Guy Sorman y la naturaleza del liberalismo

El liberalismo no es una solución llave en mano, lista para aplicar sobre la sociedad francesa. No es una religión revelada, los liberales no tienen ni dios, ni Marx, ni jefe. El liberalismo es un comportamiento abierto; procede por hipótesis y no por afirmación, su aporte es crítico y no dogmático. El gran peligro sería entonces que la causa liberal se redujese a la de un hombre o a la de un programa electoral cuando sea causa debe seguir siendo una búsqueda. (La Nación, 15/02/86)

Por otra parte, compruebo, al respecto, que llevamos un atraso considerable en comparación con los liberales norteamericanos. En Francia, el discurso liberal es insuficientemente sostenido por la investigación fundamental; nuestros argumentos revelan a veces más agilidad intelectual que análisis sobre el terreno de los fenómenos económicos y sociales. Es necesario anhelar que una nueva generación de economistas y sociólogos alimenten con sus trabajos las teorías liberales. También es esencial que los intelectuales y publicistas del liberalismo, portavoces o abanderados, conserven su independencia para con toda forma de poder. Los liberales son solidarios del combate político de la oposición, pero no podrán luego contenerse con avalar el poder, puesto que el liberalismo es, por naturaleza, una reflexión crítica sobre toda manifestación de poder. (La Nación, 15/02/86)

Creo, finalmente, que el liberalismo no tiene sentido si no es considerado también como un comportamiento personal, de tolerancia, de humano intelectual y de un poco de … cierto que en París ése no … ciclo particularmente fácil entre ellos, los liberales son propensos a excomulgarse que encontrarse solitarios. (La Nación, 15/02/86)

La última conquista liberal me parece, finalmente, el redescubrimiento del Estado de Derecho. Los franceses reclamaban cada vez más Estado porque creían que era gratis y que el Estado era neutral y bueno. Ahora sabemos corrientemente que el Estado es la mejor de las cosas cuando garantiza el orden y la seguridad y la peor cuando desbordando sus fronteras invade la sociedad civil. (La Nación 17/02/86)

Este nuevo liberalismo está, sin embargo, amenazado por su mismo éxito, por su penetración demasiado rápida, como una carga de caballería que ha dejado tras de sí un terreno sin ocupar. La amenaza es contradictoria porque procede de los enemigos del liberalismo y al mismo tiempo de ciertos adeptos bulliciosos que se han adherido con apresuramiento. Para los primeros, el liberalismo es una caricatura, para los segundos, un pretexto. La caricatura es lo que, en la izquierda reglamentarista o en la derecha autoritaria se utiliza ahora como argumento contra los liberales. Frases hechas como “ultraliberalismo” o “liberalismo salvaje” tienen el propósito de descalificar para no tener que discutir. (La Nación 17/02/86)

Los liberales no son, por otra parte, antiestatistas; el desorden actual del Estado no se debe a nosotros sino a la confusión de las leyes. El Estado desaparece allí donde es indispensable –orden, seguridad, solidaridad-, y es omnipresente allí donde no lo necesitamos. El Estado de Derecho, fundamento de la reflexión liberal, exige el establecimiento de una frontera nítida y si es posible de orden constitucional entre lo que pertenece a los poderes públicos y lo que concierne a la sociedad civil. (La Nación 17/02/86)

De ahí la urgencia de decir en voz alta y categóricamente que una economía liberal está fundada ante todo en el orden monetario, en la competencia aceptada y en una gestión participativa de la empresa. El liberalismo no es el retorno al absoluto patronal, sino a una sociedad abierta que redistribuye entre todos la responsabilidad y la iniciativa. (La Nación 17/02/86)

