La historia, los secretos, los vicios y las virtudes de los corresponsales

REPORTERO DE GUERRA: Caracoles y ojos (XXXIX)

Hizo cegar con hierros candentes a todos los cautivos menos a uno y mandó al tuerto que condujera de vuelta la tétrica comitiva

REPORTERO DE GUERRA: Caracoles y ojos (XXXIX)
Un veterano francés de la I Guerra Mundial, desfigurado por la metralla. GM

Por Alfonso Rojo

Durante la Primera Guerra Mundial todos los bandos castigaban con el pelotón de fusilamiento a cualquiera que fuera descubierto tomando fotografías sin permiso.

Los estados mayores prohibían publicar imágenes en las que aparecieran cadáveres propios, pero los fotógrafos y dibujantes salieron mejor librados que los plumillas. Ellos, al menos, no eran imprescindibles para bestializar al enemigo despojándole de cualquier rasgo humano.

Esta vieja táctica -presente en todas las guerras- exige responsabilizar al antagonista del desencadenamiento de las hostilidades y atribuirle depravaciones y crueldades sin cuento.

Los británicos, que se revelaron como auténticos maestros del género, instalaron una casa de huéspedes junto a su Estado Mayor y se dedicaron a invitar a personalidades del mundo de la cultura, la religión, los sindicatos o la política a breves giras por el frente.

Una vez concluida la visita, el «huésped» se iba de vuelta a casa ratificando la «naturaleza despiadada del enemigo» (La gran carnicería de las trincheras).

Sir Arthur Conan Doyle se presentó engalanado con un uniforme de teniente tan cargado de entorchados que los coroneles se cuadraban a su paso.

La experiencia sirvió al creador de Sherlock Holmes para completar un delicioso librito titulado ‘Cuentos de la vida militar’ y a los jefes militares para contar con un nuevo propagandista.

El escritor H. G. Wells contribuyó creando etiquetas como «Frankenstein Germany» y hasta el pacifista George Bernard Shaw sucumbió a la presión y terminó predicando la «inmediata necesidad de aplastar a los boches».

A los reporteros ordinarios se les dejó la ingrata tarea de difundir las historias sobre atrocidades.

Hubo episodios de un salvajismo inusitado, pero la mayor parte de los casos propalados durante la contienda eran pura invención.

Un ejemplo clásico fue el de la supuesta ‘factoría de cadáveres‘. Con diversas variaciones, se venía a decir que los alemanes habían instalado en su retaguardia destilerías en las que cocían los cadáveres de sus soldados para obtener glicerina destinada a sus fabricas de munición.

El Times rompió el fuego el 16 de abril de 1917 con un párrafo suficientemente ambiguo:

«Uno de los cónsules norteamericanos, evacuados de Alemania en febrero, declaró en Suiza que los alemanes destilan glicerina de los cuerpos de sus muertos.»

El relato no tardó en prender.

El propio Times apuntaló su informe original reproduciendo un despacho del corresponsal alemán Karl Rosner en el que se hablaba del kadaververwertiingsansalt militar.

El rotativo británico tradujo el termino como «establecimiento de explotación de cadáveres», y a partir de ese momento diarios de todo el mundo tomaron el relevo.

Los alemanes cargaron con ese baldón hasta siete años después de extinguido el conflicto, cuando el general John Charteris, ex jefe del Servicio de Inteligencia británico, admitió haber sido el inventor del bulo y que las factorías únicamente recibían caballos muertos.

A pesar del disgusto que les produjo que el mundo creyera que profanaban los restos de sus propios combatientes, los alemanes no tenían sobrados motivos de queja. Sus periódicos abundaban en falsedades truculentas.

El Weser Zeitung citó a un niño de diez años que había visto un caldero repleto de ojos de soldados germanos.

Die Zeit in Bild publicó la historia de un cura católico francés que se paseaba por su parroquia con un collar hecho con los anillos de las manos que había cercenado personalmente.

El Hamburger Fremdenblatt aseguraba que los civiles belgas facilitaban cigarrillos explosivos a los soldados alemanes.

CARACOLES Y OJOS

De los ingredientes para patraña, los ojos arrancados ha sido uno de los mas socorridos a lo largo de la historia.

En el año 1014 las tropas del emperador bizantino Basilio II sorprendieron al ejército de los búlgaros en el paso de Clidion.

En la emboscada, los bizantinos capturaron catorce mil prisioneros. Según la tradición, el cruel Basilio  -en griego Basileios II Boulgaroktonos que quiere el asesino de búlgaros- hizo cegar con hierros candentes a todos los cautivos menos a uno, al que se conformó con vaciar un ojo. Después ordenó al tuerto que condujera a sus compatriotas de vuelta a Prilip.

Dice la leyenda que el viejo zar Samuel murió de tristeza al divisar desde las murallas la aterradora comitiva.

En Madrid 1940. Memorias de un joven fascista’, la reseña que hace Paco Umbral sobre las ignominias cometidas por el bando franquista incluye la extracción de ojos:

«Los meten en sacos como si fueran almejas.»

En Kaputt, el italiano Curzio Malaparte atribuye una atrocidad semejante a los ustachas del fascista croata Ante Pavelic.

A través de un extraño mecanismo ideológico o mental, en todas las guerras el terror de unos es al mismo tiempo el de los otros.

En ‘Checas de Madrid’, el falangista Tomás Borrás asigna esa conducta a unos milicianos republicanos:

«Dejó sobre la mesa del escribiente un talego terciado de carga… ¿Son caracoles? Le resbalaba entre los dedos un puñado de ojos humanos.»

Con la entrada en guerra de Estados Unidos en abril de 1917, se potenció el papel de los corresponsales norteamericanos.

Más decididos e independientes que sus colegas europeos, imprimieron un tono mas digno a la cobertura final del conflicto.

Floy Gibbons, del Chicago Tribune, eligió el Laconia para hacer la travesía a Europa en febrero de 1917 con la esperanza de que los submarinos germanos hundieran el lujoso transatlántico, lo que realmente ocurrió y le permitió escribir una crónica portentosa.

Esa búsqueda incesante de la experiencia personal le condujo en junio de 1918 a asomarse mas de la cuenta en una trinchera y recibir un balazo en el ojo izquierdo, que no le quitó la vida pero si bastante energía.

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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