El gallego, deliciosa lengua blanda y parvularia

Difuntiños | JOSÉ LUIS ALVITE

I

No me considero competente para algo semejante, pero si tuviese que establecer una diferencia idiomática a favor de la lengua gallega, señalaría la consabida sonoridad de su léxico, la suavidad casi digestiva de su sintaxis y, sobre todo, la carga emocional de una parte de su vocabulario. No conozco en el idioma castellano una sola palabra que refleje con tanta expresividad el significado de «mañanciña», «tardiña»o «noitiña», que no sólo nos definen una franja horaria del día, sino que nos plantean una connotación emocional, un rasgo de emotividad, un ápice de ternura.

Se trata de diminutivos que generan en nosotros la agridulce sensación de haber dado con términos que van más allá de lo puramente descriptivo para crear una sugestión emocional sin parangón en la lengua castellana. «A mañanciña» es un sustantivo cuyo contenido no sugiere que miremos el reloj, sino que le echemos un vistazo a nuestro interior, de paso que despierta en nosotros la evocación de adjetivos que ayudan a comprender la vulnerable belleza de un término cuya sonoridad va mucho más allá de su indiscutible belleza acústica para convertirse en una mezcla de emoción y fisiología, igual que ocurre cuando al evocar la contemplación de «un cativo molladiño», lo que establecemos no es sólo una descripción meramente adjetiva, sino que adoptamos un punto de vista tierno y compasivo, casi un compromiso social, como si no pudiésemos referirnos a ese niño sin imaginar que se trata de un crío inocente y desvalido que además del riesgo de coger pulmonía, a nosotros nos parece que está expuesto al peligro de sucumbir a una tristeza existencial insuperable, mientras «chove miudiño» sobre el desleído pan de su merienda. Siendo la lluvia igual aquí que en Tordesillas, es indiscutible que su pronunciación adquiere una sonoridad distinta y unas consecuencias literarias y morales también diferentes. Tenemos los gallegos la suerte de disponer de un idioma en el que abundan las palabras que constituyen por sí mismas auténticas frases e incluso adquieren con frecuencia el rango de auténticas declaraciones de principios. Abundan en la narrativa gallega las descripciones en las que la blanda y analgésica belleza del idioma hace incluso difícil la recreación de la fatalidad y de la angustia, lo que explica que en la lengua gallega la muerte puede parecer a veces un acontecimiento familiar y entrañable, una adversidad como de la familia, algo que lo que causa no es un cadáver, como ocurriría en Arévalo, sino un «difuntiño». ¿No tiene acaso la Santa Compaña la entrañable connotación de un viejo coche de línea?

