A palos con fotógrafos y camarógrafos

Los fotógrafos, camarógrafos y periodistas, testigos de los estallidos de violencia en las manifestaciones de los últimos días en Francia contra el Contrato Primer Empleo (CPE), han sido el blanco elegido por grupos de adolescentes que parecen «odiar» a la prensa y quieren «hacérselo pagar a los periodistas«, con acciones que afectaron, entre otros, a equipos destacados por los informativos de Telecinco y Antena 3 TV.

El cámara de TV3, Christophe Julien, de nacionalidad francesa, ha sido ingresado en el hospital con contusiones pero su estado no es de grave, según confirmaron fuentes de la cadena autonómica.

Los aparatos de cámara de ambas cadenas han sido «destrozados» tras las agresiones según fuentes de ambas cadenas, por obra de un grupo de «alborotadores, que no iban a la manifestación a protestar ni a reivindicar sino a aprovechar la confusión para agredir».

La corresponsal de Telecinco, Maite Carrasco, no ha sufrido agresiones, mientras que el redactor de TV3, Carles Costa, recibió golpes que no requirieron de su ingreso hospitalario.

Las agresiones se produjeron contra toda la prensa congregada en la parisina Plaza de los Inválidos, y no sólo contra los medios españoles, contra los que un grupo de personas comenzó a lanzar piedras hasta que «cargaron» contra el grupo de periodistas, que se juntó para protegerse.

Según un portavoz de TV3, Julien recibió «patadas en la cabeza cuando se encontraba en el suelo tras las primeras agresiones».

Debido a lo ocurrido en las últimas protestas, los reporteros temen ahora ser nuevamente objeto de los ataques de estos «agitadores» en las movilizaciones de estudiantes y sindicatos previstas para el martes.

En las últimas manifestaciones en París, «fuimos tomados como blanco, al igual que los estudiantes», explicó Erick Hadj, fotógrafo de la agencia francesa Sipa.

Estos «chavales de la periferia» reprochan a los periodistas que sólo tienen interés en ellos cuando se muestran violentos. De edades comprendidas entre los 15 y los 18 años, cientos de adolescentes, entre los que había numerosas jóvenes, acudieron a las manifestaciones del centro de París para dar rienda suelta a su violencia, y muchos de ellos se dedicaron a robar.

«Son chavales de quince años, super violentos contra los que no puedes defenderte solo», subrayó Hadj, al describir cómo, en general, atacan a los informadores por la espalda, o agarran las cámaras, o las máquinas fotográficas mientras los reporteros trabajan y las lanzan a varios metros.

Algunos de los jóvenes «saben que las imágenes los pueden incriminar», agregó Jack Guez, fotógrafo de la AFP, pese a que, en su opinión, la violencia de estos «agitadores» sobrepasa con creces esa preocupación.

«Cubro manifestaciones desde hace quince años y nunca vi un odio tal», añadió.

«Hubo mucha maldad y actos violentos gratuitos», recordó Thomas Coex, otro reportero fotográfico de la AFP en referencia a lo ocurrido la semana pasada en las manifestaciones anti-CPE.

Cinco fotógrafos del diario Le Parisien fueron agredidos mientras cubrían la información relativa a las protestas callejeras convocadas la semana pasada en un barrio periférico parisino en protesta del polémico contrato destinado a los menores de 26 años, y que prevé el despido injustificado durante dos años.

Fotógrafos y periodistas tanto franceses como extranjeros fueron ya objeto de ataques de los jóvenes en la ola de violencia que se desencadenó en noviembre de 2005 en los barrios periféricos de París y de otras grandes ciudades francesas.

Para los violentos «es un juego», sostuvo Hadj.

«Se corre, se da palos a alguien y, sobre todo, se atemoriza. Es un juego sin reglas y que termina mal. No es para nada un acto político», dijo el fotógrafo que entiende que de este modo «se habla de ellos, se hacen notar, son fuertes, existen».

Decenas de miles de personas se manifiestan estos días por las calles de las capitales francesas para protestar contra la reforma laboral aprobada esta semana por el Senado que introduce el contrato de primer empleo (CPE), una fórmula que permite a las empresas de más de veinte trabajadores despedir a los menores de 26 años durante sus dos primeros años de contrato sin dar una justificación.

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