en breve los porcentajes antes referidos se incrementarán sustancialmente, inclinándose aun mas la balanza hacia el euroescepticismo.

Alguien se ha planteado con relación a estos datos que sucedería si se sometiera a referéndum el continuar o no con este modelo de UE. Muy posiblemente como sucedió con la fracasada Constitución Europea, el resultado seria adverso para los euroapasionados y favorable para los euroescépticos, pero olvídense, los eurocratas de Bruselas nunca permitirán un ejercicio democrático de estas características, como no lo permitieron con el Tratado de Lisboa.

Es cierto que dentro del euroescepticismo existen grados o sensibilidades distintas, que van desde el que como los ingleses o posiblemente en un futuro muy breve los daneses (Dinamarca como UK negoció su entrada en la CEE, hoy UE, con una cláusula de exclusión), o quizás lo italianos o los países pertenecientes a Visegrado, que pueden pensar que es mejor estar fuera de la UE, y/o de la moneda única (Euro), con todas las consecuencias que ello supone, a otros que piensan que se pueden mantener en la UE pero con un cambio muy radical de la actual estructura de la UE que haga que ese concepto de Europa cale en las bases sociales y cuente con su apoyo.

Se critica mucho a los que mantienen la primera opción, es decir, a los que creen, o creemos, que la salida de la UE y de su moneda no solo no constituye un drama, sino que puede convertirse en una oportunidad. Los que desde hace años venimos manteniendo que la incorporación de nuestras naciones a la UE supuso un gran paso atrás y que la UE terminaría siendo un fracaso, fuimos y somos muy criticados. Es cierto que al día de hoy un discurso euroescéptico ya no es, como lo era hasta hace poco, extraño, es más me atrevería a decir que en breve será el mayoritario y el más común.

Pues bien, vamos a analizar datos comparativos objetivos para saber si tal postura es o no conveniente o si en realidad supone ese gran "drama", al que, de forma machacona y recurrente, nos tiene acostumbrados los euroapasionados.

Empecemos por decir que existen dos Europas, bueno quizás hasta cinco, la zona euro, la zona fuera del euro, Visegrado con sus "Cooperaciones Reforzadas", EFTA y CEFTA. Por cierto Islandia hoy en la EFTA retiró su pedido de incorporación a la UE, y los países de la UE fuera de la zona de Euro han dejado pasar los plazos de incorporación a la moneda única. Centrémonos en los de la zona euro y los de fuera de la zona euro.

Lo primero que se debe saber es que casi el 40% de la población de la UE viven fuera del euro, es decir, al día de hoy existen casi doscientos millones de europeos, que cual "locos de la vida", "populista" o "marginales", viven fuera del euro, no quieren el euro ni "en pintura". Ante esta situación lo que toca es saber si hay vida fuera del euro, o si se puede vivir mejor que en la zona euro.

Para dar respuesta a las preguntas antes enunciadas vamos a analizar parámetros muy relevantes, como la deuda pública, deficit, el índice de pobreza, la inmigración, el desempleo, la balanza de pagos o los rating de solvencia. Comparemos una economía como la de la República Checa con la española. Antes de nada decir que la población de la R. Checa es menos de una cuarta parte de la española, que su superficie es seis veces menor, por lo que no goza de las economías de escala y sinergias propias de países con más masa crítica como España. De otra parte debemos tener presente que hasta hace muy poco este país pertenecía al bloque de países vinculados a la URSS, con lo que ello conlleva.

Pues bien resulta: que la balanza de pagos de R. Checa es positiva en +8,73%, mientras que la española es negativa en un - 2,45%; que la deuda publica sobre el PIB en R. Checa es del 35%, mientras que en España es de prácticamente 100%; que su desempleo es del 2,1%, mientras que en España es del 14,3%; que su porcentaje de inmigrantes es del 4,08% mientras que en España es del 12,75%; que su Riesgo de Pobreza es del 9,7%, mientras que en España es del 21,61%; el rating de S&P para la R. Checa es de AA-, mientras que el de España es A-; el déficit de la R. Checa sobre el PIB es positivo en 1,50%, mientras que el de España es negativo en un 3,10%.

De otra parte, el bono a 10 años emitido por la R. Checa cotiza mejor que el Bono a 10 años de EEUU, en aproximadamente un 1%. También se ha de saber que en la última crisis estos países fuera de la zona euro avanzaron en sus economías, mientras que nosotros sufríamos una gravísima recesión, de la que no nos hemos recuperado.

Esto es solo un ejemplo, si comparamos con otras economías como la danesa o la inglesa, las diferencias se disparan. En este sentido nunca he entendido por qué la prima de riesgo toma como base a Alemania, por ejemplo, la prima de riesgo española en la actualidad es de 116, mientras que la danesa oscila entre el menos 5 y el más 2, lo que ha supuesto en algunos momentos que Alemania tuviera una prima de riesgo frente a Dinamarca.

Inglaterra, en plena crisis del Brexit, tiene una prima de riesgo del 106, mientras España, como hemos dicho, del 116, diez puntos de diferencia, si esto lo llevamos a Portugal o Italia, también en la zona euro, las diferencias se disparan aun más. La libra se ha recuperado en los mercados y el bono en libras a diez años paga un interes del 1,15% y el español en euros el 1,25%. Para qué hablar del interés que paga el bono danes a diez años en corona danesa, un 0,22%. Por lo que Dinamarca, fuera del euro, se financia mucho más barato que los paises de la zona euro, lo que significa que el pago de su deuda externa es más viable. La acreditada firma de rainting S&P da a Dinamarca la califaicación maxima, es decir, AAA y a Inglaterra de AA, ambas fuera de la zona euro, la segunda en plena crisis del Brexit, y a España como ya hemos dicho A-, por debajo de la R.Checa, fuera de la zona euro, que como hemos dicho mantiene un AA-.

Los datos analizados hablan por sí mismos. La conclusión es clara, no solo se puede vivir fuera de la zona euro, sino que se puede vivir mejor. Se puede vivir sin desempleo, pagando la deuda por razón de una balanza comercial positiva, un abaratamiento de los tipos de interés que se pagan por la deuda y un saldo positivo en relación con el PIB; el riesgo de pobreza disminuye, es una tercera parte que en España y lo que es más importante se mantiene la independencia financiera, que es una parte fundamental para mantener la soberanía y la identidad nacional.

En las próximas elecciones solo se presentará una opción claramente euroescéptica, la coalición ADÑ, que además de las razones aludidas anteriormente, es decir, replantearnos, vía referéndum, nuestra continuidad en esta UE y pasar a ser parte del 40% de los europeos que viven fuera de la zona euro, defenderá las raíces cristianas de Europa, la defensa de nuestras fronteras, la vida, la familia, la justicia social, la soberanía nacional y nuestra propia identidad.

Estamos viendo el fin de la actual UE. Debemos, aunque sea por una sola vez, adelantarnos a los acontecimientos, para ello necesitamos contar con estadistas, que no con políticos al uso; estadistas que, como afirmaba uno de los padres de Europa, De Gasperi, siguiendo a Otto Bismarck, asumían que la diferencia entre el político y el estadista es que "el político mira a la próxima elección, mientras que el estadista a la próxima generación".


Rafael Lopez-Diéguez, Secretario General de Alternativa Española, miembro de la Coalición ADÑ