El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Ya veo; la inquietud es creativa

YA VEO; LA INQUIETUD ES CREATIVA

Dilecta Pilar:

La casa del lago” tiene más pros que contras. Ese es mi parecer. Pero acepto o admito otros, siempre que vayan acompañados de vayas o razones de peso, que son las indispensables u oportunas para lograr convencer o persuadir.

Bien, por advertir las versiones. Las buenas o mejores son las que reportan más diversiones o placer literario.

Era una muestra de burla o vaya (de humor ante tanto tumor) la que hacía sobre la carrera de obstáculos que ha sido (barrunto) la vida de Jesús Vidal.

Me ha gustado mucho tu narración “Las fases de la luna”, relato de una abuela que recuerda o hace, desde su avanzada ancianidad, repaso escueto, somero, de las fases de su vida, en las que quien la completó y/o complementó, su esposo, “buen maestro, después de haber colgado la sotana”, fue persona crucial. Lo más llamativo del texto es que los motivos líquidos que sobrenadaban en ella, en su existencia, devienen, mediante la magia, tras echar mano o llevar a cabo un uso correcto del arte de la literatura, (en) sólidos. Así, el río Duero, tras perder su e, letra central, se muestra duro.

Ya veo; la inquietud es creativa (y/o su anagrama, reactiva).

Y ahora, como si se tratara de un telegrama, te urdo también que celebro que compartamos acuerdos y disensiones. Stop. Eso significa que somos dos personas, no una. Stop.

Te consta que, a veces, no siempre, solo a veces, lo que lee el lector (ella o él) no es exactamente lo que quiso decir el autor (hembra o varón) o este pensó que había quedado claro cuanto quería decir. Luego el hacedor lee lo que interpretó el lector y halla sorpresas. Lo que tengo claro es que el lector (aunque el autor haya sido el primero de sus textos y su primer crítico) completa al autor. Y, sin ánimo de polemizar, como es lo que sostengo, así lo escribo, libremente (de esa guisa lo hubiera hecho Cervantes —evidentemente, no lo menciono para que me compares con el tal—, don Miguel).

Ya sabes qué tesoro guarda esa caja fuerte que es el adagio 105 del “Oráculo manual y arte de prudencia” (1647) de Baltasar Gracián. Bueno, pues uno intenta seguir la senda que abrió el autor belmontino, zaragozano, aragonés.

Celebro sobremanera que estés entusiasmada.

He leído tu columna, “Amor”, en el Heraldo y tu microrrelato, “Ondas paralelas”. La primera me ha hecho recordar qué pensaba al respecto Friedrich Nietzsche, que entendía que el amor (extendía el mismo parecer al odio) no era ciego, sino que estaba cegado por el fuego que portaba dentro. Como hay quienes aún confunden amor y sexo, él veía en el último una añagaza de la naturaleza para que la especie no se extinguiera. En cuanto al segundo, como ocurrirá con el edificio de Filología, que van a derribar, para remozarlo, una/o nunca olvidará quién fue el/la primer/a chico/a del (de la) que se enamoró. Ciertamente, una/o puede enamorarse de oídas (por lo que cuentan otras/os de una persona) o de la altura, el timbre y/o el tono de la voz que escucha, viendo y aun sin haberle visto la mui o la cara a su autor/a. Las ondas paralelas pueden devenir olas para lelos, los amantes.

Buen finde.

Otro (de tu amigo Otramotro).

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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