Fraguismo y vazquismo, el fin de una era

Carlos Luis Rodríguez en El Correo Gallego:

«Los dos grandes fenómenos de la Galicia del pasado son el fraguismo y el vazquismo. Bajo siglas diferentes, ambos son la expresión de liderazgos fuertes, ejecutivos y poco amigos del pacto, y ambos llegan como consecuencia de lo que podríamos llamar un exceso de política.

En Fraga desemboca una etapa turbulenta de la autonomía, que se extiende desde el golpe de mano contra Albor hasta el tripartito de González Laxe. La gente percibe que sobra conflicto y demanda un poder fuerte que ponga fin a todo aquello. Es así como un dirigente que hubiera provocado cierto temor en condiciones normales, es visto como un salvador providencial.

Don Manuel ofrece lo que la sociedad de entonces demanda: gestión, eficacia, claridad, contundencia. Se abre un paréntesis en el que la política de partidos es sustituida por una especie de paternalismo. Escarmentada por todo lo sucedido, Galicia opta por un modelo de mayorías absolutas en el que el sistema clásico de partidos queda desdibujado. El PP es una mera prolongación de la voluntad del líder.

Paco responde a una situación idéntica, sólo que a escala local. En este caso, es la ciudad herida tras el trauma de la capitalidad, cansada de tantos líos de partido, la que recibe a Vázquez como su redentor. El redentor resulta que es socialista pero podría haber sido de otra ideología porque el mensaje trasciende a las siglas. Se trata de reaccionar ante lo que el coruñés percibe como un acoso injusto a su ciudad.

El error de ambos fue pensar que ese modelo era, como se dice ahora, sostenible. Nació en circunstancias excepcionales y se extingue cuando la excepcionalidad desaparece. Las elecciones autonómicas primero, y ahora las locales, suponen el archivo de las mayorías absolutas. Se va el absolutismo y con él, ese tipo de superpolítico que encarnaron Fraga y Vázquez.

Ese cambio de paradigma político tiene sin embargo efectos diferentes en la derecha y en la izquierda galaicas, porque deja a la primera en una tremenda soledad, y a la segunda instalada en una fórmula que puede durar lo suyo. Después de don Manuel vino el diluvio, mientras que con la marcha de Paco llega un acuerdo coruñés de Javier Losada y Henrique Tello que se fabrica con menos dificultades de las previstas.

Quiere decirse que en ese nuevo mapa que quedó dibujado ayer, hay consecuencias que van más allá de lo municipal. La Xunta bipartita se refuerza. Las periódicas riñas de los socios tienen menos relevancia que la extensión del modelo al poder local y provincial. Al ser los intereses comunes mayores, la hipótesis de una ruptura de socialistas y nacionalistas casi se convierte en política ficción, y la esperanza de sectores del PP de contar en el futuro con el BNG, sólo puede inspirar ternura.

Se vigoriza el Gobierno, y se robustecen sus dos protagonistas. Además de presidente y vicepresidente, ambos van a ejercer ahora de superalcaldes. Las urnas no sólo dan por superada la etapa de las mayorías absolutas, sino también la de regidores demasiado respondones. El alcalde que organizaba en torno a sí un virreinato local, que modelaba el partido a su gusto, o que disfrutaba haciendo incursiones políticas fuera de su feudo, pasa a la historia.

En los tiempos del fraguismo y el vazquismo la palabra coalición se asociaba a conflicto; ahora es la única receta para gobernar. Quién no tiene pareja queda fuera del baile, con el agravante de que en política no es posible el vicio solitario.»

Autor

Luis Balcarce

Desde 2007 es Jefe de Redacción de Periodista Digital, uno de los diez digitales más leídos de España.

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