Y decían que era el gobierno del cambio

Estupenda columna de Anxel Vence en La Opinión donde con elegancia recuerda a Il Gattopardo de Lampedusa, para demostrar cómo este bigobierno ha seguido la máxima

que todo cambie para que todo siga igual

al pie de la letra.

Bien es verdad que en determinadas cuestiones el nuevo gobierno ha traído consigo cambios de raíz. De las raíces de los árboles, para ser exactos. Los incendios forestales, que llevaban más o menos 15 años bajo relativo control, se salieron de madre durante el último verano hasta el punto de arrasar el 3% de los bosques de Galicia.

También ha mudado radicalmente la política de atracción de industrias con la que el gobierno de Don Manuel estaba vendiendo el país al capital extranjero (e incluso al autóctono).

Si el anterior régimen de Fraga buscaba lagunas legales para socorrer a alguna que otra empresa gallega en crisis, los nuevos gobernantes no paran de ponerle imparcialmente la proa a las piscifactorías de patente galaica o a los molinos de viento y minicentrales hidráulicas de accionariado foráneo. Una cirugía radical obligada, sin duda, por la necesidad de preservar el medio ambiente.

Aun así, hay cosas que jamás cambian en Galicia, por innovadores y bienintencionados que puedan ser los propósitos de cualquier nuevo gobierno.

La morrocotuda obra de la Cidade da Cultura, por ejemplo, ha pasado de ser un mausoleo del fraguismo -según opinaban en la oposición quienes ahora gobiernan- a constituirse en un proyecto de vanguardia llamado a establecer un puente entre Europa y América con pilares en el monte Gaiás de Santiago. Los nuevos gobernantes han tardado dos años en ver la luz; pero ya se sabe que nunca es tarde si la dicha es buena.

Otro tanto ocurrió con la política de fundaciones y organismos autónomos. Los famosos chiringuitos montados por Don Manuel para aligerar la premiosa gestión pública han dejado de ser ya motivo de anatema. Ahora es la oposición conservadora la que usa despectivamente la palabra chiringuito para referirse a este tipo de agencias que no han dejado de proliferar con renovado ímpetu tras la llegada del gobierno de progreso.

El espíritu regeneracionista de los nuevos administradores del país ha alcanzado también -como no podía ser menos- a la política de emigración.

Atrás quedan los tiempos en que Fraga lanzaba la caña para pescar votos con sus innumerables viajes a Ultramar. Firmemente decidido a acabar con esas prácticas de sedal, el actual gobierno se limita a mantener un embajador -de imprecisas funciones- en el otro lado del Atlántico y a repartir cheques de 300 euros entre los emigrantes más necesitados.

Cierto es que los socios nacionalistas del propio gobierno consideran un «escándalo» que la entrega de los cheques la haya efectuado un alto cargo del otro partido gubernamental, en vísperas de elecciones y mediante una fundación de las que en otros tiempos eran reputadas de chiringuitos. Pero es que hay gente que siempre está a la que salta, hombre.

Escépticos como son los gallegos, muchos de los que apoyaron el famoso cambio ya se hubieran conformado con simples retoques cosméticos en lugar de la cirugía radical anunciada por quienes entonces estaban en la oposición. Dos años después, han cambiado al menos los ocupantes de los despachos y los coches oficiales. Por algo se empieza.

Autor

Luis Balcarce

Desde 2007 es Jefe de Redacción de Periodista Digital, uno de los diez digitales más leídos de España.

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