La historia, los secretos, los vicios y las virtudes de los corresponsales

REPORTERO DE GUERRA: Los iracundos (LXXVII)

"Si alguien viene a por mi, no soy de los que se quedan quietos"

REPORTERO DE GUERRA: Los iracundos (LXXVII)
Eduardo Rózsa-Flores. AR

En el sudeste asiático, que entre 1945 y 1975 fue un constante lodazal de odio y masacre, la metralla nunca tuvo excesivo respeto por las reputaciones de los reporteros.

Durante la contienda vietnamita perecieron 50 corresponsales y otros 18 desaparecieron en acción. Unos cayeron en accidentes de helicóptero, otros al pisar una mina, alcanzados por una bala o ejecutados a sangre fría por los facinerosos del Vietcong.

No ha sido, ni con mucho, el conflicto más mortífero para la prensa. Aunque es muy díficil hacer tablas, porque en grandes choques bélicos como las dos Guerras Mundiales los reporteros eran indistinguibles a menudo de los combatientes, sobre todo en el bando ruso y el alemán, a grosso modo la escala está así:

  • Primera Guerra Mundial (1914-1918): 2
  • Segunda Guerra Mundial (1940-1944): 68
  • Guerra de Corea (1950-1953): 17
  • Guerra de Vietnam (1955-1975): 66
  • Argelia (1993-96): 58
  • Colombia (1986- 2015): 52
  • Balcanes (1991-95): 36
  • Filipinas (1983-87): 36
  • Turquía (1984-99): 22
  • Tayikistán (1992-96): 16
  • Sierra Leona (1997-2000): 15
  • Afganistán (2001-04): 9
  • Somalia (1993-95): 9
  • Kosovo (1999-2001): 7
  • Guerra del Golfo (1991): 4
  • Guerra de Irak (2003-2011): 85
  • Guerra de Siria (2011-…): 91

Dicho esto y aunque las cifras carecen de precisión, porque faltan entre los caídos centenares de periodistas locales, hay que subrayar que Vietnam nunca fue una broma.

Huyendo del frente en Vietnam.

En mayo de 1968 cinco reporteros se dirigían en coche hacia Cholon cuando fueron atacados por los comunistas.

Uno de los supervivientes explicó que gritaron insistentemente «¡Bao chi!» -prensa-, pero que los guerrilleros vietnamitas los siguieron ametrallando inmisericordemente.

Al día siguiente un fotógrafo al servicio de la United Press, llamado Charlie Eggleston, cogió un fusil y sin quitarse siquiera las gafas, anunció que partía a la jungla en busca de venganza.

Charlie Eggleston.

Nunca retornó vivo y, según la leyenda que circulaba por los bares de Saigón, antes de morir acabó con tres guerrilleros vietcong.

Este tipo de reacción visceral no es tan infrecuente. En el otoño de 1991, en la antigua Yugoslavia, el periodista de origen boliviano Eduardo Rózsa-Flores, que trabajaba de freelance para el diario catalán La Vanguardia, decidió aparcar la máquina de escribir y empuñar el fusil poco después de que los serbios ametrallaran intencionadamente el vehículo en el que viajaba con otros reporteros.

La reportera va hacia la parte más caliente del frente, en pleno combate.

Flores había nacido en 1960 en Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia. Era hijo de un judío húngaro con talento artístico que emigró a Sudamérica y se casó allí con una nativa índigena.

Con la perspectiva que da el tiempo, se puede decir de él que era implacable, enérgico, feroz, impetuoso, vehemente, impulsivo, agresivo, airado, arrebatado, brusco y muy duro, pero no iracundo. Parecía extrañamente frío.

Era un tipo achaparrado y compacto. Tenía treinta y un años cuando lo conocí  y además de ser un consumado políglota y parecer algo lunático, contaba siempre que sus padres habían sido coriaceos militantes comunistas.

Alfonso Rojo con el periodista José Macca, en una escaramuza por la independencia de Eslovenia.