II
Ya soy mayor y creo tener controlada la conciencia, pero no puedo recordar mi infancia sin sentir el dolor que me causa reconstruir de memoria en castellano los objetos y las circunstancia que entonces disfruté tan a gusto en aquella deliciosa lengua blanda, vegetal y parvularia en la que recuerdo haberme sentido tan cómodo y tan feliz. Es como retroceder para buscar amparo y encontrar tu casa destruida, el fuego frío y los sueños desvelados. No sé cual es vuestro caso, pero me ocurre a menudo que al pensar en la muerte, imagino mi cadáver depositado en un féretro aviado a mi medida con la madera del pupitre de aquella escuelita cerca del río en el que me «anicaba» para recoger «cágados» remojando apenas en el agua la suave «cunca» hecha con las diapositivas palmas de las manos. No sé qué clase de relación puede haber entre el olvido del idioma y la pérdida de la inocencia, pero parece cierto que del universo existencial de mi infancia sólo se conserva «in extremis», casi al tacto, como un estupor, el remoto nombre de aquellas cosas analgésicas, saludables y sencillas que limpiaban la mirada al merodear el rabillo del ojo y apagaban la sed al pronunciarlas. En el regreso de mi último viaje a Madrid, escuché en «Radio Voz» las opiniones de Xurxo Borrazás acerca de la precariedad en la que sobrevive la lengua gallega y su convencimiento de que la recuperación de la perdida vitalidad sería posible si, entre otras actitudes, los escritores se preocupasen de abordar asuntos que trasciendan el ámbito de lo local para despertar lejos de aquí el interés que se les suele dispensar a cualquier idioma en el que se transmita una idea profunda, un asunto importante, una historia liberada de la ortopedia arqueológica o costumbrista en la que parece haber caído la lengua gallega, a la que el inteligente y sensible Borrazás considera cautiva en las banalidades manidas y litúrgicas de una existencia puramente institucional en las burocráticas cetáreas de la Administración. Algo de eso podríamos intuir en la decisión de Cristina Pato de aparcar la gaita durante un tiempo para dedicarse a tocar el piano en Nueva York, consciente, supongo, de que la «muiñeira» y la «pandeirada» no están en absoluto reñidas con un nocturno de Chopin, una serenata de Schuman o los publicitados acordes de una de esas rapsodias de Gershwin que tan bien la sientan al cine inteligente y progresista de Woddy Allen. ¿Sería posible aquí algo semejante? ¿No tropezaría la gente como Xurxo Borrazás con la delirante oposición de ese reaccionario sanedrín de falsos profetas del idioma cuya idea del progreso consiste en la mera actualización del pasado y en el convencimiento de que no hay vanguardia más transgresora que la pura y entumecedora nostalgia? No conozco lo que piensa Xurxo Borrazás al respecto, pero mucho me temo que todavía tiene cierta fuerza instrumental ese grupo de ideólogos que consideran que la identidad gallega consiste en conservar la lengua y los defectos, el pensamiento y la patología, hasta el punto de medir por el mismo rasero patriótico la pérdida del lenguaje y la superación histórica del bocio endémico. ¿No será que utilizan su demagógica idea del patriotismo para defenderse de su paralizante e irreversible falta de talento? ¿No sería interesante implantar la idea de que una lengua se defiende mejor si dispone de escritores capaces de emplearla con la altura conceptual y literaria que se necesita para que alguien los lea luego al otro lado del mundo en cualquier otro idioma? Por desgracia, el empleo de la lengua gallega se ha convertido en un hitleriano rasero para que algunos midan la pureza ideológica al mismo tiempo que la calidad de la orina, lo que no deja de constituir una terrible muestra de odioso racismo y un derroche de soberana estupidez con el que los oligarcas de la causa dictaron en su día orden de olvido contra la obra de Álvaro Cunqueiro, en cuya deslumbrante literatura los demagogos sólo han querido ver el luminoso y reaccionario correaje de la Falange. ¿Odiarían esos mamarrachos a las cigüeñas sólo por el hecho de que tengan por costumbre poner sus huevos en los campanarios de las iglesias? ¿Considerarán deleznable «geada» la fatigosa respiración del asmático en el sincero instante de la extremaunción? No lo dijo Xurxo Borrazás, pero de sus lúcidas declaraciones en la radio me permito deducir el pensamiento de que una lengua tiene futuro sólo cuando permite concebir y desarrollar ideas que merezcan acabar traducidas a otro idioma. Por razones que tal vez tuviese que reconsiderar, escribo casi exclusivamente en castellano, pero cada vez que visito a los «difuntiños» del cementerio de Cambados, al evocar el idioma en el que bebí por última vez la leche de la escuela me cabe el orgullo emocionado de guardar silencio en gallego. Y entonces me vuelvo al coche y regreso a Compostela con una mezcla de serenidad y remordimiento, como si tuviese la imperiosa necesidad de escribir en castellano algo que mereciese el inmenso honor de ser traducido al gallego. Y pienso también en los tipos como el inigualable Cunqueiro, que yace enterrado en ese olvido tan gallego del que muchos verdaderos talentos tuvieron que salir huyendo camuflados sin pan y sin patria en los generosos laureles de otro idioma.

