La historia, los secretos, los vicios y las virtudes de los corresponsales

REPORTERO DE GUERRA: Por quién doblan las campanas (LIV)

La redacción siempre debe fiarse de lo que cuenta su reportero sobre el terreno

REPORTERO DE GUERRA: Por quién doblan las campanas (LIV)
Ernest Hemingway con milicianos en una trinchera republicana, durante la Guerra Civil española.. Robert Capa.

Ernest Hemingway fue un pésimo corresponsal de guerra. Técnicamente, sus descripciones de batallas o bombardeos eran monótonas: ponía excesivo énfasis en su propia proximidad al peligro, cargaba las tintas en los «borbotones de sangre» y las piernas «cercenadas», y aderezaba más de la cuenta los diálogos, lo que les restaba autenticidad.

Hemingway y la mayoría de los escritores de postín que acudieron a la Guerra de Espana empujados por altos ideales solidarios elaboraron piezas de literatura memorables -el mejor ejemplo es ‘Por quién doblan las campanas’-, pero fallaron en el plano periodístico, donde las interpolaciones pasionales y la ficción deben ser administradas con cuentagotas.

Ninguno tuvo las agallas o el buen sentido de jugar a la contra e informar, por ejemplo, de la persecución que se abatió sobre individuos del bando republicano –trostkistas, anarquistas o liberales– a los que no se consideraba puros desde la óptica del comunismo estalinista.

Cuando lo denunciaron, como hizo George Orwell, ya era tarde o no tuvo peso.

Las redacciones de los periódicos no eran ajenas a la presión emocional en que trabajaban sus corresponsales y en algunos casos se hicieron sinceros esfuerzos para equilibrar la información.

Decidido a cubrir la contienda con imparcialidad, el New York Times elaboró un plan: publicaría noticias de ambos bandos con similar extensión y relevancia.

Sobre el papel parecia honesto, pero resultó impracticable debido a que William Carney, el devoto periodista católico que acompañaba a las fuerzas ‘nacionales‘ de Franco, no estaba a la altura profesional de Herbet Matthews.

Durante la Batalla de Teruel, el incauto Carney dio como bueno un comunicado nacional anunciando la captura de la capital provincial aragonesa y envió una crónica prolija:

«… la poblacion ha recibido a los vencedores con el brazo en alto.»

En el mismo instante en que salían de las rotativas neoyorquinas los ejemplares con esa minuciosa reseña, Matthews y Robert Capa concluían una trabajosa marcha de dos días por las montañas nevadas y descubrían que Teruel seguía en manos republicanas.

Fue el golpe de gracia para el pardillo de Carney y la consagración de Matthews, quien impuso el criterio de que la redacción siempre debe fiarse de lo que cuenta un reportero si este asegura haber contemplado los hechos con sus propios ojos.

A Hemingway no se le puede echar en cara que no se acercara a la batalla, la condición inexcusable según Robert Capa para ser buen reportero, sino que su imaginación y sus pasiones se sobreponían a menudo a la obligada fidelidad con los hechos.

Nació el 21 de julio de 1899 en Oak Park, un suburbio de Chicago, en cuyo instituto estudió. Marcado por la relación conflictiva con su padre, que fue médico y se suicidó en 1928 debido a una enfermedad incurable, Ernest Hemingway se aficionó desde niño al deporte y la caza.

Su padre quería que Ernest fuera médico como él y su madre, Grace Hall, que tenía aficiones artísticas, quería hacerlo músico y le obligaba a practicar en el violoncelo por largas horas, durante las cuales, por el solo hecho de «permanecer sentado pensando», se desarrolló en él su vocación de escritor.

Al acabar sus estudios medios, en 1917, renunció a entrar en la universidad y consiguió trabajo en el rotativo Kansas City Star.

Al implicarse Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial, Ernest Hemingway quiso alistarse, pero fue declarado ‘inútil‘ a causa de una antigua herida en el ojo, por lo que hubo de conformarse con servir en la Cruz Roja.

Fue conductor de ambulancias en el frente italiano, donde resultó herido de gravedad poco antes de cumplir diecinueve años, experiencia que le endureció todavía más y le sirvió para escribir once años después el libro ‘Adiós a las armas’.

De vuelta en su país en 1919, se casó con una amiga de infancia. Fichó como corresponsal del Toronto Star hasta que se marchó a vivir a París, donde los escritores exiliados Ezra Pound y Gertrude Stein le animaron a escribir obras literarias.

En 1927 regresó a Estados Unidos, donde se casó en segundas nupcias y en 1930 compró su casa en Cayo Hueso (Florida), que desde entonces y hasta su salto casi definitivo a Cuba, sería su ‘base‘ y su lugar de trabajo, pesca y descanso. También pasó temporadas en África.

Hemingway era uno de esos tipos convencidos de que el juego de la vida sólo adquiere sentido cuando se juega la ficha más valiosa: la vida misma. Por eso se enfrentó a los leones, a los elefantes, a los toros y a los tiros. Por eso consumió su vida explorando y obsesionado con la masculinidad.

España fue para Hemingway una tierra de afinidad desde que, en 1921, en su primer reportaje como corresponsal en Europa para el Toronto Star, se ocupó de la pesca del atún en Vigo.

España era para él un lugar de aventura, una África al otro lado de los Pirineos. El primer viaje a Pamplona lo hizo Hemingway con su primera mujer, Hadley Richardson, el 6 de julio de 1923. Embrujado por los sanfermines, volvería muchas veces.

Fiesta‘, su primer gran éxito literario, lo escribió después de asistir a los encierros de 1925.

Cuando estalló la Guerra de España, corrigió a toda prisa las pruebas de imprenta de ‘Tener y no tener’ y se alistó como corresponsal para la Agencia NANA, que le publicaría 31 crónicas sobre la Guerra Civil.

Como él mismo reconoció después, lo pasó muy bien durante la sangrienta Guerra de 1936. A pesar de la bestialidad del conflicto fratricida, le gustaban los españoles porque su honor y coraje reflejaban la percepción que tenía de sí mismo como arquetipo del macho alfa:

«Fue la etapa más feliz de nuestras vidas. Éramos felices porque cuando la gente moría parecía que su muerte tenía importancia y justificación».

«No hay gente como los españoles cuando son buenos, pero cuando son malos, no hay gente peor», dice su álter ego el periodista Jordan, el narrador de ‘Por quién doblan las campanas’.

Hemingway apostó sin matices por el ‘bando rojo’ y en noviembre de 1938, cuando quedó claro que iba a perder la contienda y los nacionales de Franco avanzaban en todos los frentes, escapó a toda prisa por la frontera francesa junto al periodista Herbert Matthews y el fotógrafo Robert Capa.

Tardaría 15 años en volver a España. Esos tres lustros los vivió convencido de que no vería nunca más el país en que había sido tan feliz y donde gobernaba sin oposión el General Franco.

Procedente de Biarritz, y acompañado de su última esposa, Mary Welsh, cruzó la frontera por Irún sin el menor contratiempo, para sorpresa del escritor:

«Era extraño volver. Nunca esperé que se me permitiría entrar en el país que amaba más que cualquier otro después del mío».

Por aquel entonces ya había sido corresponsal en la II Guerra Mundial y se había comprado una casa en Cuba.

Murió en Ketchum, en el estado de Idaho, el 2 de julio de 1961, disparándose un tiro en la boca con una escopeta de caza.

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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