Palpito Digital

José Muñoz Clares

Autotutela

Defendí profesionalmente a muchos delincuentes, hombres y mujeres, aunque los hombres sobreabundan en la tribu de los delincuentes. Defendí a muchos, ya digo, y no recuerdo una sola vez en que de su crimen surgiera glamour suficiente como para que quisiera yo pasarme a su bando o buscara, más que su compañía, los sitios en que se puede estar en compañía de delincuentes. Porque los delincuentes toman café y cerveza igual que los jueces que los juzgan y los abogados que los defienden. Tienen, como nosotros, lugares en que se sienten seguros con una cerveza en la mano. Tienen chicas que los quieren por extrañas y oscuras razones. A muchos aún les queda un reducido círculo familiar en el que pueden aparecer sin que nadie llame a la policía. Sí, la humanidad nos contiene a todos y entre esos todos hay una parte que roba, que mata y que viola. Solemos evitarlos porque hay algo ancestral que resuena en nuestra conciencia: quien ama el peligro morirá en él.

Ni siquiera los malvados lo son durante todo el tiempo. Hay malvados encantadores, maestros en el arte de la seducción, risueños, incluso atractivos. Y hay mujeres que prefieren recordar el lado encantador del monstruo en la esperanza de que nunca se despierte su otro lado, el terrible y salvaje que los posee como era poseído el Dr. Jekyll por Mr. Hyde. Desde tal conocimiento cabe preguntarnos qué ven ciertas mujeres en ciertos hombres que tienen acreditado el valor a la hora de matar mujeres. Si él es hombre y yo soy mujer, si él ya acabó con la vida de una mujer, ¿qué hago yo, qué me lleva a ponerme en manos de este malvado?

Recuerdo a una chica de 16 años que estuvo tres meses encerrada en una vivienda sometida por un monstruo a palizas y violaciones alternantes. Ella lo quería, era su novio. Ni ella ni su entorno reaccionaron a tiempo. Nadie se extrañó de que la chica no saliera. Ella misma no pidió ayuda. La vida rodaba inexorablemente hacia el día en que él la mató, quizás porque se le fue la mano en una de aquellas palizas cuyas huellas sí descubrió, tardíamente, el forense. Y por las mismas fechas otra chica de veintitantos se echó drogada y bebida junto al tipo que esa noche, estando ella por completo indefensa, la mató.

Me he asomado a muchos casos de ese tipo. Suficientes como para tener una idea cabal de que en muchas ocasiones es la misma víctima la que se pone en el riesgo de que un animal de dos patas y sin plumas disponga de su vida en los mismos términos en que disponemos de una cosa. No es que se crean dioses, no. No hay en su actitud ni metafísica ni reflexión alguna. Son así, carecen de cualquier atisbo de empatía hacia sus congéneres, a los que usan para sus fines. Los seducen, los conquistan con la mirada puesta en depredarlos definitivamente y prescinden de ellos cuando se sienten inquietos. Dutroux, el malvado entre los malvados, mantuvo adolescentes atadas a una cama, sin apenas agua y comida, para abusar de ellas y sentirse poderoso en mitad de la muy civilizada y culta sociedad belga, que asistió espantada a los hechos que afloraron en un juicio más que horrible.

En un nivel ínfimo de criminalidad identificó hace tiempo la jurisprudencia la acentuada desidia que muestran, bancos, financieras y vendedores a plazos a la hora de conceder préstamos aumentando voluntariamente el riesgo de no recuperarlos, a base de omitir cautelas y admitir documentos más que dudosos sobre la solvencia de quienes les han de devolver el dinero o cosa que ahora reciben de manos del poco avisado operador financiero. Pero eso es sólo cuestión de dinero. Quien se expone a un riesgo poco menos que cierto no puede luego… ¿O sí puede pedir justicia?

Sí podemos pedirla los que sobrevivimos a la víctima pero no se nos va de la cabeza una pregunta: ¿Qué suerte de inclinación incomprensible condujo a esa mujer a la casa del que sabía asesino de mujeres?

 

 

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA

José Muñoz Clares

Colaborador asiduo en la prensa de forma ininterrumpida desde la revista universitaria Campus, Diario 16 Murcia, La Opinión (Murcia), La Verdad (Murcia) y por último La Razón (Murcia) hasta que se cerró la edición, lo que acredita más de veinte años de publicaciones sostenidas en la prensa.

Lo más leído