Los cuerpos en descomposición solo pueden ser identificados a través de pruebas de ADN

El duro testimonio del COVID-19 en Ecuador: «Mi esposo murió, su cadáver desapareció y me lo entregaron tras cuatro meses»

El colapso sanitario llevó a que se apilaran decenas de cadáveres en los contenedores de los hospitales de Guayaquil durante cuatro semanas

El duro testimonio del COVID-19 en Ecuador: "Mi esposo murió, su cadáver desapareció y me lo entregaron tras cuatro meses"
Silvia Guzmán y Félix Merchán PD

La ciudad ecuatoriana de Guayaquil se vio desbordada por un brote de COVID-19 a finales de marzo.

Con hospitales, morgues y cementerios colapsados, los muertos comenzaron a acumularse en las calles a la espera de ser recogidos.

Decenas de cadáveres fueron apilados en contenedores instalados en hospitales sin ser identificados, mientras las personas deambulaban entre los cuerpos para encontrar a sus familiares.

Tras cuatro meses del pico de la crisis sanitaria, el Laboratorio de Criminalística de la Policía Nacional e Investigaciones comenzó a entregar alrededor de 50 cuerpos.

Sin embargo, aún quedaban cerca de 100 cadáveres en estado de descomposición a la espera de ser identificados a través de pruebas de ADN.

Félix Merchán fue uno de ellos. Su esposa, Silvia Guzmán, lo buscó desesperadamente hasta que logró que lo identificaran.

Este es su relato sobre cómo vivió la dura pérdida de su pareja:

Él estaba bien y de un momento a otro se puso mal. Eran las tres de la mañana y me dijo que no podía respirar. Junto a otros familiares recorrimos todos los hospitales y clínicas que hay por aquí, y nadie lo quería recibir porque estaba lleno de enfermos con covid.Nos decían que no había oxígeno, que no tenían cómo ayudarlo. Al final llegamos al Hospital del Guasmo Sur a las nueve de la mañana. Ahí lo ingresaron a la sala de emergencia y lo dejaron en una silla de ruedas porque no había camas.

Los pacientes estaban tirados ahí a la buena de Dios. Era como estar en una guerra, pero una guerra sin armas, una guerra biológica.

A mi esposo le faltaba la respiración. Lo último que me dijo fue: «Mami, de esta no salgo. Quiero que te cuides mucho y que recuerdes que yo siempre voy a estar para ti». Y ahí perdió el conocimiento.

Murió en mis brazos. Eran 10 de la mañana del primero de abril. Fue muy duro para mí eso porque lo vi morir y no lo pude ayudar. Vi cómo su vida se apagaba lentamente.

Entonces un doctor me sacó a la fuerza porque decía que había mucha carga viral. Me dijo que llenara un papel y que regresara después a retirar el cuerpo.

Cuando regresé a la mañana siguiente ya habían perdido el cuerpo. Entonces el guardia me dijo que entrara a buscarlo en la morgue del hospital.

Había muchos cuerpos por todas partes, no sabían ni dónde ponerlos. Era como estar viendo Walking Dead. Estaban en el piso, era horrible. Los tenían en unos contenedores que no estaban refrigerados. Ahí llegaban todos los que murieron en sus casas y los que estaban esparcidos en las calles.

Y entonces seleccionaban 80 cadáveres y los ponían en la morgue para que los familiares fuéramos a reconocerlos. Si usted quería ir a buscarlo dentro del contenedor, usted tenía que pagarle 100 dólares o 300 dólares a los guardias para que te dejaran entrar.

Los que podían entrar a los contenedores tenían que ellos mismos abrir las bolsas para ver si el cuerpo era de su familiar. Ni siquiera se dignaron a ponerle un brazalete con identificación. No siguieron ningún protocolo. Nadie ponía orden. Incluso hubo un caso de una señora que estaba viva, pero a los familiares le entregaron las cenizas de otra persona.

Eso era un caos. La gente abría las fundas, había cuerpos descompuestos. Si hubieran tenido un buen manejo de los cadáveres, cada uno con su nombre, como debe de ser, nada de esto hubiese pasado.