El comportamiento de los políticos es en ocasiones tan ambiguo como el de los empresarios cuando utilizan del liberalismo los eslóganes y rechazan los deberes. Así, muchas veces espero de los dirigentes de la oposición, que se jactan de liberales en el debate nacional, que lo practiquen concretamente en las ciudades, en los departamentos y en las regiones que tienen a su cargo. ¿Tienen intención de rebajar los impuestos locales, privatizar los servicios públicos y respetar a la respectiva oposición? Eso constituiría una interesante demostración de su coherencia personal y de su eficacia real sobre el terreno en relación con la gestión liberal. (La Nación 17/02/86)

La tradición liberal

Ser liberal no consiste en gritar: “¡Abajo el Estado! ¡Abajo los funcionarios públicos!”, sino en trazar nuevamente una frontera clara y estable entre las responsabilidades de la sociedad civil y aquella que atañe a las autoridades públicas. Esta es la tradición liberal del Estado de Derecho. Los liberales no somos partidarios de una política comparable a la del zorro en un gallinero. El análisis liberal no tiende a transformar a los franceses en héroes económicos, sino, simplemente, a dejar que la ínfima minoría dotada de espíritu emprendedor asegure, con sus éxitos, la prosperidad de todos. La seguridad social no corre peligro a causa de los liberales, sino de su propia bancarrota financiera. Por lo demás, nosotros sólo sugerimos que se modifique su administración con el propósito de mantener el nivel actual de protección colectiva. (La Nación, 28/05/97)

Empero, los adversarios del liberalismo no son los únicos culpables de que éste sea mal comprendido: el error deriva igualmente de la actitud que asumen sus partidarios. Con excesiva frecuencia sirve de pantalla social o coartada ideológica a reivindicaciones y actitudes que nada tienen que ver con el pensamiento liberal; en realidad, son meras manifestaciones de la ambición de poder más tradicional. Por ejemplo, la economía liberal no puede confundirse exclusivamente con la flexibilidad del mercado laboral o el retorno a la autoridad patronal. Ella espera de los dirigentes algo más que la aceptación de un orden monetario sin inflación, una competencia no reglamentada y una gestión empresaria basada en la participación. (La Nación, 28/05/97)

Los “propagandistas” del nuevo liberalismo deben evitar las posiciones extremas, si es cierto que ser liberal consiste, ante todo, en actual con humildad intelectual y espíritu abierto, en admitir que el “liberalismo auténtico” no existe y que nadie es dueño de una solución liberal instantánea. El liberalismo no es una revelación; no tiene un Marx, una Biblia, un dios ni un líder. Es, ante todo, una búsqueda y un comportamiento. Por lo tanto, la ambición liberal no puede ser aprobar y respaldar una toma del poder, sino que siempre fue y sigue siendo, una reflexión crítica acerca del poder en sí. Del mismo modo, los liberales cumplen bien su misión intelectual cuando anuncian que si la derecha vuelve al poder, el Estado continuará siendo el mismo de ahora: un Estado imposible de administrar e insoportable para gran parte de la sociedad francesa. (La Nación, circa 1987)

La revolución liberal

Los liberales consideran que la naturaleza humana es eterna. El hombre es al mismo tiempo bueno y malo, generoso y egoísta. Contrariamente a las utopías socialistas, los liberales no quieren, pues, cambiar al hombre sino hacer el mejor uso de sus cualidades y de sus defectos. Entre estos defectos figuran el deseo de enriquecimiento, el egoísmo y el narcisismo. Los liberales se preguntaron cómo hacer para que estos defectos constantes de la naturaleza humana contribuyeran al bien común. Adam Smith describía esto muy bien en su metáfora del panadero: “No es por generosidad que el panadero vende su pan”. Pero es porque él busca enriquecerse que todas las naciones liberales comen hasta hartarse. Es justamente respetando la naturaleza humana como se mejora la condición de la sociedad entera. (La Nación, 28/05/97)

La historia probó con creces que esta intuición liberal era acertada, dado que la única revolución positiva que el hombre ha conocido fue la revolución liberal, que sacó a la condición humana de la pobreza de las masas, no sólo en las sociedades occidentales sino, por ondas sucesivas, en todas aquellas que adhieren a lo que comúnmente se llama economía de mercado o, más acertadamente, economía libre. (La Nación, 28/05/97)

