Palpito Digital

José Muñoz Clares

Pellejitos prepuciales

El sr. Aznar, D. Josemari, que se tenía a sí mismo por hombre sabio, ignoraba más de lo que creía. Por ejemplo, puesto a determinar qué cosa fuera un “órgano principal”, creía él que el pene entraba en el concepto pero no así el clítoris que, como debe saber el lector por los libros que ha leído, es de tamaño sensiblemente inferior al pene aunque, no dejaré de decirlo, igualmente útil a la hora de procurar a su dueña ciertas satisfacciones equivalentes a las que el pene facilita a su propietario, según he extraído yo también de mis lecturas.

Lo de órgano principal tiene que ver con el art. 149 del Código penal, que castiga severamente la mutilación o inutilidad de uno de tales órganos principales. Pero nuestro hombre, D. Josémari, no acababa de ver claras las cosas: ¿Será el clítoris órgano principal o no? Porque si lo es, quedaba protegido por el art. 149 a secas, pero si se trataba sólo de un pinganillo insignificante, como pensaba Aznar, habrá que ponerle un adosado al 149 para mejor defender las interioridades de las señoras. Y como lo pensó lo hizo: en el año 2003 propició una reforma del código que incluía un 149.2 que conminaba con pena de 6 a 12 años la mutilación genital “en cualquiera de sus manifestaciones”.

Anticipamos algunos que eso al final nos traería algún disgusto cuando una mujer en armas acusara a su esposo judío o islámico de mutilación genital de su hijo, pues según el texto que alumbró Aznar pensando, sin maldad alguna, en el clítoris, se le fue de las manos y alcanzó al pene, también susceptible de mutilación en forma de fimosis. Y héteme aquí que ahora guerrilleros y guerrilleras islandesas acaban de darle la razón a Aznar: practicar a un niño la circuncisión, si no es por prescripción médica, es delito de mutilación genital. Y la ley se va a votar, ya veremos en qué queda.

Las comunidades judías y musulmanas han puesto el grito en sus respectivos e irreconciliables cielos. Se quejan de que no podrán circuncidar a sus hijos varones y romperán así la cadena de prepucios que sus respectivos – y algo raritos – dioses coleccionan. ¿A dónde va un judío o un musulmán con su pellejito prepucial que, según debe saber, no le pertenece a él sino a un innombrable recaudador de prepucios infantiles? ¿Se habrá de condenar por no quitárselo y se perderá, en el caso musulmán, las huríes permanentemente vírgenes y el río de alcohol que no embriaga? ¿Por un pellejito de nada que no hizo quitar a su hijo?

El lío está en marcha. A una mujer islandesa harta de su marido judío o musulmán le bastará con denunciarlo por mutilador infantil y tendrá un divorcio rápido y ventajoso, con seis años de alejamiento mientras el pobre padre purga en prisión pensando en lo mal que obró cuando circuncidó a su hijo. Y Aznar, al fondo, asintiendo: para eso modificó él el código penal, para que esos mutiladores de niños tuvieran su merecido.

¿Y una mujer española? ¿Cuántas están casadas con judíos o musulmanes, todos ellos recolectores de pellejitos prepuciales para mayor gloria de un innombrable? ¿No caerá en la cuenta ninguna de que lo que pasa en Islandia es como si pasara en Torrelodones, pues habitamos la aldea global? En Islandia afecta sólo a 1700 niños sumando judíos y musulmanes – si es que se pueden sumar sin que se forme una guerra devastadora – pero en España afecta a decenas de miles de niños cuyo prepucio ha caído víctima de ancestrales preceptos de inspiración religiosa. Y la reforma de Aznar, anticipadora, ahí sigue vigente, igualando la ablación del clítoris con una circunsición que, hasta la fecha, se venía practicando sin suscitar suspicacias.

Y el legislador, mientras tanto, sin saber qué se haga con el entuerto: ¿Derogamos lo que hizo el prohombre Aznar? Una duda más a añadir a las muchas que suscita el huido Puigdemont, su corte igualmente huida y la recién incorporada Anna Gabriel, que ha preferido acogerse al sagrado del mayor receptor de capitales que se conoce en Europa. Por coherencia poco menos que religiosa, al ser ella anticapitalista de excomunión diaria.

 

 

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José Muñoz Clares

Colaborador asiduo en la prensa de forma ininterrumpida desde la revista universitaria Campus, Diario 16 Murcia, La Opinión (Murcia), La Verdad (Murcia) y por último La Razón (Murcia) hasta que se cerró la edición, lo que acredita más de veinte años de publicaciones sostenidas en la prensa.

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