El 2 de julio de 1991, mientras José Macca, amigo del alma, compañero de correrías, cocinero de lujo, corresponsal en Roma y por aquel entonces a punto de ser nombrado subdirector de Diario 16, y yo trotábamos hacia Zagreb a transmitir nuestras crónicas sobre la emboscada que los eslovenos habían tendido al ejército federal yugoslavo en Jesenice, Flores -que había asistido como nosotros al feroz y breve enfrentamiento- se dedicó tranquilamente a recoger granadas de mano entre los cadáveres.

Esa noche estuvo a punto de volarnos a todos en fragmentos cuando se le cayeron los explosivos al suelo en el cuarto de teletipos del Hotel Esplanade.

El periodista Eduardo Rózsa-Flores, en pleno combate.

Cuando Flores optó por dedicarse a la guerra a tiempo completo, lo hizo con todas las consecuencias: se sumó a las fuerzas croatas que batallaban contra los secesionistas serbios de la Krajina, se enfundó un casco en el que escribió a mano ‘Chico‘ que era su apodo y fundó una brigada internacional.

Sus lugartenientes eran el español Alejandro Hernández Moro, Alex, un ex legionario que alardeaba de haber desfilado con los milicianos falangistas del Líbano, y Paolo, un ultraderechista italiano con bastante experiencia militar.

Los lugartenientes de Eduardo Rózsa-Flores.

Como administrador de la brigada actuaba un norteamericano de origen croata conocido por Johnny, cuyo padre debía de ser uno de los ustachis que salieron huyendo de los Balcanes tras la derrota en la Segunda Guerra Mundial de Ante Pavelic y sus protectores nazis.

En torno a Flores flotaba una fascinante leyenda que el se encargaba de alimentar. Se decía que había actuado como intérprete de Ilich Ramírez, alias Carlos el Chacal, el famoso terrorista palestino-venezolano autor del secuestro de los ministros de la OPEP en Viena, que fue detenido en Sudán y empaquetado en el verano de 1994 hacia Francia, donde purga una cadena perpetua.

El terrorista Ilich Ramírez, alias Carlos el Chacal.

Cuando se le preguntaba sobre Carlos el Chacal, Flores esbozaba una sonrisa sardónica.

A veces, si había ingerido unas copas de más, asentía ufano, añadiendo a renglón seguido haberlo hecho «por orden superior».

Aclaraba a regañadientes que eran trabajos ejecutados mientras cumplía el servicio militar en la Guardia de Fronteras de Hungría, país de origen de su padre.

Combate en las montañas de Kurdistán.

Entre los corresponsales extranjeros se rumoreaba que Flores llevaba siempre varios pasaportes en el bolsillo: uno boliviano, consecuencia de su nacimiento en Santa Cruz; otro húngaro por su padre, el pasaporte español, fruto de una prolongada estancia en Barcelona y de su boda con una catalana; el israelí, por haber prestado servicio como voluntario en las Israel Defense Forces y, por ultimo, el croata, otorgado por méritos guerreros.

La decisión de organizar la brigada internacional y abandonar la actividad periodística fue, según el propio Flores, un súbito ataque de pundonor:

«Estaba harto de que los serbios me dispararan, a pesar de llevar el coche identificado con las letras PRESS; en una ocasión vi que venían a despacharme, empuñé un fusil y les di lo suyo.»

Como si echarse al monte fuera lo mas normal del mundo entre los miembros de la plantilla de un diario, comunicó por telex su nuevo estatus a Ricardo Estarriol, el delegado de La Vanguardia en Europa central.

Destrucción tras los combates en la Krajina Oriental de Croacia.

El texto de su mensaje es antológico:

«En esta vida hay que tomar partido y comprometerse; yo lo he hecho con Croacia; desde hace días combato en las filas de la Guardia Nacional. ¿Cuándo queréis la siguiente crónica?»

En la redacción del diario barcelonés, el brillante Placid García Planas y sus colegas debieron de quedarse de una pieza cuando Estarriol les remitió una copia.

Hubo una reunión a puerta cerrada, consultaron con la alta dirección y llegaron a la conclusión unánime de que si Flores había decidido coger las armas debía soltar urgentemente la pluma.

Aquel telex fue el último contacto de Flores con el periódico.

Flores y sus lugartenientes, en un descanso del combate.

El macizo hispano-boliviano se evaporó de Zagreb y reapareció en Bresce, un barrio periférico de Osijek.