El éxito efectivo del liberalismo es tal que por un inevitable efecto rebote, sus enemigos se empeñan en demonizarlo. Así, se habla de una especie de liberalismo mítico que no existe en ninguna parte y que es calificado de ultra. Realmente no sé muy bien qué es el ultraliberalismo ni conozco a ningún ultraliberal, porque nunca encontré ni a uno ni a otro. Jamás un liberal pensó o escribió que el libre cambio o el mercado eran la respuesta a todas las exigencias de la sociedad ni que hacían la felicidad del hombre. La única ambición liberal consiste en aumentar las riquezas materiales del hombre a fin de que éste disponga de una mayor libertad de elección y que viva más y mejor. Y es indiscutible que en las sociedades liberales, “abiertas”, es donde se vive mayor cantidad de tiempo y donde las opciones ofrecidas son más amplias, ya se trate de la educación, el aspecto profesional, el tiempo libre o las actividades culturales. (La Nación, 28/05/97)

Pese a estos éxitos, los hombres no pueden dejar de soñar con una sociedad perfecta. Este desvío del rumbo alcanza particularmente a los intelectuales, que inventan de muy buena gana las utopías en las cuales ellos serían legisladores, maestros o guardianes. Demasiado sabemos hacia dónde tienden esas utopías. Pero esta dulce manía de la ideología también forma parte del espíritu humano, y haríamos bien en tomar nota de eso. Asimismo, forma parte de la naturaleza humana el apego a mitos colectivos que el liberalismo no explica bien, como el nacionalismo. (La Nación, 28/05/97)

Reconocer los límites

La grandeza y la debilidad del pensamiento liberal es, pues, conocer y reconocer sus propios límites. Así como el mercado no tiene respuestas para todo, la doctrina liberal sólo satisface la mitad racional del hombre; aporta muy pocas respuestas a sus exigencias irracionales. Los liberales, por otra parte, no proponen edificar una sociedad perfecta, sino sólo una sociedad menos imperfecta en la que los mitos continuarían reinando, pero no serían totalmente destructores. (La Nación, 28/05/97)

Otra particularidad del liberalismo, que lo distingue de cualquier otra ideología, es que no se inscribe en un cuerpo de doctrina al cual referirse para verificar si se es un verdadero o falso liberal. No existe un texto de referencia, como en el marxismo o el fascismo. El liberalismo es más bien una actitud personal de apertura al otro y de apertura al mundo. El filósofo británico Isaiah Berlin escribió que “un intelectual liberal está dispuesto a hacerse matar por sus ideas aun sabiendo que ellas son relativas”. Comparto muy gustosamente esta actitud, reconociendo que el otro que está en desacuerdo conmigo puede tener también una parte de la verdad. Le pido, simplemente, que reconozca la mía. (La Nación, 28/05/97)

Todo esto implica que uno es liberal de su tiempo y de su lugar. Ser liberal hoy en Francia no es lo mismo que haberlo sido en 1789. En vísperas de la revolución, los liberales exigían una Constitución, es decir, un contrato escrito entre el poder político y la sociedad civil. Actualmente no exigimos una Constitución política, porque ya la tenemos, sino una especie de Constitución económica. La “crisis” francesa está atada al carácter inestable, imprevisible, de la frontera que separa el papel del Estado del papel del empresario, del entrepreneur. Entiendo por entrepreneur a todo aquel que innova, y no solamente a los empresarios: un investigador; un artista, un profesor, un funcionario bien pueden ser entrepreneur. Lo es todo aquel que innova y cuya innovación es recompensada. (La Nación, 28/05/97)

