La historia, los secretos, los vicios y las virtudes de los corresponsale

REPORTERO DE GUERRA: El frente, la retaguardia, la censura y la alevosa patada hacia arriba (XIX)

REPORTERO DE GUERRA: El frente, la retaguardia, la censura y la alevosa patada hacia arriba (XIX)

Por Alfonso Rojo

Una de las aportaciones de la Guerra de Secesión americana al periodismo mundial fue el perfeccionamiento de la censura que, aunque de manera aleatoria y desorganizada, fue aplicada desde el inicio del conflicto.

En Bull Run, el primer enfrentamiento de la guerra, los periodistas norteños abandonaron la escena convencidos de que sus tropas se habían impuesto y sus diarios publicaron artículos describiendo una esplendorosa victoria.

Más tarde, cuando quedó claro que los sudistas habían controlado la situación, invertido magistralmente el curso de la batalla y derrotado de forma diáfana a las fuerzas de la Unión, los hombres de la Associated Press se precipitaron a la caseta del telégrafo con crónicas en las que se relataba lo ocurrido.

La verdad no llego nunca a Nueva York ni a las redacciones de los periódicos, porque el general Winfield Scott, comandante en jefe de las tropas unionistas, prohibió la transmisión de los mensajes y no autorizó rectificaciones.

Eso no afectó a Russell, el miserable antecesor de la tribu desgraciada de los reporteros de guerra, quien no trabajaba agobiado por las exigencias del telégrafo.

El corresponsal del Times observó los hechos hasta el final, se tomó su tiempo para redactar la historia, describió con notable exactitud la «cobarde derrota» de los unionistas y envió un prolijo despacho a Londres a bordo de un vapor, que zarpó del puerto de Boston el 23 de julio de 1861.

Cuando lo publicado por el Times llegó de vuelta a Estados Unidos, estalló la tormenta. La enfurecida prensa norteña y las autoridades denunciaron al «bilioso corresponsal del Times», calificándolo de «Casandra de Bull Run» y caricaturizándolo hasta la villanía.

Como prueba de su aparente falsedad, se permitieron hasta la desvergüenza de citar las crónicas aparecidas en los rotativos norteamericanos, solapando que no habían sido rectificadas debido a la intromisión de los censores militares.

En Bull Run se produjo el primer acto de censura en toda regla, pero el proceso censor era confuso, porque no se sabía claramente quién debía aplicarlo ni con qué criterios. Hasta tres años más tarde no se impuso la técnica del «parte de guerra», una invención personal de Edwin M. Stanton, secretario de Defensa de la Unión.

Stanton concibió la idea de hacer circular a través de los canales de la Associated Press un boletín reseñando las bajas y los incidentes, siempre según la versión oficial.

Este «parte de guerra correcto», destinado a contrarrestar las supuestas inexactitudes de los reporteros, se ha convertido con el tiempo en trámite obligado de todos los comandantes y autoridades militares del planeta.

Para Russell la campaña americana fue un completo desastre. No accedió a primera línea y hubo más de un momento en que el Times -como revela una nota que le mandó uno de los editores- sopesó la posibilidad de hacerle retornar a Inglaterra.

«Vete al frente o vuelve a casa, tu labor consiste en informar sobre los movimientos militares del ejercito federal… y hasta 1862 lo hiciste bien, pero desde entonces has perdido el impulso y nos has dejado a la intemperie».

LOS ENEMIGOS ESTÁN TAMBIÉN EN LA RETAGUARDIA

Una de las pesadillas de todo veterano es que algún día pueda llegar un aviso de la naturaleza del que remitieron, sin remilgos, desde un cómodo despacho londinense al esforzado Russell (El jefe de pista y el acróbata).

Por muy bien que te vayan las cosas, a veces te preguntas si resistirás en la carrera nómada hasta el fin y hasta cuando podrás aguantar la tensión y seguir compitiendo.

El talento periodístico, como el valor, tiene que ser reafirmado diariamente. En el ejercito, el héroe de ayer puede ser el cobarde de hoy; en la información -de acuerdo con el añejo cliché-, el mejor reportaje de hoy solo sirve para envolver el pescado de mañana.

El aforismo es muy viejo, pero se atribuye al gran Walter Lippmann, quien acostumbraba a decirles a sus alumnos de Periodismo que tuvieran presente que sus grandes exclusivas acabarían envolviendo el pescado del día siguiente.

Lippmann, que obtuvo el Premio Pulitzer en 1958 y 1962, intentaba con tan rotunda frase que las nuevas generaciones no olvidaran que la gloria del periodismo apenas dura un día y que el reconocimiento profesional siempre es a largo plazo.

La sentencia era válida en tiempos de Russell y sigue siendo válida hoy, aunque nadie envuelve una lubina en papel de diario, entre otras razones porque podría ser multado acusado de contaminador de alimentos.

EL DOLOR DE LA RETIRADA

En la era de la especialización, el reportero de guerra es un maestro en la especialidad de cubrir calamidades causadas por el ser humano. Como todos los expertos, se suele sentir enormemente orgulloso de su extraña habilidad.

El retiro a un despacho -en el argot de la tribu se conoce como «patada hacia arriba»– puede ser aceptable, pero cuando es forzoso e incluye una insulsa tarea burocrática te sientes insultado hasta la humillación; es como si a un ingeniero electrónico de una fábrica de cohetes espaciales le ordenan un día que baje a los lavabos de hombres y arregle el enchufe contiguo al wáter.

Para ahorrar brutalidades, los que asumen la decisión suelen revestir la jubilación anticipada con hermosas palabras y diseminar cortinas de humo.

