El destino de la libertad

“El paternalismo es despótico, no porque sea más opresivo que la tiranía brutal, descarada e inculta, ni sólo porque ignore la razón trascendental que está encarnada en mi cuerpo, sino porque es un insulto a la concepción que tengo de mí mismo como ser humano” .

Isaiah Berlin

Hayek, en Los Fundamentos de la Libertad pero también Camino de Servidumbre, se preguntaba: “¿Qué es un estado de libertad? Es aquella condición de los hombres en cuya virtud la coacción que algunos ejercen sobre los demás queda reducida al mínimo”, escribió. Hayek era consciente de que la tarea del hombre era minimizar la coacción derivada de la voluntad arbitraria o incluso eliminarla completamente de ser posible. Parecía coincidir con F. H. Knight, a quien cita, al decir que “la función primaria del gobierno es impedir la coacción y, por lo tanto, garantizar a cada hombre el derecho de vivir su propia vida libremente asociado a sus semejantes”.

El problema aparece cuando Hayek en su obra enumera toda una serie de obligaciones en materia de políticas públicas que le compete al gobierno y que parecen echar por tierra todas sus argumentaciones anteriores a favor de la libertad entendidas como el terreno que posibilita la acción moral. En efecto, si el gobierno es el monopolio de la fuerza coercitivamente expuesto, las intromisiones gubernamentales constituyen una amenaza para nuestra libertad y para la subsistencia de sus propios ciudadanos.

Entre autores más cercanos en el tiempo, podemos señalar la misma contradicción en Fernando Savater, quien luego de hacer un calurosa defensa de las libertades individuales en su obra El valor de elegir se pregunta, siguiendo la equivocada senda de Zygmunt Bauman, si se puede ser libre bajo el sistema multinacional de capitalismo globalizado en el que “la libertad de elección vital se ve compulsivamente sustituida por la libertad de elección en la oferta del consumo” Y allí remata su apuesta: “…ampliar la libertad efectiva a quienes todavía no la disfrutan más que de modo minúsválido, subaleterno. […] ¿podremos seguir hablando de libertad en la sociedad por fin limpia de todas las formas de esclavitud?”.

La cuestión radica en que ese plus de libertad positiva que reclamaba la atención de Berlin, en esa “asimetría de condiciones sociales” (Bauman), en esa panoplia de pseudoderechos que desde Locke no ha ido sino en aumento. Hoy se cree que no se goza de libertad sino se está en una posición social óptima. Que no se puede ser libre del todo si hay alguien que la está pasando mejor. Así parece pensar Savater al rescatar el término usado en la Edad Media de libertas a miseria que denotaba las imposiciones infligidas por la falta de recursos.

Desde una perspectiva liberal la cuestión no estriba en limitar la libertad sino el poder. Mi libertad acabará donde comienza la autonomía individual y los derechos de mi prójimo. Si pretendemos recuperar el terreno perdido de la libertad el primer paso será establecer los límites a los poderes del gobierno. Ya lo había advertido H. Spencer al decir que “el pensamiento político actual está profundamente viciado por la confusión de los medios con los fines y en la búsqueda de los medios desconoce los fines”. Mucha de la inflación legislativa cotidiana en torno a los pseudoderechos proviene de que “la mente se ocupe de los medios con la consecuente exclusión de los fines”.

Quizá el mal de nuestra época es haber descreído en la libertad y tomar el atajo del bienestar a través del Estado. En otras palabras, haber asumido el derecho a la igualdad de oportunidades restando valor a la sociedad libre sin más, que aumenta las oportunidades pero jamás las iguala. Perdimos de vista que la libertad no era un estado de naturaleza sino un logro de la civilización.

Aquí es donde advertimos que el Estado Benefactor ha ido paulatinamente demasiado lejos en la construcción de esa enfatizada igualdad de oportunidades. Se confundió libertad con omnipotencia, con la facultad de poder satisfacer todos nuestros deseos y se abrió una puerta abierta de par en par a la tiranía. Está claro que construir bibliotecas públicas, caminos u hospitales no significa de por sí la instauración de una tiranía. Ningún liberal se dejaría la piel en pos de que un indigente no pudiera asistir a un comedor público. Pero eso no quiere decir que sea el camino correcto, la vía moral adecuada por la cual debe transitar el Estado. Ludwig von Mises lo sintetizaba así:

“El hombre no puede pretender, por un lado, disfrutar de las ventajas que implica la pacífica colaboración en sociedad bajo la égida de la división del trabajo y permitirse, por otro, actuaciones que forzosamente han de desintegrar tal cooperación. Ha de optar por atenerse a aquellas normas que permiten el mantenimiento del régimen social o soportar la inseguridad y la pobreza típicas de la vida arriesgada en perpetuo conflicto de todos contra todos. Esta ley del convivir humano es no menos inquebrantable que cualquier otra ley de la naturaleza”.