«Allí conocí a un norteamericano y a un húngaro; nos pusimos de acuerdo; llegaron otros amigos y tras nuestra actuación en la defensa de la localidad de Laslovo, donde cayeron nueve de nuestros hombres, el alto mando croata nos legalizó y a mi me nombró comandante de la Primera Brigada Internacional.»

Flores no solo mudó de actividad profesional. También modificó su talante. Fue como si el contacto ordinario con la muerte hubiera encallecido su alma. Cuando ejercía de periodista era un individuo afable, charlatán y juerguista.

Como comandante de la brigada se convirtió en un personaje huraño y distante, que respondía con monosílabos y miraba de soslayo.

Además de varias gestas tan notables como desesperadas en la lucha contra los chetniks serbios, a los brigadistas se imputaba la enigmática muerte de dos periodistas extranjeros.

Reportero de guerra muerto en acción.

No era un rumor infundado. En el breve plazo de dos semanas, en la zona de operaciones de Flores y su ‘guardia de corps’, habían perdido la vida, en circunstancias misteriosas, un reportero suizo y un fotógrafo inglés.

El primero fue encontrado estrangulado en las cercanías de Dakovo, y el otro, con un tiro en la nuca en las afueras de Osijek. Los dos habían descubierto, al parecer, algo inconfesable en el sórdido pasado de algunos miembros de la brigada internacional.

«Alistarme como voluntario en la Guardia Nacional fue una decisión completamente irracional, pero tal vez sea la única que he tornado en mi vida de la que no me arrepiento en absoluto -exponía Flores cuando se dejaba llevar por la ira y cargaba con acritud contra el quehacer de ciertos periodistas-. Cuando estás en un sitio con un montón de reporteros a tu lado que están mirando lo mismo que tu, y luego te das cuenta de que lo que han escrito no tiene nada que ver con la realidad… ¡Mejor dejarlo!»

Flores poco antes de ser acribillado en un hotel de Bolivia.

Flores, como tantos otros, se había familiarizado con la saña, como me confesó en una ocasión.

«Yo no podría matar a nadie con un cuchillo viéndole la cara. Pero en combate es distinto.

Es difícil de explicar, pero cuando trepas a lo alto de un árbol con un fusil de mira telescópica, observas una posición enemiga, divisas a un chetnik, kalashnikov al hombro y en bicicleta, le das, ves como cae y escuchas los berridos de euforia de tus compañeros te sientes bien. Es una sensación distinta a la de un asesino.»

No podía acabar bien y no lo hizo. Casi veinte años después de esa confidencia, exactamente el 16 de abril de 2009, la policía boliviana mató a Rózsa-Flores durante una redada en el hotel Las Américas de Santa Cruz.

El cadáver de Rózsa-Flores en la morgue boliviana.

Dos personas más, el húngaro Árpád Magyarosi y un ciudadano irlandés, Michael Martin Dwyer, también fueron acribilladas a balazos.

Otros dos, Mario Tadic, croata y Előd Tóásó, húngaro, fueron arrestados. Las autoridades bolivianas dijeron que Rózsa-Flores era el líder de un grupo terrorista que pretendía asesinar al presidente Evo Morales, al que los conjurados acusaban de vulnerar los derechos humanos de la gente común y corriente.

Los periodistas fiables sostienen que es una insensatez llevar cualquier tipo de arma, aunque sea con el modesto propósito de evitar ser desplumado por los maleantes, pero en todas las guerras hay corresponsales que terminan confiando únicamente en su capacidad de autodefensa.

El neozelandés Peter Arnett cargaba en Vietnam con una pistola automática. No fue el único ni el más ‘agresivo‘.

Charlie Black, enviado especial del Columbus Inquirer de Georgia y de quien se ha llegado a decir que fue para los marines en Indochina algo equivalente a lo que representó el pequeño Ernie Pyle para los ‘GI’ de las batallas del Pacífico contra los japoneses, no se paraba en barras.

Charlie, duro como el pedernal y brillante reportero, nunca negó que las tres muescas de su cinturón correspondían a otros tantos vietcong que se había llevado por delante:

«Si alguien viene a por mi, no soy de los que se quedan quietos.»

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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