Los políticos no son la democracia

Por Fernando Savater

Muchos creen que la política es una actividad devaluada, sobre todo porque quienes la ejercen no parecen tener soluciones creativas para los problemas de este fin de siglo. El autor de la nota, que no concibe política sin ética, teme que los partidos sean cada vez más camarillas que se autoprotegen en lugar de instituciones que alienten la participación ciudadana.

La mayoría de los políticos de hoy tiene en común rasgos característicos que constituyen una amenaza para el sistema democrático: la banalidad de sus ideas y la venalidad de sus conductas. Pudimos ver, en el primero de estos dos defectos, una calidad opuesta al tono enfático de los profetas totalitarios: una cierta miopía quizá sea preferible a la dudosa hipermetropía de estos visionarios. Ahora bien, para responder a los problemas que surgieron en el mundo a fines de los ’80, burócratas tan desprovistos de imaginación como los nuestros no parecen capaces de encontrar soluciones. Hacen falta hombres que no se contenten solamente con el universo de lo probable e intenten explorar el universo de lo posible —en otras palabras, la verdadera tarea de los grandes políticos.

Es, sin embargo, el segundo de estos defectos, la venalidad, el que a corto plazo parece más inquietante, aunque banalidad y venalidad estén, en mi opinión, íntimamente ligadas. Existe una venalidad privada, la del individuo que busca por medios ilegítimos un enriquecimiento personal. Pero también existe una forma de venalidad colectiva o partidaria, que se considera “desinteresada”, hasta “heroica”, pero que es, sin duda, la más peligrosa. No sólo apunta a llenar mediante malversaciones parainstitucionales las arcas siempre vacías de los partidos políticos, sino también a bloquear las iniciativas parlamentarias o judiciales que podrían poner fin a la impunidad de los “virtuosos” delincuentes, salidos de la misma cofradía.
Esta manera de proceder en los asuntos públicos es, en realidad, el vestigio de una mentalidad política premoderna, a menos que sea la señal lamentable de un retorno a esta última. Es convencional pensar que la modernidad eliminó las formas más irracionales de pertenencia, se trate de nacionalismos exclusivos, de tradicionalismos inmovilistas, de integrismos religiosos. Pero la modernidad en política también es la transparencia en la gestión, la objetividad, la igualdad, la imparcialidad, la fidelidad institucional a los organismos abstractos que no depende de clanes ni de familias. Ahora bien, el proyecto político moderno tropieza en este terreno con una clientela de tipo feudal o con una forma patrimonial de despotismo “soft”.

Los partidos tienden a convertirse en camarillas, no en espacios de participación. Los cuadros dirigentes no se perciben a sí mismos como esos “funcionarios de lo universal”, de estilo hegeliano, sino más bien como una casta de privilegiados más allá del bien y del mal de los comunes. Ya que los ciudadanos, por lo general, están mejor informados y son más cultivados que la gente de los tiempos premodernos, el conflicto es cada vez más rotundo.
En el peor de los casos, tiene como consecuencia la actitud cínica y pasiva de los abstencionistas o la adhesión a movimientos populistas radicales, opuestos al “establishment”, como Ross Perot, Ruiz Mateos o las ligas lombardas. En el mejor de los casos, podría traer aparejada una tentativa de “desacralización” de los partidos políticos que, sin destruirlos, permitiera la instauración de nuevas formas de control democrático.

Partidos demasiado lejanos

Parece evidente que los partidos políticos actuales no tienen ninguna respuesta que aportar, ni en el plano ideológico ni en el plano funcional, a los problemas cada vez más globales e interdependientes de este fin de siglo. Son demasiado rígidos o demasiado lejanos cuando se trata de encarar con eficacia los problemas locales y dan muestras de un particularismo estrecho cuando se trata de afrontar desafíos supranacionales. Sus recetas sociales y económicas deben más a la retórica del pasado en el cual crecieron que a la observación perspicaz del presente contra el cual deben luchar. Sus modos de financiamiento, sobre todo, son particularmente insuficientes e inadecuados, e incitan a la persistencia de una corrupción tolerada tanto por la derecha como por la izquierda, excepto cuando es conveniente denunciar puntualmente estas prácticas por razones de coyuntura electoral.

Es cierto, estas deficiencias son propias de los partidos políticos: los grandes sindicatos también son víctimas de ellas. No se trata, obviamente, de abolir el sistema de los partidos ya que el juego democrático no podría vivir sin ellos, excepto si se quisiera recaer en la búsqueda de falsas “soluciones” simplistas propias de los regímenes totalitarios. Pero es imperativo desmitificar el papel político de los partidos, disminuir su competencia y sus responsabilidades y completar su acción por otras vías de participación en la gestión de asuntos públicos. Si no existe democracia moderna sin partidos, los partidos no son la democracia y no agotan sus posibilidades.

Es preciso inyectar más ética en la práctica política. Sin embargo, no creo que los problemas actuales deriven solamente de estas carencias deontológicas. Desactivar lo que Jean-François Revel llama la “cleptocracia” no es tanto una cuestión de ética cuanto de reflexión profunda sobre los valores políticos, las posibilidades que ofrecen frente al catálogo resignado de las probabilidades. Me parece grave aceptar la desvalorización de lo político frente a lo jurídico o a la moral. Se trata de combatir con medios institucionales lo que Bernard Shaw consideraba “la más grande tragedia de la vida”: llegar a ser un instrumento en las manos de individuos movidos por intereses exclusivamente personales que, sin ninguna duda, persiguen objetivos abyectos.

© “Le Monde”y Clarín, 1993.

Autor

Luis Balcarce

Desde 2007 es Jefe de Redacción de Periodista Digital, uno de los diez digitales más leídos de España.

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