Los derechos no son colectivos

Por Scott Mc Pherson

«El sistema de propiedad privada es la garantía más importante de la libertad».
Friedrich A. Hayek

Quienes impulsan un gobierno hiperactivo nunca analizan el hecho de que el Gobierno existe para proteger los derechos individuales. En su lugar, han ampliado la definición de derechos para incluir todo lo que quieran que el Gobierno haga por ellos. Recientemente, esta forma de pensar dio nacimiento a legislaciones abusivas como la ley para estadounidenses discapacitados, pedidos de cuidado de salud universal y movimientos por el salario mínimo. Hoy, la cuestión de los derechos alegados a algo tan vago como la comunidad llevó a los gobiernos municipales a campañas de antiviolación de los códigos de convivencia.
Quien haya dicho que los gobiernos locales son mejores porque están más cerca de la gente -y por lo tanto son más responsables- habrá inventado el concepto de los códigos municipales; porque nada representa mejor el poder caprichoso y arbitrario de la mayoría que las ordenanzas locales que se aprueban para darle a un grupo de personas la habilidad de obligar a sus vecinos a un estándar estético específico. Para protegernos de esos males como el mal estacionamiento (o estacionar en la dirección contraria), el pasto alto e incluso la gente que estaciona sus propios autos en sus propias veredas, el gobierno municipal no es el guardián local sino el matón local.

Sin embargo, generalmente, las ordenanzas municipales tienen gran apoyo; poca gente las contradice y aún menos discute que sean injustas. Esto es simplemente porque la mayoría de la gente de hoy comparte la mente colectivista que motivó a estas leyes en primer lugar. La idea detrás de los códigos municipales -o leyes de zonificación o cualquier cosa que obstruya al individuo del uso pacífico de su propiedad- es que los derechos como los de propiedad son de alguna manera un fenómeno compartido para ser administrado por la comunidad por el bien común. Esto significa, en esencia, que si permitís que tu pasto crezca demasiado, o cometés algún otro pecado, estás violando el derecho de los residentes cercanos de vivir en un área que cumpla con su aprobación subjetiva. Pero como tantos otros derechos inventados, usan al gobierno local para forzar el derecho a un vecino prolijo y ordenado, es en realidad, una perversión de la idea de derecho.

LOS DERECHOS SON PARA LOS INDIVIDUOS

Los derechos pertenecen a los individuos, no a los grupos o la sociedad; sólo los individuos son los que lógicamente pueden tener derechos. En una sociedad libre, la función del Gobierno es velar porque nadie viole los derechos de otro individuo a través de la fuerza o el fraude. Para que los derechos de una persona sean transgredidos, alguien o un grupo debe interferir física o coercivamente de su utilización de su propiedad privada. A pesar de que esto puede aparecer como una sorpresa para los seguidores de la administración gubernamental local, son ellos, no un propietario incorregible con una selva en su parque, el que tiene este maldito criterio.

Esto no quiere decir que la gente debería poder hacer lo que quiera con sus casas y su propiedad -sino que deberían ser libres en tanto y en cuanto sus acciones no violen los derechos de los demás. Si a alguien le preocupa de que su vecino tiene el pasto muy largo porque se está llenando de roedores portadores de enfermedades, por ejemplo, entonces el trabajo del Gobierno local es proveer un foro (probablemente un tribunal) donde se puedan tratar este tipo de cuestiones puntuales. Pero la responsabilidad no es sólo demostrar la existencia de la amenaza, sino también que la amenaza afecta directamente el uso y disfrute de la propiedad del otro. Por supuesto, este sistema llevaría a casi todos los casos al tacho de basuras -y precisamente por este motivo la burocracia gubernamental no se preocuparía por estas cuestiones. Sin embargo, no hay un motivo por el cual aquellos que sabemos esto no debemos recordarles para qué les pagamos.

Es triste cuando el gobierno se convierte en el vehículo a través del cual el último grupo en el poder eleva sus puntos de vista con respecto al orden sobre el resto de nosotros. Cuando se convierte moralmente aceptable utilizar el arma de un policía (o la amenaza de ella) para decirle a un vecino que no puede estacionar su auto sobre su vereda, o colgar un cartel en su puerta sin permiso (como sucedió en Adamsville, Alabama), entonces hemos perdido todo sentido de un buen gobierno. Sólo será cuestión de tiempo antes de que algunos colores sean prohibidos para pintar sus casas.

Un argumento típico sobres estas regulaciones es que «ninguno de nosotros vive en una aspiradora» -todo lo que hacemos afecta a aquellos que nos rodean. En realidad lo hace. ¿Esto significa que la mayoría debería establecer los precios de las casas también, para que el derecho de mi vecino a un precio justo por su casa no sea violado cuando se le ofrezca un menor valor?

Vivimos en una sociedad muy compleja, donde la especialización y la división del trabajo ha producido un estándar de vida sin paralelos en la historia del mundo. La riqueza que disfrutamos hoy se debe a la constante interacción de millones de diferentes personas que persiguen objetivos increíblemente diferentes de diversas formas. Sugerir que podemos tomar los beneficios de esa sociedad mientras empleamos la fuerza para erradicar cualquier sospecha de riesgos, es inocente y utópico. Crezcamos.

Scott McPherson es un escritor freelance de Tulsa, Oklahoma. Este artículo fue originalmente publicado en la revista Ideas on Liberty. Permiso para traducir y publicar otorgado por The Foundation for Economic Education (www.fee.org) a la Fundación Atlas para una Sociedad Libre. Traducción de Hernán Alberro.

Autor

Luis Balcarce

Desde 2007 es Jefe de Redacción de Periodista Digital, uno de los diez digitales más leídos de España.

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