LOS SECRETOS, VICIOS Y VIRTUDES DE LOS CORRESPONSALES DE GUERRA

REPORTERO DE GUERRA: Cuentas de gastos, facturas y chupatintas (XVII)

La historia, los secretos, los vicios y las virtudes de los corresponsales

REPORTERO DE GUERRA: Cuentas de gastos, facturas y chupatintas (XVII)

Por Alfonso Rojo

En la actualidad, cuando el alcohol estimula su sinceridad, los veteranos de la ‘tribu‘ suelen decir que lo más peligroso de esta profesión es justificar las cuentas de gastos ante el gerente de la empresa. Ocurre desde tiempos inmemoriales.

Cuando Henry Villard, reportero del New York Tribune y uno de los mejores corresponsales norteamericanos, presentó su primera cuenta de gastos al editor, este, en lugar de pagarle, le sacudió un puñetazo en el mentón y lo dejó tendido en el suelo del despacho.

En la guerra solo es posible moverse repartiendo dinero y no hay tiempo ni ganas de ir requiriendo justificantes, tampones y sellos. No hay tiendas abiertas ni cabinas de teléfono ni agua caliente ni semáforos, y la gente te dispara. Y sobre todo: Hay que relacionarse con gentuza.

El agobiado contable encargado de supervisar las cuentas no suele entender nada de eso. Una solución es adoptar el método italiano, consistente en visitar una imprenta nada más llegar y encargar todo tipo de impresos con nombres como «Restaurante Conejo», «Alimentos Kristal» o «Transportes Pluma».

Otra es intercambiar albaranes con los colegas, pero también se puede sobornar a un empleado de hotel para que se esmere en fabricar duplicados o llevarse un taco de facturas en blanco y completarlas con la mano izquierda al volver a casa.

A veces sospecho que sería mas útil para esta profesión que enseñaran a los muchachos a escribir notas de gastos en vez de editoriales.

Arturo Pérez Reverte cuenta que en una ocasión, apremiado por un puntilloso auditor, hizo que una de sus sobrinas rellenase una minuta.

La niña, con su caligrafía infantil, simuló escribir en serbocroata y firmo la nota uniendo los nombres propios de los presidentes de Bosnia, Serbia y Croacia.

Reverte cobró la factura -incluida la docena de huevos pagada a precio de oro que sirvió para hacer una tarta de cumpleaños a José Luis Márquez, su camarógrafo favorito- pero tuvo que dejar RTVE a renglón seguido.

Algún burócrata ramplón y varios chupatintas envidiosos realizaron el fútil intento de estigmatizar a Reverte como ‘chorizo‘, pero cualquiera que conozca un poco esta profesión y se haya movido por los campos de batalla sabe que no hay otra alternativa que recurrir a ese tipo de estratagemas si la empresa no es rumbosa y se aspira a sobrevivir.

De trapacerías contables para driblar al gerente de la empresa, como la que Arturo atribuye a su sobrina, todos tenemos decenas en nuestro haber.

Yo recuerdo una de 1997, que no sólo fue espectacular, sino además colectiva, porque implicó a más de media docena de colegas y de varias nacionalidades.

Tuvo como escenario el Zaire, lo que actualmente se denomina República Democrática del Congo. La incipiente rebelión de los tutsis que había comenzado en Goma y Bukabu en noviembre de 1996 había crecido y avanzado desde la región de los Grandes Lagos hacia el oeste.

La llamada Alianza de Fuerzas Democráticas para la Liberación del Congo-Zaire tomó Kisangani el 15 de marzo y Lubumbashi, el 9 de abril.

Era un temazo, porque los indisciplinados soldados de Mobutu Sese Seko solo saqueaban y huían antes de la llegada del enemigo y aquello pintaba que iba a concluir con la caída del dictador, que llevaba en cargo desde 1965 y figuraba como uno de los personajes más ricos del planeta.

No sé en qué andaba, pero fui retrasando la salida y eso que en aquella época, tenía tal autonomía en ‘El Mundo’, que podía decidir dónde y cómo me iba a los sitios.

Cuando arranqué, ya acudían los corresponsales de guerra en masa hacia el jaleo.

Volé desde Bruselas con Enrique Serbeto, el corresponsal de ABCy con Ramón Lobo, el de El País. Los tres estábamos convencidos de que Mobutu caería antes de que nuestro avión lograra aterrizar. Como adivinos no tuvimos precio: fueron casi seis semanas en Kinshasa antes de regresar a casa.

Un mes y medio en el que me harté de jugar al tenis, compré piezas de marfil y ébano al por mayor y casi todo se limitaba a relatar la descomposición del régimen, a especular sobre lo cerca que estarían los guerrilleros tutsis, ir de noche a antros como Sabanana donde las divertidas pelanduscas se teñían de rubias y cenábamos ancas de rana a granel.

Cayó Mobutu, que escapó en avión hacia Marruecos y las nuevas y tiránicas nuevas autoridades, no nos daban permiso para salir. Aquello se volvió opresivo, tanto que tomé la decisión de salir por las bravas, alquilando una lancha para cruzar el río y pasar a Brazaville.

No tuve suerte en el Club Naútico, porque los colonos belgas, escaldados de experiencias anteriores, no quisieron ni mojarse. No quedaba más remedio que recurrir a los pescadores autóctonos y eso hice.

