La historia, los secretos, los vicios y las virtudes de los corresponsales

REPORTERO DE GUERRA: La canción del soldado (LXXII)

«Si muero en zona de combate, metedme en una caja y enviadme a casa»

REPORTERO DE GUERRA: La canción del soldado (LXXII)
Marines heridos en el barro, en la Guerra de Vietnam. VT

La Guerra de Vietnam fue para los americanos una pelea malsana, en un lugar diminuto y remoto, contra un adversario anónimo.

Tim O’Brien, cuyo ‘If I die in a combat zone’ ha sido comparado con ‘Homenaje a Cataluña’ de George Orwell, refleja descarnadamente en su obra la angustia que supuso para su generación batirse en una guerra que consideraban equivocada.

El título del libro de O’Brien procede de una canción que entonaban los soldados rasos. El estribillo de la balada repite una y otra vez «If I die in a combat zone, Box me up and ship me home»:

«Si muero en zona de combate, metedme en una caja y enviadme a casa.»

Para percibir la terrible perversión que sufrieron los sentimientos de miles de muchachos a medida que Estados Unidos se fue empantanando en Vietnam, basta leer ‘Dispatches‘, donde Michael Herr despieza, con una mezcla de pasión y fría meticulosidad, el miedo y el valor de los soldados enviados a los campos de arroz y las junglas de Indochina.

Prisioneros vietcong capturados en combate.

A cada nuevo peldaño en la escalada bélica, las autoridades estadounidenses intentaban camuflar su actuación recurriendo a una catarata de eufemismos y estadísticas.

En su beneficio hay que reconocer que no trataron de resolver el problema imponiendo una rígida censura, sino que montaron una campaña de relaciones públicas realmente profesional.

Un marine alerta, en Vietnam.

Para difundir su propia versión de la guerra, invitaron a periodistas, organizaron giras, dieron facilidades e instaron a todo el que quiso a «comprobar personalmente la verdad».

Esta táctica resultó a la larga desastrosa para EEUU. Al hacer cualquier faceta de la guerra inusualmente accesible a todo reportero que se presentaba en Saigón, la Casa Blanca perdió el control de la información.

Con setecientos periodistas deambulando por Vietnam del Sur, como hubo en ciertos momentos, era inevitable que algunos esquivasen los viajes organizados y se aventuraran por su cuenta.

La «verdad», amplificada por las deprimentes imágenes de televisión que engullían cotidianamente con sus copos de maíz y sus huevos revueltos millones de norteamericanos, terminó abriéndose paso y provocando la caída del presidente Lyndon Johnson.

Una polémica que generó Vietnam, que se reproduce en todas las guerras y sigue sin resolver, es si resulta periodísticamente mas ventajoso mantener un hombre permanentemente sobre el terreno o si es mejor rotar con gente de refresco.

Civiles pillados en medio del combate, en Vietnam.

El «fijo» suele estar bien informado y contar con fuentes seguras. El «ocasional» llega con ojos nuevos y a menudo percibe aspectos que el residente ha dejado de apreciar, ralentizado por el lastre de la costumbre.

A la vista de lo ocurrido con la cobertura de Vietnam, la única deducción incontrovertible es que todo depende de la talla del personaje encargado de cubrir la información.

Si es un profesional con clase, lo hará bien tanto si es fijo como ocasional. Lo mismo es aplicable a las diferencias de sexo.

Un ejemplo luminoso es Catherine Leroy. Criada en un convento francés, Catherine se conmovió por las imágenes que vió un día en Paris Match, y decidió que debía viajar a Vietnam para «dar un rostro humano a la guerra».

En 1966, a la edad de 21 compró un boleto de ida a Laos. Todo lo que llevaba encima era una cámara Leica M2 y 100 dólares.

La periodista Catherine Leroy.

A su llegada a Saigón, Leroy conocío al mítico Horst Faas, jefe de la oficina de la Associated Press, fotógrafo eminente y ganador de dos premios Pulitzer.