Una de las más habituales consiste en alabar al reportero y sugerirle que ha llegado el momento de asentarse, analizar y hablar con políticos. Como casi todos los de la banda, yo he pasado también por esa penosa experiencia. Fue en el año 1984, recién retornado de Nueva York y cuando todavía el Grupo 16 intentaba seguir a flote.

Pedrojota, arropado por su éxito en el diario, ganaba peso y convenció a Juan Tomás de Salas para que pusiera en sus manos también la revista Cambio 16.

El semanario, al que le habían salido competidores ágiles como Tiempo o Interviú y sufría además los embates del suplemento dominical de El País, era una dorada ruina.

Se había ido ya Pepe Oneto, veteranos como Rafael Cid, Pedro Páramo, Manuel Arija o José Díaz Herrera eran ninguneados, nadie tomaba decisiones, se curraba muy poco y el panorama de la redacción, sobre la que sobrevolaban los dos periquitos que dejaba sueltos Bárbara Chaplin, la poderosa esposa del editor, parecía el purgatorio.

Para no darle todo el poder a Pedrojota, el agobiado Juan Tomás de Salas impuso como director -aunque con las alas cortadas- al siempre sensato Fernando González Urbaneja.

En la gerencia seguía Alfonso de Salas, en publicidad Balbino Fraga y enredando por todos lados José Luis Gutiérrez ‘El Guti’, pero eso no bastaba y para colmo, Pedrojota intrigaba sin parar.

Fui un pardillo, porque cuando me sugirió melifluo que había pensado en mi para Cambio 16 y me doró la píldora diciendo que con una experiencia tan enriquecedora como era la americana, aquello sería ‘pan comido‘ para mi, piqué.

Cierto es que en casa me calentaban la oreja repitiendo que no iba a ser un saltimbanqui toda la vida y que quizá había llegado el momento de asentar la cabeza, pero visto con perspectiva, no tengo excusa.

Acepté el encargo de ir de ‘Número2‘ a la revista con el señuelo de que aquello era sólo un ‘escalón‘ y los seis meses que estuve en el cargo fueron lo más lamentable que recuerdo de mi larguísima experiencia profesional.

Aquello fue una mezcla entre el intento de vaciar el mar con una cuchara y escupir hacia el cielo.

Lo único que saqué en limpio, antes de salir pitando hacia Londres donde Margaret Thatcher iba a la reelección, fue la amistad de gente como Julio Fuentes o Miguel Ángel Liso y bastantes claves de lo marrulleros, cabrones y ciegos que pueden ser los redactores de las secciones con el aventurero enviado especial que se la juega allende los mares.

LA ENTREVISTA Y EL SINDROME DEL CAMARERO

Las denominadas ‘grandes entrevistas’, genero al que se abonan numerosos redactores, quedan lustrosas una vez impresas en las páginas del periódico, pero son de dudosa utilidad informativa.

Los jefes de Estado y las figuras trascendentes del escenario internacional no han llegado donde están por decir la verdad a los periodistas.

A eso es preciso añadir que los personajes importantes declaran siempre lo mismo, se ajustan rigurosamente a un guión, y basta oír sus peroratas un par de veces para saber lo que han previsto responder a cada pregunta.

Los reporteros suelen conocer a muchos más camareros, recepcionistas y telefonistas que estadistas o políticos. Cuando se invierte la proporción, es que algo va mal.

Algunos, los más mediocres y los inexpertos, pueden caer en el error de creer que estar cerca de algo o alguien importante los hace importantes.

Es lo que los veteranos denominan «síndrome del camarero del Country Club»: cuando el que sirve los martinis se olvida de que la barra tiene dos lados y que los papeles son diferentes en cada flanco.

La intuición hacia sentir a Russell que no estaba preparado para moverse en la nueva época y empezó a replegarse. Todavía cubrió la guerra franco-prusiana. Cuando falleció, a los ochenta y cinco años, ya había otros en su trono.

De todos los ‘bohemios‘ que siguieron la guerra, el más estrambótico y notable era un bostoniano, enviado especial del New York Tribune, llamado George Washburn Smalley. Era hijo de un pastor protestante, licenciado en Derecho por Yale y un corredor excepcional.

En otras palabras, cumplía con creces los requisitos incluidos en la definición del corresponsal de guerra hecha en su día por Robert Gascoyne-Cecil, tercer marqués de Salisbury:

«Un hombre que combina la habilidad de un saltador de vallas con la de un escritor de primera clase.»

Casi todos los reporteros calculan muy ajustadamente cuanto pueden correr en un determinado espacio de tiempo, por la simple razón de que su vida depende a menudo de eso.

A sus notables facultades físicas, Smalley sumaba otra de las cualidades esenciales del reportero de acción: buena suerte a raudales.

Durante la batalla de Antietam dos balas le atravesaron la ropa sin llegar a rozarle la piel, y otra alcanzó de lleno a su caballo, pero el logró salir indemne, transmitir su crónica y apuntarse un scoop.

En 1867, concluida la Guerra de Secesión, Smalley fue enviado a Europa para dirigir desde Londres el trabajo de todos los corresponsales europeos del New York Tribune. Ya funcionaba el primer cable submarino transatlántico y el abogado-periodista se erigió en el primer bureau-chief, delegado regional, de la Historia.

A esas alturas, los editores de ambas orillas del océano ya se habían convencido de que lo esencial para imponerse a los competidores era contar con un reportero audaz y avispado sobre el terreno.

En contra de la opinión de muchos norteamericanos y en contraste con la Guerra de Crimea, la de Secesión no fue uno de los momentos gloriosos del periodismo mundial, pero sirvió para convertir definitivamente el reporterismo de guerra en un género específico.

Estableció también una categoría nueva de corresponsal, justificaba los enormes gastos que conlleva su actividad y abrió el paso a lo que se conoce como la «Edad de Oro».

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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