Por 800 dólares nos llevaban a todos en una piragua de esas enormes, con un motorcito en popa y dos tripulantes.

El embarque fue pavoroso, porque un enjambre de congoleños, decididos a sacar tajada de unos blancos en apuros, nos cayó encima y la única manera de hacer que soltaran la piragua, era pisarles las manos y tirar billetes al agua, para que tuvieran que alejarse a buscarlos.

Nos costó Dios y ayuda zarpar y lo hicimos, pero cuando íbamos a mitad de trayecto -y allí el río tiene más de tres kilómetros de ancho-, nos interceptó una lancha con milicianos tutsis armados hasta los dientes.

Gritaban como posesos, pero no parecían muy agresivos. El jefe, un chaval que chapurreaba en inglés y parecía no entender ni papa de francés que es el idioma escolar del Congo, nos demandó tajante los pasaportes y el permiso de salida.

No había opción: metí la mano en la bolsa, rebusqué entre los papeles, cogí la factura que me habían dado en el Hotel Intercontinental de Kinshasa y se la extendí muy serio.

Debía ser analfabeto, porque estaba del revés y el muchacho la ‘leyó’ imperturbable. Diez segundos de angustia y nada: asintió solemne y nos dejó seguir.

Al llegar a Brazaville, antes de abandonar el embarcadero, en las hojas de mi cuaderno de notas, tras darle los 800 dólares pactados, pedí al timonel que escribiera a mano ocho facturas. Cada una de 800 dólares, que fue lo que pasó a su empresa, como parte de la cuenta de gastos zaireña, cada uno de los que periodistas que iban a bordo.

Como alguno sigue en activo, sólo detallaré que además de uno de ‘El Mundo’, que era yo, cruzamos así el río uno de ‘ABC’, otro de RNE, otro de ‘El País’ y cuatro colegas italianos.

También hay que que añadir, aunque produce sofoco, que todo aquel esfuerzo en lancha fue una frivolidad, porque a la hora de que completáramos la accidentada travesía, el caprichoso y voluble Laurent Kabila, nuevo hombre fuerte del Congo, había reabierto la frontera y todos los periodistas cruzaban tan tranquilos en ferry.

UNA LECCIÓN DE VERDADERO PERIODISMO

De Arturo Pérez Reverte, además de que es el novelista vivo – y no es poca cosa eso de seguir coleando y ser además miembro de la Real Academia de la Lengua- de más éxito que tiene España, hay que subrayar la precisión de cirujano con que analiza esta profesión.

Sobre la relación con el entorno y en concreto con los políticos, cuenta una anécdota genial:

«Hace medio siglo recibí la más importante lección de periodismo de mi vida. Tenía 16 años, había decidido ser reportero, y cada tarde, al salir del colegio, empecé a frecuentar la redacción en Cartagena del diario La Verdad. Estaba al frente de esta Pepe Monerri, un clásico de las redacciones locales en los diarios de entonces, escéptico, vivo, humano. Empezó a encargarme cosas menudas, para foguearme, y un día que andaba escaso de personal me encargó que entrevistase al alcalde de la ciudad sobre un asunto de restos arqueológicos destruidos. Y cuando, abrumado por la responsabilidad, respondí que entrevistar a un político quizás era demasiado para mí, y que tenía miedo de hacerlo mal, el veterano me miró con mucha fijeza, se echó atrás en el respaldo de la silla, encendió uno de esos pitillos imprescindibles que antes fumaban los viejos periodistas, y dijo algo que no he olvidado nunca: «¿Miedo?… Mira, chaval. Cuando lleves un bloc y un bolígrafo en la mano, quien debe tenerte miedo es el alcalde a ti».

Todo el periodismo, su fuerza, su honradez, hasta su épica, se resume en esas magníficas palabras. En esa declaración segura de sí, casi arrogante, formulada por un humilde redactor de provincias.

Arturo Pérez-Reverte, que sólo es un mes más viejo que yo y nació en Cartagena, se dedica en exclusiva a la literatura, tras vivir 21 años (1973-1994) como reportero de prensa, radio y televisión.

Tras ese arranque en ‘La Verdad’, donde le dejaron claro que con un cuaderno, un bolígrafo y una cámara no tienes que temer a nadie, recaló en el diario ‘Pueblo‘, del incomensurable y polémico Emilio Romero, donde bregó como un galeote durante 12 años.

Con la Transición y el desmantelamiento de lo que se llamaba Prensa del Movimiento, saltó a TVE donde pasó nueve años y triunfó como especialista en conflictos armados.

Cubrió la guerra de Chipre, las del Líbano, la de Eritrea, la campaña de 1975 en el Sáhara, la guerrilla del Polisario, la guerra de las Malvinas, la carnicería de El Salvador, la revolución Sandinista en Nicaragua, la guerra del Chad, la crisis de Libia, las guerrillas del Sudán, la guerra de Mozambique, la de Angola, el golpe de estado de Túnez…

Los últimos conflictos que cubrió y en los que coincidí varias veces con él, fueron lo que llamó sin serlo revolución de Rumania contra Nicolae Ceaucescu, la Guerra del Golfo y el cruel y despiadado desmembramiento de la antigua Yugoslavia.

Un buen día, con una determinación propia de cónsul romano, dijo ‘adiós a las armas’ y se dedicó a la literatura con mayúsculas.

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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