Un año más tarde, Catherine se convirtió en la primera periodista acreditada para participar en un salto en paracaídas en combate, uniéndose a la 173d Airborne Brigade en Operación Junction City.

En 1968, durante la Ofensiva Tet, Leroy fue capturada por el Ejército de Vietnam del Norte.

Se las arregló para negociar su salida con los feroces vietcong y emergió como la primera periodista del mundo que había tomado fotos del Ejército de Vietnam del Norte detrás de sus propias líneas. La historia se convirtió en la portada de la revista Life.

Su foto más famosa se titula ‘Corpsman In Anguish’ y es en realidad una serie de tres imágenes, captadas en rápida sucesión, del sanitario estadounidense, Vernon Wike.

En las fotos, durante la batalla de la colina de 881 cerca de Khe Sanh, el marine Wike  trata de ayudar a un compañero que ha recibido un balazo.

Un marine intenta ayudar a un compañero herido de muerte.

En el primer cuadro, Wike tiene en sus dos manos el pecho de su amigo, tratando de restañar la herida, de tapar el boquete por el que mana a borbotones la sangre.

El marine desconsolado, abraza al cadáver de su compañero muerto.

En el segundo, apoya la cabeza sobre el pecho herido de su amigo, tratando de encontrar un latido del corazón.

El marine desconsolado por la muerte del compañero, al que no pudo salvar.

En el tercero, acaba de darse cuenta que su camarada está muerto y mira al cielo con angustia.

Oriana Fallaci, que todavía no era una escritora de renombre, asegura que fue a Vietnam porque su padre había sido partisano antifascista en la Segunda Guerra Mundial y consideraba que era su deber moral cubrir ese conflicto.

Entre sus scoops figuran una entrevista al general Nguyen Giap, comandante en jefe del ejercito norvietnamita, y otra al presidente sudvietnamita Nguyên Van Thieu.

La periodista y escritora Oriana Fallaci, en la guerra.

Kate Webb, que había nacido en Nueva Zelanda y trabajaba para la United Press, estuvo implicada en más acciones que la mayoría de los hombres y fue el primer reportero que entró en el recinto de la embajada estadounidense tras su breve ocupación por los vietcong durante la «Ofensiva del Tet».

Bastantes enviados especiales imitaron mecánicamente el estilo de reporterismo santificado en la II Guerra Mundial y fue un error. Vietnam era un nuevo tipo de guerra y requería un nuevo tipo de corresponsal de guerra.

Helicópteros americanos al ataque en Vietnam.

Era un conflicto interdisciplinario, en el que complejos problemas políticos se mezclaban con aspectos militares y donde el éxito en el campo de batalla era imprescindible pero no suficiente.

El corresponsal bélico termina habituándose al dolor, al sufrimiento y a la muerte. Al principio uno se siente consternado por lo que ve, pero al cabo de los días va desarrollándose una especie de costra sentimental irremplazable para seguir trabajando, pero enormemente peligrosa porque puede conducir al cinismo mas despiadado.

En Vietnam esa costra solía ser espesa y estar muy extendida.

Soldados suvietnamitas interrogan a un miliciano vietcong.

Desde la noche de los siglos, los gobernantes saben que para librar con éxito una guerra es imprescindible deshumanizar al enemigo.

El modo más simple de lograrlo consiste en inflamar a las tropas propias de espíritu nacionalista o racista y, a ser posible, de ambas cosas a la vez.

Esos sentimientos, que habían sido incitados por primera vez en los norteamericanos durante la II Guerra Mundial y reavivados en Corea, fueron llevados a su paroxismo en Vietnam.

Morían los chicos, atacados a menudo por sonrientes campesinos a los que habían dado comida y ayuda durante el día y que al caer la noche se transformaban en feroces milicianos vietcong y eso nublaba muchas cosas.

Marines americanos rescatan a compañeros heridos en combate.

En el sudeste asiático tenía lugar una insurgencia en la que el enemigo no era básicamente distinguible del civil inocente o del aliado. El racismo dirigido contra un rival despectivamente designado como «Charlie Cong» se cebó también en los desventurados vietnamitas a los que supuestamente se venía a salvar.