Hemos visto que el Estado Benefactor ha dejado de acordarse de los pobres desde hace mucho tiempo. Hemos denunciado que el camino de servidumbre que advertía Hayek se ha hecho realidad desde el mismo momento en que se aceptó en silencio el respeto de derechos positivos que obligaban a terceros a proveer necesidades insatisfechas, originando un conflicto moral relevante, ya que un individuo no se puede considerar mìnimamente libre si tiene que estar a expensas de los reclamos de grupos organizados. Aquellos derechos que se consideran naturales, negativos o lockeanos no pueden convivir en armonía mucho tiempo con los derechos positivos ya que los primeros están pensados para ser protegidos por el Estado evitando conflictos individuales y permitiendo que personas pacíficas puedan llevar a cabo una vida productiva. En cambio, los segundos no son ni siquiera derechos. Por el contrario, son poderes que asumen los gobiernos para privilegiar a unos a expensas de otros.

En suma, no se puede caer en la contradicción de defender la idea de libertad como la capacidad de dirigir y potenciar nuestras propias iniciativas pacíficamente y sin la coerción de voluntades de terceros y al mismo tiempo exigir al Estado que viole los derechos de propiedad de unos para satisfacer las demandas de otros. Por eso se debe identificar a los enemigos más peligrosos de la libertad – y aquí sí acierta Savater- con aquellos que “creen en lo social más que nadie, los que convierten los afanes sociales en feroces pasiones del alma, lo que quieren colectivizarlo todo, los que se empeñan en que todos vayamos a una, los que pretender convertir a todo el mundo en bueno aunque sea a palos. La gente más sociable es la que acepta el compromiso con los demás razonablemente”.

Nostalgia de la responsabilidad individual

He intentado aunque brevemente puntualizar que el Estado Providencia había dejado de asumir los principios de la libertad para establecer infinidad de programas sociales con el objetivo de alejar a los ciudadanos de cometer decisiones erróneas, de tratar con gente malvada y de consumir productos dañinos. Obviamente, proteger significa también controlar . No podría ser de otro modo. Si el gobierno penaliza el no usar el cinturón de seguridad en la carretera, es porque argumenta que, dado que el Estado está dispuesto a solventar el tratamiento médico que requiere un accidente automovilístico, también le cabe el derecho de ordenar cumplir ciertas obligaciones, como el uso del casco en las motos o el cinturón en los coches. Ya lo dice el refrán: “Quien administra tus bienes, por suyos los tiene”.

¡Qué suerte vivir en una época en donde la libertad no es nada y la compasión lo es todo! ¡Qué fortuna trasladar nuestras culpas a la política! Sí, vivamos del esfuerzo ajeno, aunque nos cueste un sistema político opresivo y oneroso. Que los políticos legislen la moral, el declive de la responsabilidad individual está sentenciado. ¿Es todo lo que nos queda? ¿Resignarnos a una sociedad paternalista que renuncia a la conciencia de la libertad?

«Nuestra vida, desde que nos despertamos en la mañana hasta que nos acostamos en la noche, y así hasta el final, es una sucesión de pequeñas y de grandes, de sutiles y de obvias, de silenciosas y de declamadas elecciones», escribió días atrás el ensayista Sergio Sinay que como Diógenes parecía buscar un poco de sensatez en medio de tanta oscuridad. Y agregó: «Cada una de esas elecciones tiene consecuencias (previsibles o no, deseadas o no, gratificantes o no). Y somos responsables (no culpables) de esas consecuencias».

La dinámica igualitarista que despliega la era de la compasión con su pasión por los códigos de conducta, los edictos sociales, las multas y reglamentaciones, su promoción de activas cruzadas morales y su adoración por el espectáculo de la solidaridad ha aflojado las conciencia de los deberes y las responsabilidades. La profecía de Tocqueville se ha cumplido. Encandilados por la posibilidad de eliminar el mal, hemos dejado de actuar para ser actuados.

Autor

Luis Balcarce

Desde 2007 es Jefe de Redacción de Periodista Digital, uno de los diez digitales más leídos de España.

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