Volví al día siguiente y al otro y al otro, pero nunca lo encontré. Fui ocho días seguidos a la morgue del hospital hasta que nos dijeron que no iban a entregar más cuerpos. Que el gobierno los iba a enterrar en el campo santo de Pascuales o el de La Aurora.

Me dio mucha pena porque yo quería encontrar a mi esposo para darle su último adiós. Me dijeron que tenía que entrar a una página web para saber en qué cementerio había sido enterrado mi esposo. Hice eso por tres semanas y su nombre nunca apareció.

Entonces nos pusimos en contacto un abogado para presionar y con los otros familiares empezamos a hacer plantones en las calles. Yo iba con un cartel que tenía la fotografía de mi esposo, su nombre y dónde desapareció. Hicimos un grupo como de 200 personas. También había otros grupos, pero no sabemos cuántos desaparecidos hay en total.

Buscamos en hospitales, en morgues, en cementerios, en todos los lados donde podrían estar. Pero nunca tuvimos una respuesta. Como no aparecía, llegué a pensar que podía estar vivo.

Pensaba que quizás había despertado, que podía estar entubado en un hospital y no recordaba. Aunque yo lo vi morir, en el fondo tenía la esperanza de encontrarlo vivo. También pensaba que podían haberle entregado el cuerpo a otra familia, que estaba sepultado.

Pensaba qué le iba a decir a los hijos de mi esposo porque yo tenía toda la responsabilidad porque él vivía conmigo. Todos los días le pedía a Dios que me diera una señal. Le decía «Dios ayúdame porque ya no se qué hacer».

Nunca perdí la esperanza. Yo decía «nunca lo voy a dejar de buscar». Pensaba que me tenían que entregar a mi esposo porque él no era cualquier persona, era mi esposo.

Quería que un día el forense me dijera «aquí está el cuerpo».

Había un grupo de médicos forenses de otro país -no me acuerdo de dónde- a trabajar en la identificación de los cuerpos en mayo. Les di todas las características físicas de mi esposo, cómo era su cabello, su nariz, sus dientes, todo. Les llevé hasta un foto donde se veía la ropa que mi esposo llevaba el día en que falleció en el hospital.

Una persona que trabaja ahí me dijo que los primeros días de junio sacaron los contenedores con los cuerpos del hospital y se los llevaron a la Policía Judicial para hacer las identificaciones.

Pasaron los días, yo los llamaba y me decían que estaban trabajando para encontrarlo. Primero con las huellas dactilares, después por las características físicas y ya después con pruebas de ADN en el caso de los cuerpos que no se pueden reconocer. Esa es la fase en la que están ahorita. Están sacando muestras de ADN de los familiares directos.

Hasta que un día me llama el doctor y me dice «señora Silvia encontramos a su esposo». Era el 23 de junio. Yo me puse a llorar y el forense me dijo que fuera al otro día, a las dos de la tarde, a reconocer a mi esposo.

Al día siguiente fuimos con mi cuñado y el forense nos enseñó unas fotos del cuerpo. Era él. Ahí estaba él con su ropa, con partes del rostro que se le podías reconocer, estaba el tatuaje en su brazo izquierdo con el símbolo del ying y el yang.

Aunque partes de su cuerpo ya estaban descompuestas, no me quedó duda de que era mi esposo. Había partes que aún se mantenían a pesar de la descomposición del cuerpo. Era su frente, su nariz, sus manos, sus pies. Sentí alegría y le dije «por fin te encontré».

Pero cuando llegué a mi casa me puse mal, me dio mucha tristeza. Pensaba que la vida era injusta y no quise salir por cinco días.

Pensaba en que mi esposo siempre estuvo en los contenedores de la morgue del Hospital del Guasmo y nadie nos quiso ayudar. Lloraba y le preguntaba a Dios «por qué». Él nunca fue una persona mala. Yo lo quería mucho y él también a mí.

Es que fue muy duro el día en que lo fui a reconocer. El doctor me dijo que lo habían puesto en una bolsa de plástico negro con un papel que tenía el nombre de otra persona, escrito con un marcador.

Hace una semana me avisaron que puedo ir a buscar el cadáver. Me lo van a pasar embalado y lo voy a sepultar en el Cementerio Municipal Ángel María Canals para que descanse en paz. Será el día más triste de mi vida.

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