Todos los vietnamitas se convirtieron en dinks, «patosos» o «basura», y se popularizó el dicho de que los únicos amarillos buenos eran los muertos.

En consecuencia, los soldados norteamericanos mataban a todo el que les parecía vietcong y al que, sin parecerlo, podría haberlo sido.

Comunistas vitecong capturados por los marines americanos.

Teóricamente se sostenía que la única manera de triunfar consistía en «ganar las mentes y corazones de los sud vietnamitas», pero en la práctica se trataba de una tarea imposible.

Fue la condición racista de la lucha y la bestialización de los vietnamitas lo que condujo inexorablemente a matanzas como la de My Lai, una aldea donde el 16 de marzo de 1968 la Compañía C del primer batallón del XX de Infantería de la Brigada XI masacró un centenar de hombres, mujeres y niños.

Resulta paradójico que la carnicería de My Lai, uno de los hechos mas resonantes de la Guerra de Vietnam, no fue reportada por ninguno de los corresponsales que estaban en el sudeste asiático cuando ocurrió.

Marines combatiendo en la jungla de Vietnam.

Aproximadamente un año después de la masacre, el ex ametrallador de helicóptero Ronald Ridenhour, quien tenía amigos en la Compañía C y vivía retirado en Arizona, remitió treinta cartas relatando lo que sabía y citando los nombres de los que le habían facilitado la información.

Las epístolas fueron enviadas al presidente Richard Nixon, a altos militares y a varios congresistas y senadores.

Muchos no respondieron, pero un congresista de su Estado, Morris Udall, le telefoneó para decirle que haría todo lo que estuviera en su mano.

El teniente William L. Calley, en el juicio por la matanza de My Lai.

El Pentágono inició una investigación, y en septiembre de 1969, tres días antes de que fuera licenciado, el teniente William L. Calley, el hombre que iba al mando de la Compañía C, fue acusado formalmente de la muerte de 109 «seres humanos orientales» y llevado ante una corte marcial. La cifra de víctimas fue reducida posteriormente a 102 «seres humanos».

El 6 de septiembre, sobre ese asunto, la agencia AP pasó una breve nota sin especificar ni el numero de muertos ni las circunstancias.

El New York Times publicó el 8 de septiembre una pequeña noticia, en la pagina 38, y todo hubiera pasado desapercibido de no haber existido un periodista tenaz e implacable llamado Seymour Hersh.

Un marine norteamericano herido en Vietnam.

Trabajaba entonces para el diario Saint Louis Post Dispatch. Hersh, quien tenía treinta y dos años y había cubierto el Pentágono para la Associated Press en 1966 y 1967, recibió la llamada de un abogado alertándole sobre el caso y se puso en marcha.

El 13 de noviembre, a través de una pequeña agencia y cobrando cien dólares a cada medio, publicó la historia completa en 36 periódicos, entre los que se incluía desde el Times hasta el Boston Globe, pasando por el San Francisco Chronicle.

Ese mismo día el New York Times sacó a la luz su propia versión, elaborada por su plantilla, y poco después Ronald Haeberle, que había sido fotógrafo militar y había acompañado a la Compañía C en My Lai, empezó a vender las imágenes de la masacre.

Haeberle terminó sacando cincuenta mil dólares a la revista Life, por una dramática estampa de los civiles de My Lai, muertos en un camino.

Vietnamitas muertos en la matanza de My Lai.

Muy pronto, cada fotógrafo que había estado en el sudeste asiático tenia su propia atrocidad que contar o vender.

Vietnam sirvió de incubadora en el nacimiento de la escuela de los fotógrafos del horror, que desde entonces han prosperado como hongos.

Soldados sudvietnamitas interrogan a una miliciana vietcong.

En su descargo no se puede olvidar que son los que más se arriesgan, los que casi siempre caen perforados por las balas o la metralla y que el propósito de la fotografía de prensa es registrar acontecimientos, hechos, eventos y peripecias, no hacer poesía o arte.

En el mundo, aunque no nos agrade, ocurren cosas espantosas.

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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