Como drogadictos, necesitan incrementar dosis para obtener satisfacción, y eso tiene efectos catastróficos: te matan o te quemas

REPORTERO DE GUERRA: The Action Junkies’ o los profesionales adictos a la acción (VII)

La historia, los secretos, los vicios y las virtudes de los corresponsales

REPORTERO DE GUERRA: The Action Junkies' o los profesionales adictos a la acción (VII)
Reporteros de guerra bajo el fuego. GL

Aquí tienes por entregas y en forma de serial, como los antiguos folletines pero en clave casi académica, una obra sobre esa figura tan mítica del periodismo que es el corresponsal de guerra.

Capítulo a capítulo, Alfonso Rojo va desgranando la historia, los secretos, los vicios y las virtudes de ese reducido, complicado y privilegiado grupo de profesionales que consumen su vida saltando de un extremo a otro del planeta, para ser testigos directos y poder relatar en vivo los horrores, calamidades y espantos que provoca la estupidez humana.

Por Alfonso Rojo

Ha habido momentos durante los que ha dado la impresión de que el viejo corresponsal romántico, que se abría paso entre las lianas de la jungla, escalaba riscos, atravesaba desiertos y retornaba con historias palpitantes, estaba a punto de extinguirse, cortocircuitado por los avances técnicos.

La realidad es que los viejos corresponsales de guerra nunca mueren. Como les ocurre a los rockeros añejos, solo se desvanecen.

Cuando se pasa revista a los miembros veteranos de la ‘tribu‘, a menudo da la impresión de que algunos serían incapaces de acudir a la oficina todos los días como hace el resto de los mortales. Los mas encallecidos parecen tener compulsión hacia la pólvora.

A todos nos gusta arropar en palabras rimbombantes este trabajo, aunque trabajo no sea precisamente la palabra mas apropiada para describir esta actividad.

Somos cronistas de conflictos -gente que se dedica a ir de guerra en guerra, recalando en toda revuelta, disturbio, insurrección y cualquier muestra de locura humana que se cruce en el camino- y no lo hacemos por un sueldo o para alimentar a una familia, sino porque es divertido.

Caminar por el filo de la navaja, escapar a la rutina y colocarse periódicamente en situaciones extremas puede convertirse en un deseo insoportable.

LOS ESCRIBAS, LOS REPORTEROS Y LOS EPITAFIOS

Los periodistas anglosajones, que son unos maestros en el arte de acuñar términos impactantes, se suelen referir a los periodistas consumidos por este vicio como los action junkies: los adictos a la acción.

Se trata de un afán común entre los reporteros de guerra y, sobre todo, entre los fotografos. Como los drogadictos, hay algunos que necesitan incrementar continuamente la dosis para obtener satisfacción, y eso puede tener consecuencias catastróficas: te matan o te quemas.

Estos rasgos no son algo nuevo. Existían entre los pioneros del reporterismo de guerra hace ya dos siglos. Imperceptiblemente, en el barullo de esa era un puñado de corresponsales comenzó a moldear una forma nueva de periodismo: el reporterismo de guerra profesional.

En general, y como ocurre ahora, eran tipos problemáticos y celosos de su libertad; aventureros fascinados con lo extranjero. Gastaban mas dinero del que parecía imprescindible y uno de sus atributos comunes era mayor preocupación por relatar crudamente lo que captaban sus ávidas pupilas que por analizar sosegadamente los acontecimientos.

Carlos Marx

Había notables excepciones. Uno de los mas célebres escribas del momento fue Karl Marx, quien trabajó para el New York Tribune como corresponsal en Londres y para quien el objetivo primordial de la actividad periodística era propagar ideas políticas.

La facultad más valiosa de un reportero consiste en poseer el instinto o la sabiduría para estar en el lugar adecuado en el momento preciso.

Resulta lógico que no fuera el doctoral Karl Marx quien ahormase esa etapa del periodismo, sino alguien situado fisonómica e intelectualmente en sus antípodas: William Howard Russell.

«Diez minutos después de las once nuestra Caballería Ligera avanzó… Cruzaron altivos, brillando bajo el sol de la mañana con todo el orgullo y el esplendor de la guerra… A 1.200 yardas de distancia, toda la línea enemiga vomitó, a través de treinta bocas de acero, un torrente de humo y fuego.

La descarga quedó subrayada por brechas instantáneas en nuestras filas, hombres y caballos muertos, corceles heridos o sin jinete galopando en la llanura.

En menguadas hileras, con un halo de acero sobre sus cabezas y profiriendo vítores que eran casi un grito por los nobles camaradas muertos, se lanzaron hacia el humo de las baterías, pero, antes de que desaparecieran de la vista, la planicie quedo rociada con sus cuerpos.

Entre las nubes de humo pudimos ver sus sables centelleando mientras cabalgaban entre los cañones, estoqueando a los artilleros.

Galopaban de vuelta, tras irrumpir en una columna de rusos, y los dispersaban como paja trillada cuando el fuego de flanco de las baterías emplazadas en la colina se abatió sobre ellos.

Los heridos y los desmontados que retomaban a nuestras líneas trajeron la triste nueva… treinta y cinco minutos después de las once ni un solo soldado británico, excepto los muertos y los moribundos, quedó frente a los cañones moscovitas.»

Este relato fue publicado en el Times londinense el 14 de noviembre de 1854. Fue obra de William Howard Russell. El reportero del Times tuvo el inmenso merito de estar allí, en Balaklava, en el instante en que la Brigada de Caballería Ligera lanzó su suicida carga contra la artillería rusa durante la Guerra de Crimea.

Russell, según el epitafio que figura sobre la losa de una tumba existente en la catedral de San Pablo, fue «el primero y el mas grande» de los corresponsales de guerra.

Que ha sido «el mas grande» es discutible, y que fue «el primero» no se ajusta a la verdad histórica. Dos mil años antes de que se inventase la pólvora, en el 400 antes de Cristo, Jenofonte hizo en su Anábasis un relato magistral sobre la retirada de diez mil guerreros griegos de Asia Menor.

El emperador romano Julio César escribió con detalle sobre los siete años de campaña en las Galias -entre el 58 y el 51 antes de Cristo- mucho antes de que se hubiera fundado The Times.

Pero la cobertura de la Guerra de Crimea realizada por Russell fue el intento inaugural de informar seriamente a la opinión publica sobre el curso de un conflicto bélico utilizando los servicios de un reportero civil.

Hasta mediados del siglo XIX, los editores se limitaban a copiar las noticias de periódicos extranjeros o contrataban a precio de saldo los servicios de algún joven oficial que en los intermedios del combate se molestaba en garabatear una carta.

Estos corresponsales ocasionales se consideraban mucho mas soldados que periodistas, tenían una visión forzosamente escorada de los acontecimientos y no entendían en absoluto la sutil mecánica interna de los medios de comunicación.

La irrupción de Russell supuso un salto gigantesco en la historia del periodismo y, aunque se ponga en duda lo del «mas grande» y lo del «primero», resulta innegable su carácter de pionero ejemplar.

En sus propias palabras, Russell fue «el miserable antecesor de una tribu desgraciada».

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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