Fue quizá el acontecimiento mas notable del siglo XX y se informó pésimamente sobre él

REPORTERO DE GUERRA: La Revolución Bolchevique (XLII)

La historia, los secretos, los vicios y las virtudes de los corresponsales

REPORTERO DE GUERRA: La Revolución Bolchevique (XLII)
Alfonso Rojo, en la Plaza Roja de Moscú, frente al Mausoleo de Lenín, en 1981, cuando todavía existía la Unión Soviética. Igor Mihalev.

Por Alfonso Rojo

La presencia masiva de competidores suele ser un incordio, pero hay contadas ocasiones en que alivia.

Durante la Revolución bolchevique, el americano John Reed y los británicos Morgan Philips Price y Arthur Ransome estuvieron anhelando durante meses la llegada de otros reporteros.

La Revolución de Octubre ha sido el acontecimiento más notable del siglo XX y, sin embargo, el público fue pésimamente informado de lo que ocurría en Rusia en los tumultuosos días de finales de 1917.

Los corresponsales fallaron miserablemente. Excepto Reed, Price y Ransome, la «tribu» no discernió la inmensidad de lo que pasaba ante sus ojos y, lo que es peor, cuando presintió el alcance de lo que pretendían los bolcheviques, fue censurada por los editores o se plegó a la burda propaganda de los gobiernos occidentales.

En un momento en que el reportaje objetivo era vital y pudo haber influido decisivamente en el curso de la Historia, la labor de los periodistas fue -en palabras de Walter Lippmann– tan útil para el público «como lo son los astrólogos o los alquimistas».

Una de las claves del éxito en el reporterismo es la anticipación y, dado que nadie previó el trascendental cambio, muy pocos reporteros estaban presentes en San Petersburgo cuando Vladímir Ilich Uliánov alias ‘Lenin’ cruzó Europa en un tren blindado rumbo a Finlandia o el Comité Militar Revolucionario organizado por León Trotsky desafío al vacilante Aleksandr Kerenski.

Los únicos tres periodistas occidentales a los que los comunistas permitieron acceder al instituto femenino Smolny, donde Lenin inició la fase final del asalto al poder, fueron Reed, Price y Ransome.

Reed trabajaba para The Masses, fue posteriormente uno de los fundadores del Partido Comunista de América y simpatizaba descaradamente con los bolcheviques, pero reflejó la Revolución con ojo frío y meticuloso.

Llegó a San Petersburgo con treinta años, acompañado por la excéntrica y bella Louise Bryant.

Llevaba seis años trabajando como periodista, su principal experiencia había consistido en cortejar a las tropas de Pancho Villa y no tenia nada de proletario.

Antes, se había graduado en la elitista Universidad Harvard y había hecho una breve y frustrada incursión en el arte dramático.

Tampoco Louise era la típica revolucionaria. Había estado casada con un dentista de Portland, al que dejó para amancebarse con Eugene O’Neill, y cuando se hartó del autor teatral se fugó con Reed.

Morgan Philips Price era el corresponsal del Guardian y Arthur Ransome estaba en Rusia como enviado especial del Daily News.

Aunque al cabo de los años la gloria periodística ha sido acaparada por Reed, gracias en buena medida a la película Rojos‘ en la que el guapo Warren Beatty encarna su personaje, el mérito de haber informado antes que nadie de la toma del poder por los bolcheviques correspondió a Price. Fue él quien envió la primicia al Guardian a través del telégrafo de la agencia danesa de noticias.

La Revolución tomó por sorpresa a editores y corresponsales. No es extraño que los periódicos aparecieran plagados de reseñas en las que se afirmaba categóricamente que los días de los bolcheviques estaban contados.

En el espacio de pocas semanas, el New York Times publicó cuatro veces que Lenin y Trotsky se aprestaban a huir, anunció en tres ocasiones que ya habían escapado, otras tres que habían sido encerrados en una prisión, aseguró dos días que Lenin planeaba retirarse y dio como seguro en una edición que había sido asesinado.

Una de las principales razones de esta soez desinformación fue el extendido recelo hacia la naturaleza del bolchevismo. Los fervientes deseos de periodistas y editores se sobrepusieron al sentido de la realidad. Se trata de algo bastante frecuente en esta profesión.

En febrero de 1990, en las primeras elecciones libres de la Nicaragua postsomocista, las simpatías hacia los Sandinistas eran tan profundas entre el personal periodístico, que la inmensa mayoría de la prensa ni siquiera dejó abierta la posibilidad de que pudiera ganar la oposición liderada por Violeta Chamorro.

Se daba por supuesto que los muchachos del pañuelo rojinegro, que habían derrocado a Somoza once años antes y desafiado a Ronald Reagan, eran inmensamente populares en su país.

Debido a la diferencia horaria entre Madrid y Managua -seis horas en aquellas fechas- varios periodistas españoles enviaron crónicas certificando la victoria sandinista antes de que se hubiera consumado el recuento de papeletas.

Un diario madrileño, el desaparecido El Independiente que dirigía el atolondrado Pablo Sebastián, tituló en primera página y con grandes caracteres con la noticia de que los FSLN habían arrasado.

Al día siguiente, cuando sus escasos compradores se desayunaban con el artículo sobre el triunfo de Daniel Ortega y su Frente Sandinista, las emisoras de radio abrían sus boletines con la victoria de la oposición centroderechista.

El subtítulo era que la educada, venerable y suave Violeta Chamorro sería la nueva presidenta.

En 1917, cuando los detalles del nuevo orden social preconizado por Lenin comenzaron a perfilarse, los grandes rotativos reaccionaron con un anticomunismo fanático.

LA CEGUERA RUSA

Lenin arengó a los delegados del Soviet asegurando que eran «la vanguardia de un nuevo orden mundial» y el Times respondió con un editorial en el que se decía que el remedio para el bolchevismo eran las balas.

Los influenciables lectores empezaron a catalogar a Lenin y los suyos como una banda de asesinos, ladrones y blasfemos y a dar por sentado que existía el deber sagrado de destruirlos como si fueran alimañas.

Gracias o, para ser mas exactos, por culpa de unos medios de comunicación ineptos se ensambló el escenario para que las potencias occidentales cometieran una de las mayores necedades del siglo: montar una expedición militar para estrangular la Revolución Bolchevique.

Fue una torpeza que envenenó las relaciones de Occidente con los rusos durante mucho tiempo.

En 1959, transcurridas cuatro décadas, el secretario comunista Nikita Jruschov aprovechó una visita a Los Ángeles para enfatizar que todavía recordaban «los tétricos días» en que los países de Europa y América marcharon contra ellos.

A la ‘niebla’ informativa contribuyó la paradoja de que el único corresponsal occidental que cubrió la intervención aliada desde el bando ruso fue Philips Price.

Ransome había retornado a Gran Bretaña y Reed se había alistado en el aparato de propaganda soviético.

Existían muchas probabilidades de que lo fusilasen, acusado de colaborar con los «rojos», si los «blancos» ganaban la partida, pero Price asumió gallardamente el peligro:

«Sopesé las opciones y llegué a la conclusión de que me encontraba en medio de uno de los acontecimientos más grandes que habían ocurrido en el mundo y que merecía la pena arriesgar mi vida y permanecer.»

Debido a que los bancos habían sido clausurados para evitar que los contrarrevolucionarios sacaran fondos, Price no podía recibir dinero del Guardian y sobrevivía con una magra dieta confeccionada con pieles de patata, te y una rebanada de pan al día.

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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