La historia, los secretos, los vicios y las virtudes de los corresponsales

REPORTERO DE GUERRA: Tribulaciones en China (XXXVI)

El 'pool' fue una innovación aviesa, que se ha consolidado como modus operandi de todos los ejércitos del mundo

REPORTERO DE GUERRA: Tribulaciones en China (XXXVI)

Tras Cuba, la siguiente oportunidad de lucimiento para los reporteros de guerra se originó en China, donde bandas de boxers, imbuidos de la suposición de que eran inmunes a las balas de los paganos occidentales, se alzaron en armas en 1900 (La mentira, el bulo, el loro, los leones y otros desastres).

En ese conflicto, que ha inspirado películas como 55 días en Pekín, alcanzaron celebridad universal personajes como el médico australiano George Chinese Morrison, corresponsal del Times, o Luigi Barzini, el tímido y nervioso italiano enviado del Corriere della Sera.

Barzini, a diferencia de sus camaradas contemporáneos, no veía la guerra como algo glorioso y ejemplar (La verdad sobre todo lo que veas).

Era un reportero inusual, para el que la guerra connotaba más carnicería que heroísmo.

El italiano poseía la rara cualidad de percibir las implicaciones a largo plazo del conflicto chino, más allá de los cañonazos y las cargas de caballería (El miserable antecesor de una tribu desgraciada).

Describió la conflagración con los boxers en toda su brutalidad y aprovechó su acerada pluma para describir en tonos ajustados, veraces y sombríos la furia empleada por las tropas expedicionarias enviadas por varios países europeos para ahogar en sangre la revuelta (Archibald Forbes y los valientes sin entrañas).

La Alianza de las Ocho Naciones fue el nombre dado a la unión de tropas del Imperio británico, del Imperio del Japón, del Imperio ruso, de la Tercera República Francesa, el Imperio alemán, los Estados Unidos, el Imperio austrohúngaro, y el Reino de Italia,  enviadas a China para aplastar el Levantamiento de los Boxers.

Fueron implacables y llegaban dispuestas a imponer el orden a sangre y fuego. Lo que hicieron, en buena medida como venganza, porque durante el estallido de la sangrienta revuelta en las regiones septentrionales de China, fueron asesinados numerosos misioneros religiosos de origen europeo, así como comerciantes y diplomáticos extranjeros.

También miles de chinos convertidos al cristianismo.

Tras contar el aplastamiento de los ‘boxers‘, Barzini retornó en 1904 al Extremo Oriente para cubrir la guerra ruso-japonesa.

Allí coincidió con el escritor Jack London y, a pesar de la asfixiante censura aplicada por los nipones, fue capaz de vislumbrar las tremendas implicaciones políticas que iba a tener en la mentalidad de todo un continente el que un pueblo asiático se impusiera por primera vez en la Historia a una potencia blanca y occidental.

Una de las escasas contribuciones de los japoneses a la historia del periodismo mundial ha sido la institucionalización del censor profesional y la aplicación sistemática del pool como instrumento de control.

Además de someter a lodos los corresponsales extranjeros a estricta vigilancia, limitar la extensión de las notas a 150 palabras, prohibir el envío de crónicas antes de la conclusión de la batalla con los rusos y censurar meticulosamente sus contenidos, los militares nipones implantaron la diabólica costumbre de autorizar a un reducido grupo de periodistas afnes el acceso al escenario de los hechos e impedir por la fuerza la llegada de otros.

Fue una innovación aviesa, que se ha consolidado como modus operandi de todos los ejércitos del mundo.

Los privilegiados que forman parte del reducido pool tienen el inconveniente de actuar bajo la estricta supervisión de los militares, pero fechan sus notas en el lugar de la batalla y se fotografían con el telón de fondo de carros de combate, humo de explosiones y soldados sudorosos, a diferencia del resto de la «tribu», que permanece anclada en los hoteles de la retaguardia.

A veces se ve más de lo que estaba previsto o se descubren aspectos inéditos, pero escribir algo desagradable para los anfitriones conlleva la expulsión inmediata del pool y la condena a seguir el conflicto desde la distancia.

El temor a ese castigo hace que la tendencia generalizada de los que acceden a un pool sea eludir controversias y procurar, por todos los medios, agradar a los oficiales del ejercito anfitrión.

El conflicto ruso-japonés marcó el eclipse de la «Edad Dorada» del reporterismo bélico, una etapa en la que la vida humana apenas tuvo importancia.

Fue un periodo durante el cual la filantropía o la piedad fueron irrisorias y la guerra se veía como algo alejado y romántico.

El trabajo del corresponsal ha sido siempre una aventura personal fascinante, pero en esa etapa daba la impresión de que los cañones centelleaban, las bayonetas brillaban al sol, los oficiales eran galantes, los soldados eran bravos y la muerte parecía un accidente que solo les ocurría a los otros (El bautismo de fuego y la inmortalidad).

Todo ello, incluido ese estilo de periodismo ampuloso, estaba condenado a desaparecer, y lo hizo de manera brusca en 1914, en las embarradas trincheras de la Primera Guerra Mundial.

Se produjo una pérdida de confianza de la que jamás se ha recuperado nuestra profesión.

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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