La historia, los secretos, los vicios y las virtudes de los corresponsales

REPORTERO DE GUERRA: La Guerra Civil Española de 1936 (LI)

Uno de esos instantes en que todo el mundo se siente obligado a adoptar postura y asumir opciones trascendentales

REPORTERO DE GUERRA: La Guerra Civil Española de 1936 (LI)
El cadáver de una monja, sacado por milicianos republicanos de su nicho en un convento de Barcelona y expuesto contra un muro, en agosto de 1936. GC

Desde muy temprano me di cuenta de que no hay acontecimiento que sea correctamente relatado en un diario, pero en España, por primera vez, vi crónicas periodísticas que no guardaban relación alguna con los hechos, ni siquiera la que implica una mentira ordinaria.»

Este fragmento, extraído de la obra ‘Looking Back on the Spanish War’, es obra de George Orwell, uno de los notables escritores que siguieron de cerca la Guerra Civil española, y resume perfectamente la retorcida forma en que se cubrió la contienda.

Ningún otro conflicto moderno, ni siquiera el yugoslavo o el árabe-israelí, ha despertado emociones tan vehementes, compromisos tan hondos y lealtades tan desgarradas como la Guerra del 36.

En esencia, como escribió Orwell, fue una lucha de clases y ambos bandos veían el choque como una cruzada.

Los nacionales batallaban para purgar el país de rojos, restaurar el orden, defender valores que sentían amenazados y resucitar el ideal de una España «unida, grande y libre».

Los republicanos peleaban, en algunos casos, por un ideal democrático y en muchos a la busca de la «utopía comunista», empujados por un odio de clase desaforado, el anticlericalismo y hasta el miedo.

La Puerta de Alcala de Madrid decorada con fotos y símbolos de la URSS, durante la guerra Civil española de 1936.

La intervención de Hitler y Mussolini en favor de los nacionales y de Stalin en favor de los republicanos reforzó esta percepción.

Fue un momento apocalíptico de la Historia, uno de esos instantes en que todo el mundo se siente obligado a adoptar postura y asumir opciones trascendentales.

El encuentro de Franco con Hitler en Hendaya.

Los contendientes se batieron con toda la ferocidad de que es capaz un ser humano.

Floy Gibbons, la estrella del Tribune de Chicago que había ido en 1923 al Sáhara a la busca de jeques parecidos al bello Rodolfo Valentino y para quien iba a ser la novena campaña militar de su carrera, no tuvo suficiente estómago para seguir de cerca el cainita conflicto español.

Milicianos republicanos posando junto a los cadáveres de varias personas que acaban de asesinar.

Al mes de llegar, Gibbons hizo las maletas:

«Es la más sangrienta y costosa guerra que he visto en mi vida… es espantoso el comprobar lo inhumanos que pueden ser unos hombres con otros.»

Fusilamiento de un sacerdote católico, por milicianos rojos, en 1936.

Como advertimos los periodistas españoles a partir de 1990 en la antigua Yugoslavia, es indiferente que los protagonistas sean blancos, educados y europeos. Cuando sobreviene una contienda fratricida, la crueldad de los participantes jamás toca fondo.

Ninguno de los que acudieron a la Península Ibérica para luchar o escribir salió indemne de una experiencia que marcaría a fuego las almas, el ideario, la memoria y los ademanes de toda una generación.

La Guerra del 36 fue un imán que magnetizó hasta el hipnotismo a los autores con más talento de esa época: Hemingway, Malraux, Orwell, Dos Passos, Koestler… Novelistas y corresponsales se entreveraron en el conflicto con ardor y eso afectó inevitablemente a la objetividad de su trabajo.

Hemingway disfrutando del Madrid republicano, durante la Guerra Civil de 1936-39.

EL MITO Y LOS AGUJEROS DE ERNEST HEMINGWAY

Ernest Hemingway, que apareció como enviado especial de la North American Newspaper Alliance, se asignó a si mismo la misión de entrenar reclutas para las Brigadas Internacionales y solía acercarse al frente en uniforme de campaña.

George Orwell, enviado a España como reportero del New Statesman, se unió a las fuerzas trotskistas catalanas y no juzgaba anómalo combinar un poco de combate y el envío de crónicas.

George Orwell, enviado a España como reportero del New Statesman.

El traidor Kim Philby, cubría la contienda para el Times desde el lado nacional, pero actuaba como agente secreto soviético.

Arthur Koestler aparecía como corresponsal del London News Chronicle, pero en realidad era espía de la Komintern, la Internacional Comunista.

Philby y Koestler no fueron los primeros periodistas que se transformaron en agentes secretos y se pusieron al servicio de Stalin empujados por su fe ciega en las virtudes del comunismo.

El espía comunista Richard Sorge.

Antes de ellos, el número 1 del Kremlin fue Richard Sorge. Era un tipo voluminoso, moreno, y empezó su peripecia profesional a principios de los años treinta en el Extremo Oriente como enviado del Soziologische Magazin.