III

Un idioma que no genera al mismo tiempo cultura y dinero está condenado a languidecer y a sobrevivir camuflado a duras penas en el costumbrismo, en las efemérides y en las puertas de los retretes. Fue la capacidad económica de la España del siglo XV la que permitió la aventura americana y la difusión de la lengua castellana al otro lado del Atlántico, del mismo modo que el inglés arraigó en la medida en la que se extendió, como una mancha militar y editorial, el pujante Imperio Británico. En ambos casos se juntaron el dinero y la fuerza, que suelen ser la base de la expansión colonial. En el caso de la hegemonía mundial de los Estados Unidos, al dinero y la fuerza unieron sus estrategas el chándal, la comida rápida y el poderoso influjo de la publicidad, lo que les sirvió para extender por todas partes su estilo de vida, sus costumbres, su idioma, su bandera y su cultura, aunque los demagogos crean que de todo eso sólo va a quedar el chicle. Naturalmente, la fuerza y el dinero no lo fueron todo en ningún caso. Para implantarse más allá de sus fronteras naturales y asegurarse una perduración histórica, los españoles y los ingleses dispusieron complementariamente de una fuerza literaria inmensa, de modo que cuando falló el dinero y claudicaron sus soldados, el imperio se desvaneció dejando una sólida secuela cultural y el perdurable remanente de un inmenso mercado cultural. El imperio norteamericano permanece vigente pero podemos estar seguros de que cuando el último marine se haya vuelto a casa con la bandera plegada entre las piernas, sus escritores, sus cineastas y sus músicos habrán dejado por todas partes una huella que sólo podrá ser borrada por el cataclismo de un imperio nuevo y disolvente que cause los mismos efectos drásticos que se supone que podría causar el temido cambio climático. Al fallar el dinero, los cuarteles se quedan va- cíos y los arruina el paso del tiempo; las empresas se desinflan con los avatares del mercado y el billetaje que las sostenía se vuelve repatriado a casa; la hegemonía deportiva se resiente cuando el hambre empuja a correr a los atletas del subdesarrollo… pero el idioma permanece, y sobre todo, se quedan para siempre los libros y las canciones, la propaganda y las películas, es decir, las cosas que generan emociones. ¿Está Galicia en condiciones de exportar su cultura? ¿Se dan entre nosotros las condiciones objetivas para garantiza el florecimiento de una fuerza artística capaz de colocar la imagen de Galicia siquiera sea en los corrillos españoles? Cada cual tendrá sus propias respuestas, pero es evidente que la producción artística gallega sobrevive a duras penas en su propio territorio y sólo de manera aislada sale al exterior gracias a la iniciativa individual de personajes impulsados al heroísmo de la universalidad por una mezcla de tedio y ansiedad y también motivados por la necesidad de substraerse a la general agonía en la que se debaten aquí un puñado de manifestaciones artísticas entre las que todavía se considera importante el peso musical de Pili Pampín y de Sabela, el glamour tabernario de «Luar», los chascarrillos zafios y rústicos de «Os Tonechos», la poesía cosmética de Yolanda Castaño y la penosa sensación de que somos incapaces de sacar adelante una sola idea en la que lo más llamativo no sean los pinchos de tortilla y empanada que se le sirven a la prensa en el transcurso de la presentación. En realidad, la última exportación musical relativamente notable de la lengua gallega se produjo a expensa de una mediocre melodía cantada por Julio Iglesias, y habría que remontarse treinta años para encontrar en Andrés Dobarro la referencia más sólida del auge musical de la lengua gallega. Lo que los españoles del siglo XV, y sucesivamente los ingleses y los norteamericanos, consiguieron desplegando conjuntamente la poesía y las armas, la religión, el negocio y las novelas, nosotros sólo podremos intentarlo sacando al mercado productos que no se impongan por la fuerza, sino por la convicción. Naturalmente, habría que empezar por recuperar el mercado propio, invadiendo pacíficamente con productos de calidad las librerías y las salas de concierto, las bibliotecas, los teatros y los cines. Pero para eso se necesita disponer del personal adecuado, dirimiendo de una vez por todas qué clase de cultura queremos divulgar más allá de nuestras fronteras. Naturalmente, ten-dríamos que reflexionar seriamente sobre el asunto. Y entonces tal vez llegásemos a la terrible conclusión de haber perdido demasiado tiempo en la absurda lucha de establecer distintas categorías de galleguidad y en la estúpida tentación de olvidar las novelas y las partituras por creer que a una lengua la hacen más sólida y más duradera los premios, las subvenciones y las multas. A simple vista el panorama es desolador. La mayoría de los menores de quince años sólo hablan gallego cuando se pillan los dedos en una puerta y entre los adultos cunde la desalentadora sensación de que después de Dieste, Castelao, Pedrayo, Cunqueiro, Blanco Amor y otros ilustres, la lengua gallega lleva varios lustros haciendo cola para coger asiento en el coche de los «difuntiños».

