Las peripecias de un inversor español en Argentina

Algunos creen que Argentina está volviendo a disfrutar de un nuevo Eldorado gracias a las mieles del populismo. Para devolverlos a la realidad reproduzco una carta de lectores que relata la experiencia de un pobre inversor español a quien le hacía ilusión tener una pequeña hacienda agroganadera. Hace tiempo avisé a los turistas de que un país a precio de saldo conlleva riesgos. Ahora les hago un aviso parecido a los grandes y pequeños ahorristas extranjeros.

En mi condición de pequeño inversionista extranjero, hace unos tres años compré una finca en Esquina (Corrientes), en un hermoso lugar llamado Guayquiraró, cerca de los ríos Corrientes y Paraná. Durante este tiempo he realizado los esfuerzos que he considerado necesarios para que esta finca entrara en un proceso normal de producción, desoyendo aquellas voces que me aconsejaban vender ahora, ya que se había revalorizado considerablemente, porque mi principal ilusión era explotar una pequeña finca ganadera y no especular.

Hace unas semanas, como pequeño inversor español, desperté bruscamente de este sueño bucólico de ser propietario de una finca en la Argentina, cuando fui informado telefónicamente de que gente próxima a mi propiedad la invadía repetida y sistemáticamente con su hacienda para disponer de mis pastos, de que los alambrados que marcan los límites con el vecino eran derribados reiteradamente y, lo peor de todo, de que mi personal encargado de cuidar de este campo no sólo ha sido amenazado por cumplir con su deber de retirar la hacienda ajena e informar de estos actos de intrusismo, sino que recientemente han sido tiroteados por los mismos sujetos que invaden nuestra propiedad. Así, me encuentro en estos momentos involucrado en una serie de procesos judiciales.

Mi sorpresa, y la consecuente reflexión en este artículo, no se basa únicamente en el hecho de que yo haya vivido en carne propia estos lamentables sucesos, sino la alarma que me produjo el consejo de una amiga argentina que vive en Buenos Aires, cuando le comenté lo ocurrido telefónicamente desde España, con la escasa y alarmante información de la que yo disponía en los primeros días. Al escucharme, sugirió primero averiguar la magnitud del problema, para terminar con un consejo que yo encontré durísimo y terrible: «Si esta situación en tu campo no se calma -dijo-, vende y regresa a España».

Estos hechos me llevaron a reflexionar y a hacer un modesto análisis de situaciones casi similares y cotidianas que, según parece, son tan habituales en la Argentina, generadas por personajes como el vivo, el ventajero, el oportunista, el que se dedica a zafar, el simple ladrón o estafador y todos aquellos que, como muy certeramente definía un autor argentino, viven protegidos por el microbio de la impunidad.

Primera observación: la abundancia, la prepotencia y la omnipresencia de estos individuos, llamados por algunos «los incorregibles», provocan la sensación de representar a un país en el que los defectos son tan poderosos y escandalosos, que ocultan casi totalmente las virtudes.

Segunda observación: cuando uno anda por este país, conoce gente, se le abren puertas, hace amigos, y se da cuenta de que hay otra Argentina: responsable, digna, trabajadora, sensible, amante de su tierra, avergonzada de los actos de algunos de sus paisanos, pero lamentablemente sus comentarios sobre esta situación están teñidos de un sentimiento casi unánime de impotencia, derrota y desaliento, ante lo que ha sucedido en el pasado, lo que está sucediendo y lo que seguirá ocurriendo en el futuro.

Tercera observación: no deja de ser curiosa la coincidencia de muchos argentinos en la crítica a la clase política y al sistema judicial, como principales responsables de esta situación.

Si bien lo anterior es una afirmación que, salvo raras y honrosas excepciones, parece totalmente acertada, no es menos cierto que confiar en que si un día la clase política cambiara debido a un proceso de autocrítica y responsabilidad, entonces cambiaría el país. Esta teoría deja como única salida el hecho de que mientras llega este «acontecimiento», lo único que se puede hacer es que cada argentino se defienda como pueda.

Si alguien confía en que acá o en cualquier otro lugar -con independencia del nivel de exigencia moral y ética de una parte importante de sus ciudadanos- la clase política, de manera unilateral y voluntaria, pueda sufrir una evolución hacia criterios de honestidad, bien común, reparto equitativo de la riqueza, etcétera, es porque realmente cree que se producirá un nuevo milagro sobre la Tierra, como el de la llegada de Jesucristo,

A esta perversa frase de «cada pueblo tiene el gobierno que se merece», aun aceptando su contenido demagógico, reconozcámosle su parte de razón. Y aquí cabría recordar aquella frase de Martin Luther King, cuando decía: «Tan aborrecible es el acto criminal como vergonzoso el silencio de los justos».

La posibilidad de transformación de un pueblo se basa en el hecho de conseguir ciudadanos con ideas, valores y actitudes ejercidas en un marco de respeto. La defensa de las ideas, el tener los valores como guía y el ser consecuente con lo anterior por intermedio de nuestras actitudes son conductas individuales que puede y debe practicar cada ciudadano.

Si los ciudadanos argentinos que piensan de esta manera pudieran reconocerse en el modesto hacer cotidiano, quizá nos llevaríamos la sorpresa de que son muchos. Y si además perdieran el complejo de soledad e impotencia, posiblemente estaríamos ante el primer paso del cambio.

Me refiero a estos argentinos a los que les gustaría -como nos gustaría a otros ciudadanos del mundo- poner en la puerta de sus casas la frase en latín que se encuentra en la municipalidad de Catavieja, España -que tal vez alguno de los lectores ya conozca, con otra referencia- y que dice más o menos así: «En esta casa/ se odia la maldad,/ se ama la paz,/ se castigan los crímenes,/ se conservan los derechos,/ se honra a los honestos».

No olvido, sin embargo, mencionar que, mientras pueda mantener los extraordinarios amigos que hice acá, por supuesto, me quedo.

José Forteza-Rey es empresario, colaborador de Radio COPE, Mallorca, y Canal IV TV Mallorca, España.

Autor

Luis Balcarce

Desde 2007 es Jefe de Redacción de Periodista Digital, uno de los diez digitales más leídos de España.

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