El abogado que coleccionaba obras de arte robadas

Se ha puesto fin a uno de los robos de arte más sonados, pero su misterioso historia promete todavía ofrecer más entregas. Hace casi treinta años, pinturas de Cézanne, Soutine, Vlaminck y Utrillo, valoradas en más de 30 millones de dólares, desaparecieron de la casa Michael Bakwin en Massachussets mientras su dueño se encontraba veraneando. Fueron robadas por David Colvin, un delincuente común, pero han aparecido ahora en casa de un prestigioso abogado, Robert Mardirosian.

Y para comprender el rocambolesco viaje de estas siete valiosas obras, bien se podría recurrir al viejo refrán de que la codicia rompió el saco. Robados los lienzos, el delincuente empezó a ser consciente de las dificultades para venderlos en el mercado negro. Decidió entonces pedir consejo a su abogado habitual, quien le ofreció su casa por una noche, con la condición de que se deshiciera cuanto antes de esas obras. De lo contrario, le advirtió, pasaría una larga temporada entre rejas.

Pero las deudas pendientes acabaron pronto con la vida del ladrón. Fue asesinado a tiros por dos hombres que acudieron a su casa a cobrar una deuda. Colvin había seguido los consejos de su asesor y se había deshecho de la bolsa de plástico en la que había guardado los cuadros. Lo que su abogado tardaría en descubrir todavía unos meses es que había escondido esa bolsa en el desván de su casa.

A Mardirosian le pudo su ambición y pensó que podría cobrar un buen rescate a la casa aseguradora, que con seguridad preferiría esa opción antes de pagar una indemnización a sus legítimos dueños. Los planes le podrían haber salido redondos, pero, para su desgracia, pronto descubrió que los lienzos no habían sido asegurados. Intentó venderlos dos veces en el mercado negro. En la primera ocasión, estuvo a punto de ser pillado in fraganti por el Registro de Obras Extraviadas. En la segunda, el prestigioso abogado ha sido pillado con las manos en la masa.

Un juez de Londres se encarga ahora de instruir el caso. Pero como, decimos, la historia promete ofrecer nuevos capítulos. La policía tiene dudas. Mardirosian no era sólo el abogado del raterillo Colvin sino también de otro caso contra un perista, un comerciante de objetos robados que, cabe la posibilidad, fuera quien encargó en realidad el robo del Cezanne y las otras seis piezas. Su versión, por el momento, no resulta del todo creíble para la policía. Al juez le toca ahora dictar sentencia.

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