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REPORTERO DE GUERRA: El morbo y los focos de interés (LXXX)

"¿Que se hubiera dicho de un Premio Pulitzer de fotografía ganado en Auschwitz?"

REPORTERO DE GUERRA: El morbo y los focos de interés (LXXX)
Un superviviente del Genocidio de Ruanda, con las cicatrices de los machetazos en su cabeza (1994). James Nachtwey

Debido al gran número de reporteros que se encontraban sobre el terreno en julio de 1994, dio la impresión de que el drama ruandés había sido perfectamente cubierto y difundido por los medios de comunicación.

En realidad, el programa de exterminio organizado por el poder ‘legal‘ en Ruanda, al que no debía sobrevivir opositor alguno, no se llegó a filmar ni a fotografiar. Al menos en vivo.

El inicio de las matanzas tuvo lugar el 6 de abril de 1994. Apenas una hora después de que fuese derribado el avión Falcon presidencial y falleciera el general Juvénal Habyarimana, las milicias hutus ya habían bloqueado la carretera que conduce al aeropuerto y ocupado la capital.

«En el barrio de Gikongo, en Kigali, en un solo día la calle se cubrió de cadáveres de tutsis sobre una extensión de un kilometro», escribe Rony Brauman, antiguo presidente de Médicos sin Fronteras, en ‘Devant le Mal: un genocide en direct’, su libro sobre la tragedia ruandesa.

Tutsis asesinados a machetazos en Kigali.

Por aquel entonces Ruanda todavía no era considerada un «tema» por los medios de comunicación.

Los únicos fotógrafos enviados expresamente a la zona fueron Patrick Robert, de la Agencia Sygma, y el extraordinario Luc Delahaye, de Magnum, quienes llegaron a la bella capital ruandesa el 9 de abril con un convoy de la Cruz Roja procedente de Bujumbura.

En el Hotel de las Mil Colinas estaban en aquel momento seis periodistas norteamericanos, pero sus redacciones les ordenaron regresar.

Patrick Robert, de la Agencia Sygma, y Luc Delahaye, de Magnum.

Menos de un año después, a finales de enero de 1995, cuando coincidimos en Grosny para cubrir la devastadora ofensiva del ejercito ruso contra los independentistas chechenos fieles al presidente Dudayev, Luc Delahaye me contó que la conversación entre los reporteros estadounidenses y sus jefes, donde se les explicaba la razón por la que eran retirados del terreno, contenía fragmentos como:

«too dangerous… not enough interest… deep Africa you know… middle of nowhere»: «demasiado peligroso… no despierta el suficiente interés… África profunda… en medio de la nada».

James Nachtwey.

La otra cara de la moneda norteamericana, la pusieron unas semanas más tarde fotógrafos como el veterano James Nachtwey, autor de algunas de las imágenes más impactantes del genocidio, incluida la del chaval con la cabeza marcada por las cicatrices de los machetazos, que ha quedado como el símbolo del horror que se vivió en Ruanda.

Nacido en Syracuse y criado en Massachusetts, licenciado en Historia del Arte y en Ciencias Políticas, Nachtwey es un tipo muy por encima de lo corriente.

James Nachtwey ayudando a un colega herido.

Desde 1976, que fue cuando comenzó a hacer fotos de verdad, se ha dedicado a documentar guerras, conflictos y situaciones sociales precarias, con una elegancia, maestría, profesionalidad y solidaridad que obligan a quitarse el sombrero.

Trabaja para la revista ‘Time‘ y tiene dos libros notables Deeds of War e Inferno.  Ambos sobre está profesión.

Víctimas de la matanza étnica en Ruanda.

El 16 de abril de 1994, cuando Fabián Ortiz, por aquel entonces delegado de la Agencia EFE en Sudáfrica, y yo llegamos por aire a Kigali, tan solo permanecían en la ciudad Patrick Robert, Luc Delahaye y tres redactores extranjeros.

Uno de ellos era Alfonso Armada, ahora en ‘ABC‘ pero por aquel entonces enviado especial de ‘El País‘.

Cadáveres de la matanza étnica en Ruanda.

Armada había entrado el día anterior en un helicóptero de nuestras Fuerzas Aéreas despachado desde Kenia para evacuar sacerdotes españoles.

Consiguió, apenas tocar tierra, fotografiar en primicia el resultado de una de las carnicerías y se atrincheró en la fantasmal terminal del aeropuerto, como hicimos nosotros.

Heridos en la matanza étnica en Ruanda.

En los días posteriores hubo quien pudo, asumiendo un enorme peligro, tomar imágenes de decenas de cadáveres abandonados en granjas, de tutsis de todas las edades masacrados a machetazos y mutilados, pero nadie llegó a presenciar una matanza en directo.

Los testimonios de las monjas y misioneros europeos -sobre todo de los españoles- eran espeluznantes, pero tardaron en conmover a la opinión pública.

