Perú vive una situación inédita: más de un mes después de la primera vuelta presidencial, el país continúa sin conocer de forma oficial quién acompañará a Keiko Fujimori en las elecciones. Con casi la totalidad de las actas contabilizadas, la diferencia entre los aspirantes es mínima y mantiene al sistema político en vilo.
La pugna se concentra entre Roberto Sánchez, representante de la izquierda y cercano al legado de Pedro Castillo, y Rafael López Aliaga, figura de la derecha más dura y exalcalde de Lima. Entre ambos apenas hay unas décimas de diferencia, lo que se traduce en menos de 13.000 votos de ventaja en un universo electoral millonario.
Los últimos votos pendientes, en su mayoría procedentes de zonas rurales donde Sánchez tiene mayor respaldo, podrían inclinar definitivamente la balanza. Mientras tanto, la capital sigue siendo el bastión de López Aliaga, lo que explica la tensión territorial en el resultado.
El clima político se ha deteriorado en paralelo al lento conteo. Durante semanas han proliferado acusaciones de fraude sin pruebas concluyentes, junto con ataques a las autoridades electorales por fallos en la jornada de votación. Todo ello ha alimentado una narrativa de desconfianza que recuerda a episodios recientes en otras democracias.
López Aliaga ha sido el principal impulsor de estas denuncias. Ha advertido que no aceptará los resultados si no se realiza una auditoría internacional y ha encabezado movilizaciones en Lima, donde ha denunciado un supuesto intento de llevar al país hacia un modelo socialista. Su discurso replica estrategias vistas en escenarios como el de Estados Unidos tras las elecciones de 2020.
Desde el otro lado, Sánchez ha optado por un tono más institucional, aunque sin abandonar la campaña. Mientras insiste en la necesidad de estabilidad, ya se prepara para una eventual segunda vuelta que muchos analistas dan por segura en su favor.
El trasfondo es un país marcado por una inestabilidad crónica. En apenas dos periodos legislativos, Perú ha tenido ocho presidentes, varios de ellos destituidos y algunos incluso encarcelados, una anomalía que refleja la fragilidad del sistema político.
En paralelo, las encuestas proyectan un eventual duelo muy ajustado entre Sánchez y Fujimori. La líder de Fuerza Popular busca alcanzar la presidencia tras tres intentos fallidos, en un contexto donde el rechazo histórico al fujimorismo podría estar debilitándose.
Sánchez, por su parte, llega con contradicciones internas y alianzas polémicas que generan dudas incluso entre sus propios simpatizantes. Su campaña ha sido errática, mientras crecen las críticas por su falta de presencia en el terreno.
En medio de este escenario, Perú se adentra en una recta final cargada de incertidumbre, donde cada voto cuenta y cualquier giro puede redefinir el rumbo político del país.

