Pacos

Paco Sande

Los jueces y el síndrome de la “garzonitis”

Fue en un discurso de Fin de Año cuando el Rey dijo aquello de que: “la justicia en este país debe ser igual para todos”.
Esta sentencia muy pronto causo furor en la calle. Estuvieses donde estuvieses o fueras don fueses, nunca faltaba el cerebrito de turno que te la recordaba, añadiendo: “si, si, igual para todos, ¿Y qué pasa con la infanta Cristina y Urdangarin, también para ellos va a ser igual?”
Y aquí se quedaban con el ojo avispado como señal inequívoca de que ellos, los que te hacían esta pregunta, sabían de antemano que ley en este caso no iba a ser igual para todos, puesto que estos dos, por ser quienes eran, se iban a escapar de rositas.
Y si en algo parecen haber acertado, es en que, efectivamente, en este caso la justicia no parece ser igual para todos, sino que con esta pareja se nos atoja que la justicia parece estar actuando con mucha más dureza y de forma más implacable.
Y que nadie se vaya a creer que los estoy disculpando ni mucho menos, no, especialmente al Urdanga, que, al parecer, nos ha salido un pájaro de cuidado.
Pero, ¿Y la Infanta?
¿Es la dureza con que el Juez Castro busca su imputación en el caso Nóos, celo justiciero o simple ensañamiento?
Porque, veamos: Primero fue la decisión del Juez Castro de imputar, así por las bravas, a la Infanta en el caso Nóos. Imputación que fue suspendida por La Sección Segunda de la Audiencia Provincial de Baleares.
Entonces el Juez, sin desanimarse en lo más mínimo, decide investigarla por posible delito fiscal y pide a la Agencia Tributaria un informe sobre la declaración de la renta de la Infanta.
-Por un delito fiscal consiguió la justicia americana enchironar a Al Capone-
Pero si para el común de los españoles solo se le puede rastrear en su declaración de la renta cinco años en retrospectiva, o sea, hacia tras, para la Infanta fueron diez.
Y, al final, la Agencia Tributaria no encontró nada ilegal.
Y otra vez, el Juez Castro, inasequible al desaliento, pide que se haga una nueva investigación, pero ahora desde el 2002.
-Sugiero que la investigación se lleve a cabo desde 1965, año de nacimiento de la Infanta, así seguro que no se nos escapa nada-.
Y es verdad, la justicia tiene que ser igual para todos, sin quedarse corto con nadie, pero tampoco pasarse.
Y aquí, con todos los respetos, el Juez Castro, creo que se está excediendo un poquillo.
Y que nadie piense que yo crea que el Juez tenga una inquina personal hacia la Infanta o la Familia Real, no, lo que pasa es que el Juez Castro, me temo, está siendo víctima de una “garzonitis” aguda.
Esto es: un oscuro funcionario, en sus cuarenta y pico o quizás, como en este caso, ya pasada la cincuentena, que ve que la vida pasa ante él sin pena ni gloria, de repente le toca un caso que lo pone en la cresta de la ola, objetivo de millones de focos y con su imagen abriendo los telediarios un día sí y otro también y el “nachiño”, se siente como una prima dona. Se cree Maurinho, pero sin pelota. Algo así como le sucedió a Chiquito de la Calzada, pero en Juez.
¡Vamos!, como un concursante de “Gran Hermano” que consigue llegar a colaborador de “Sálvame”.
Y esto de la “garzonitis” no es algo que le haya afectado solo al Juez Castro, no, esto un síndrome que últimamente viene afectando a la mayoría de los jueces en cuyas manos caiga un caso que sea el foco de atención de los medios informativos.
Y es que perece como si los jueces tan pronto como ven que su nombre y su imagen aparecen en los rotativos, perdiesen la noción del tiempo y de las cosas y empezasen a preocuparse más por la opinión que los medios tuviesen sobre el caso en cuestión y sobre su persona que en hacer justicia.
Y de esto no se salva nadie, desde la Audiencia Nacional hasta el Constitucional, pasando por el Juez Ruz, sin olvidar a Elpidio que acaba de entrar en faena o cualquier otro que se haya visto envuelto de un caso de estas características.
-Exceptuando al Juez Bermúdez, éste ya salió así de serie-
Y es que visto desde afuera, uno tiene la impresión de qué, cuanto más importante sea el personaje que se está juzgando, más empeño ponen los jueces en dar una lección para regocijo de la plebe, y la plebe suele creer que un juicio solo es justo cuando el personaje importante es condenado a una severísima pena, si es absuelto entonces la plebe dirá que la justicia es una trampa y un fraude.
Pero los jueces no están aquí para dar lecciones, escarmientos o demostraciones grandiosas ante la plebe y buscar así su aprobación y aplauso, están aquí para implementar justicia y punto.
Afirmaba hoy González Pons que, no debemos juzgar a los árbitros.
“Se puede compartir o no y para eso están diseñados los recursos oportunos, pero tenemos que acatar lo que deciden los jueces porque tener árbitros y respetarlos es una de las reglas del juego de la democracia».
Pues precisamente por eso Señor Pons, porque vivimos en una democracia, se puede criticar a los árbitros.
Nuestra democracia se basa en tres poderes, el legislativo, el ejecutivo y el judicial, y cualquiera de ellos puede ser criticado si se considera que no lo está haciendo bien.
Si esto no fuere así, si alguno de estos poderes no pudiere ser criticado, entonces viviríamos en una dictadura. ¿No?
Pero claro, quizás todo esto sean imaginaciones mías y los jueces estén todos actuando con la mayor profesionalidad, la calma y la cabeza fría de siempre, quizás.

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