Es conveniente, entonces, definir esta frontera, es decir, modificar la geometría del Estado, no en sí mismo, sino aquí y ahora. El Estado francés, por razones históricas, arrastra consigo una cohorte de actividades que es incapaz de manejar acertadamente. ¿Tenemos necesidad de un Estado minero, asegurador y banquero? La experiencia demuestra que no es esto lo que desean los franceses, y que más vale confiar estas actividades a actores privados que no le harán pagar a toda la sociedad los resultados negativos de su mala gestión. (La Nación, 28/05/97)

Hacia un Estado profesional

Pero necesitamos un Estado de todos modos. No hay nada más absurdo que los ataques contra un supuesto ultraliberalismo que pretendería suprimir el Estado. Hay que reconocer que en Francia es el Estado el que construyó la sociedad, y no al revés; debemos conformarnos con nuestra propia historia y hacer de ella el mejor uso. Por haberlo vivido desde adentro, como asesor del primer ministro, observo que el Estado francés es excelente en sus funciones soberanas, el ejército en particular, y execrable en sus funciones de intervención económica y social. Execrable porque el Estado está oxidado. Los franceses esperan todo del Estado. Si supieran lo mal que funciona, serían mucho más escépticos y esperarían de él mucho menos. La exigencia prioritaria de los liberales es, pues, pasar de un Estado arcaico a un Estado profesional, del mismo modo que hemos pasado a un ejército profesional. (La Nación, 28/05/97)

Un estado profesional sería un Estado cuya configuración sería rediseñada. Está claro que todas las funciones consideradas de soberanía deben ser fortalecidas: justicia, policía, defensa, solidaridad, fomento de los recursos del país. También está claro que todo aquello que pueda ser manejado por el mercado le debe ser restituido progresivamente. Para que el Estado ejerza su función en condiciones modernas es conveniente también que en su interior se produzca una revolución en la gestión de su personal. Las empresas privadas, en treinta años, pasaron de la dirección de personal al manejo de recursos humanos. El Estado nunca llevó a cabo este cambio. Sus funcionarios son manejados como en un cuartel napoleónico y los méritos no son tenidos en cuenta para los ascensos. Valen más el clientelismo político, el sindical o la antigüedad para progresar en la jerarquía. Así es como nacen, a la vez, los problemas de funcionamiento del Estado y las frustraciones, en cuyos gastos, con motivo de algunas huelgas memorables, participa el público. (La Nación, 28/05/97)

El programa liberal es simple; no es caricaturesco. Deseamos un Estado verdadero y deseamos también un verdadero mercado. A pesar de algunos esfuerzos en el sentido de la privatización y de un mejor manejo del dinero, observamos que Francia sigue siendo uno de los países desarrollados en los que la presión impositiva es más elevada, y continúa aumentando. Es decir que el discurso sobre la liberalización de la sociedad francesa no le hizo mucha mella a la realidad. (La Nación, 28/05/97)

La consecuencia de este peso excesivo del Estado es bien conocida: se llama desempleo. Los desocupados son numerosos en Francia porque carecemos de empresas y de empresarios. No son las empresas existentes las que crearán empleos, sino las empresas por existir. El retiro del Estado, un menor hostigamiento administrativo, fiscal o social, permitiría a los innumerables jóvenes franceses que desean crear su propia empresa poder hacerlo sin dificultades excesivas. Sólo aumentando la cantidad de empresarios y de empresas podremos aumentar la cantidad de empleos y la calidad de los servicios y los productos, tanto los que se ofrecen a los franceses como los que se exportan. (La Nación, 28/05/97)

En resumen, el pensamiento liberal es simple: respetamos al hombre tal cual es; deseamos mejorar su condición. Esta mejora pasa por la modernización de un Estado profesional y por la liberación del espíritu de empresa, el cual, en Francia, es un yacimiento de recursos que aun está ampliamente inexplorado. (La Nación, 28/05/97)

Autor

Luis Balcarce

Desde 2007 es Jefe de Redacción de Periodista Digital, uno de los diez digitales más leídos de España.

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