IV

Es desalentador constatar que el gallego era el idioma natural del pueblo llano e iletrado y que su peor momento lo atraviesa desde que dejó de ser un instinto para convertirse en una asignatura. Hay actitudes que se malogran al ceder la espontaneidad ante el deber, como suele ocurrirle a la gente sencilla cuando la autoridad del Poder convierte su voluntaria generosidad en ineludibles impuestos. En el caso de la lengua gallega, el placer que sentíamos hace cuarenta años al hablarlo, se ha convertido para muchos escolares de ahora en un simple y odioso castigo. Los niños de mi generación vivíamos en gallego sin necesidad de haberlo estudiado. Era la lengua en la que salía el sol y sobrevenían al atardecer el cansancio, la sinceridad y la noche, el idioma de la natalidad y de la muerte, y nos entendíamos sin necesidad alguna de conocer sus normas y sus resortes, ajenos a la filología, igual que los gatos presentían la hora sin entender el reloj, entregados sin pretensiones al milagro de que el idioma, como la lujuria y como los sueños, era una cosa que nos ocurría fácil, irremediable y hermosa, sin haberla pretendido siquiera. Aprendíamos el vocabulario palpando las cosas antes de nombrarlas y no había una sola sombra de cuyo árbol no conociésemos su ramaje o su resina, como tampoco había en nuestras vidas un solo pájaro al que no hubiésemos visto volar mucho antes de encontrarlo dibujado sin brisa en la pizarra de la escuela o embalsamado como un abanico de estopa en las fénicas vitrinas del museo. Así de fácil. Nadie defendía la implantación del gallego pero nadie tampoco tuvo la osadía de combatirlo con alguna esperanza de ponerle coto antes de reducirlo por la fuerza a un testimonial vestigio arqueológico. En determinados ámbitos de la vida pública y social hablar gallego casi estaba tan mal visto como confesar una enfermedad venérea, pero que en las escuelas las clases se impartiesen en castellano realmente sólo sirvió para que muchos niños aprendiesen a equivocarse de pájaro en otro idioma y para que en el recuerdo de muchos estudiantes el momento más gozoso del curso fuese el primer día de vacaciones. Las señoras de la alta sociedad eran lo bastante estúpidas como para degustar en castellano cosas que sus criadas compraban en gallego y habrían vomitado si supiesen que aquel pescado azul tan exquisito en realidad se llamaba «xarda». En Cambados había una pequeña aristocracia teórica, coloquial y elegante que coexistía con el pueblo llano en una avenencia sincera y bilingüe que le daba a los avatares de diario un falso empaque algo inglés en el que se mezclaban sin estridencias la pala del pescado y la «lezna» del «cesteiro», la boina y la pamela, la erudición y el instinto, de modo que el canario de los Quintanilla trinaba en la misma lengua que los populares gorriones apostados en la puerta de la tahona de «Jaime Gesteira. Ultramarinos Finos-Fábrica de Pan», bajo aquel limpio sol sin diccionario. Nos separaban el dinero y la alcurnia, es cierto, pero compartíamos el tañido de las campanas, el olor de las flores y las moscas que saltaban sin miramientos de difunto en difunto, sin reparar en su idioma o en su bolsillo, como suelen hacer las moscas, que del prestigio social de los muertos y de su idioma, sólo les interesa que les haya azucarado el glaseado rabillo de la saliva. Entonces nadie decía estas cosas, pero yo creo que si hablábamos en gallego era porque, aunque no lo dijésemos, sabíamos que lo último que nuestros padres habían hecho forzosamente en castellano había sido aquella espeluznante guerra civil en la que a los pobres soldados el idioma sólo les sirvió para morir silenciosamente atragantados con la árida «geada» del rancho mientras a Franco los historiadores del Régimen le esculpían en alemán un jodido caballo de cecina que, como Adolf Hitler, comía hierba y cagaba sangre.

Fuente: Faro de Vigo

Autor

Luis Balcarce

Desde 2007 es Jefe de Redacción de Periodista Digital, uno de los diez digitales más leídos de España.

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