Los japoneses, verdaderos paranoicos en lo que se refiere a las filtraciones de información, nunca sospecharon de aquel alemán que describía en términos elogiosos sus sangrientas hazañas en Shanghái, Nankín y otros parajes de la China continental.

Para los nipones y los colegas de Sorge, el germano era un nazi mujeriego y un poco alocado. En realidad fue el organizador de una de las redes de espionaje comunista más eficientes de la Historia.

Como en todas las guerras, la de España, además de sus espías, tuvo su hotel: el Florida.

Hemingway con Martha Gellhorn, en la España de la Guerra Civil.

Allí, muy cerca de la antigua Estación del Norte madrileña, montaron su cuartel general Hemingway, Herbert Matthews, Antoine de Saint-Exupery, John Dos Passos y Martha Gellhorn, entre otros.

La ajetreada posada, donde el pasatiempo comunal era un gramófono con un solitario disco de Fréderic Chopin, valió a Hemingway para encuadrar ‘La Quinta Columna’ y para prometerse en matrimonio con Martha Gellhorn.

A diferencia de lo que ocurre ahora, Hemingway y muchos de los alojados en el Hotel Florida admitían abiertamente su parcialidad. Algunos hasta hacían gala de ello.

Milicianas reppublicanas durante la Guerra Civil española.

«Siempre detesto la falsedad y la hipocresía de los que proclaman ser imparciales y la tontería, por no decir estupidez, de los editores y lectores que demandan objetividad a los reporteros que cubrimos una guerra» -escribió Matthews-.

«Al condenar la parcialidad se rechazan los únicos factores que realmente importan: honestidad, comprensión y rectitud; el lector tiene derecho al solicitar los hechos, pero carece del derecho de pedir al periodista o al historiador que coincidan con el.»

Barricadas en Barcelona al inicio d ela Guerra Civil 1936-39.

Si el enviado del riguroso New York Times osaba proclamar esos principios, se me ponen los pelos de punta al imaginar cuales eran los criterios con los que se guiaban personajes enredados ideológicamente en la lucha.

Cuando los nacionales se dieron de bruces con Arthur Koestler en Málaga y lo atraparon antes de que pudiera embarcarse y huir, ni se les pasó por la cabeza tratarlo como a un periodista.

Dieron por supuesto que era un agente enemigo y estuvieron a punto de enviarlo al paredón.

El periodista Arthur Koestler.

Afortunadamente para Koestler, los republicanos también tenían sus prisioneros y el incidente se saldó con un intercambio de cautivos.

Koestler aprovechó su recién recobrada libertad para publicar un libro con el título ‘Spanish Testament’, que provocó un estallido de ira contra el general Francisco Franco en Europa.

En la obra se narraban con detalle un sinnúmero de salvajadas cometidas por los nacionales. En 1954 los incautos lectores se enteraron por fin de la verdad: Koestler confesó haber escrito el libro en París bajo la supervisión de su jefe en la Komintern, un alemán llamado Willie Muenzenberg, quien se encargó de crear capítulos enteros, retocar pasajes demasiado blandos y maquillar todo el volumen.

El caso de Claud Cockburn, editor del semanario izquierdista británico The Week, es todavía mas llamativo.

Milicianos comunistas de las Brigadas Internacionales.

Para presionar al gobierno francés y empujarlo a permitir el paso de un cargamento de armas destinado a la Republica y el bando ‘rojo‘, Cockburn y un tal Otto Katz -ahorcado paradójicamente en Praga en 1952 por la KGB con la falsa acusación de ser un agente capitalista- enviaron una pormenorizada crónica, toda ella producto de la ficción, en la que los escasamente armados rojos aparecían corajudos, corteses y sacrificados en su lucha contra una chusma de nacionales bien pertrechados.

El reportaje incluía nombres propios a granel, topónimos, paisajes identificables y, durante un prolongado lapso de tiempo, figuró como una obra imprescindible del reporterismo de guerra. Todo era inventado.

La batalla por el Alcazar de Toledo.

Durante el asedio al Alcázar de Toledo, un colega llamado Louis Fischer informó que los sitiadores estaban «desmoralizados», lo que era verdad, y Cockburn le increpó en público.

Fischer argumentó que el desaliento de los milicianos era un hecho palpable y que los ciudadanos tenían derecho a leer la verdad, a lo que Cockburn replicó:

«¿Quién les ha dado ese derecho?»

Propaganda de guerra en los medios republicanos.

No es extraño que los artículos publicados en The Week y otros medios similares, conteniendo detalles correctos, resultaran radicalmente erróneos en conjunto.

Toda esa consciente, constante y masiva manipulación, despertó un fútil optimismo entre los lectores izquierdistas de todo el mundo a los que se indujo a creer que la victoria republicana era ineludible en España.

Se llevaron un chasco monumental, del que algunos progres españoles no se han recuperado nunca, lo que explica que los más obtusos intenten ganar la guerra 80 años después de concluida.

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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