Niños tutsis piden comida y clemencia.

Del 6 de abril al 15 de mayo, mientras se llevó a cabo de forma silenciosa y sistemática el genocidio -calculado por Bernard Kouchner entre doscientos mil y quinientos mil muertos-, Ruanda estuvo relegada casi siempre a las páginas interiores de los diarios.

Desde mediados de mayo de 1994 en adelante, coincidiendo con la «Operación Turquesa» y el aluvión de organizaciones internacionales, la cobertura se incrementó desaforadamente.

Los hutus huyen en desbandada ante el avance de la guerrilla tutsi.

No fue por tanto la guerra civil local -la masacre planificada de cientos de miles de tutsis y de opositores hutus- lo que inspiró a fotógrafos, redactores y camarógrafos, sino la liturgia humanitaria montada por los occidentales: refugiados, sacos de arroz, huérfanos, dispensarios y almas caritativas de piel blanca y mirada dulce en acción.

Escapaban los desventurados en todas direcciones y el punto culminante del éxodo se alcanzó entre el 14 y el 20 de julio en Zaire, adonde huyeron en cuestión de horas cerca de un millón de personas.

Armas decomisadas a los vencidos hutus de Ruanda.

El cólera, seguido de la disentería, junto con las oportunidades visuales que ofrece el desplazamiento masivo de población y una concentración incontrolable de desesperados fueron el verdadero detonante de la expedición de los medios de comunicación.

Fue como un imán.

Heridos en el genocidio de Ruanda, agonizan sobre el suelo.

Aprovechando los recursos de la logística militar y humanitaria, todos los cazadores de imágenes del planeta, del más inhibido al más decidido, desde los más sensibles hasta los más cínicos, acudieron precipitadamente al lugar.

«Los hoteles, los campings y el aeropuerto estaban abarrotados de fotógrafos y equipos de televisión -recuerda Javier Espinosa, que residía en Sudáfrica y fue el reportero enviado por El Mundo-. En Goma había cadáveres y moribundos por lodos lados y una densidad de periodistas similar a la que solo se da en los grandes acontecimientos

Hutus que intentan retornar del Congo a Ruanda.

El triángulo alrededor de Goma, una ciudad de la República Democrática del Congo situada al oeste del Gran Valle del Rift, en la frontera con Ruanda, que la ONU calificó de «zona humanitaria segura», se convirtió en lo que los fotógrafos encallecidos denominan «hipermercado de imágenes impactantes»:

«Masas anónimas avanzando en medio del polvo, bellos cuerpos enfermos, grandes ojos suplicantes, niños enganchados a la teta vacía de su madre, peleas en la distribución de alimentos y blancos buenos, robustos y de mirada clara dispuestos a ayudar, sin preocuparse por la aspereza del terreno o la hostilidad del entorno».

El éxodo hutu, tras perder la guerra en Ruanda.

Edgard Roskis, que falleció en 2003 y por tanto no pudo ser testigo del vodevil mediático de Goma pero escribió mucho sobre periodistas y medios de comunicación, subraya en un texto publicado por Le Monde Diplomatique que esos «moribundos chocantes» no nos quitan el sueño ni impiden que ganen premios los que los retratan.

«¿Qué se hubiera dicho de un Pulitzer ganado en Auschwitz? ¿Es acaso un sacrilegio hacer semejante comparación?»

Una mujer hutu, agotada, se tumba sobre la carretera.

No es un sacrilegio formular esa pregunta, pero plantear así el baño de sangre ruandés supone culpabilizar al mensajero y obviar la raíz del problema.

Los periodistas llegaron a Ruanda tarde y al rebufo de la campaña humanitaria, pero su presencia temprana no hubiera podido atemperar la carnicería ni exime un ápice a los verdaderos responsables: los dirigentes negros locales.

Herida por la metralla, junto a su perro muerto.

Esta profesión da de todo. Provoca cierto desasosiego recordar que el fascista Benito Mussolini fue editor de ‘Il Popolo d’ltalia’ y se destacó como cronista antes de marchar sobre Roma en 1922 al frente de sus «camisas negras».

Adolf Hitler, que también era un pájaro de cuenta, publicaba un periódico llamado ‘Voelkischer Beobachter’, en español: ‘El Observador Popular‘, que fue el diario oficial del Partido Nacionalsocialista Alemán de los Trabajadores (NSDAP) desde 1920 hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, en 1945.

En la lista de periodistas «ilustres» hay que incluir desde Lenin hasta uno de los ayudantes de Abimael Guzmán -el tenebroso «camarada Gonzalo» jefe de los salvajes de Sendero Luminoso ahora enjaulado en Perú-, pasando por algún miembro de la camarilla del fatídico Pol Pot, líder de los fanáticos khmeres rojos camboyanos.

El fanático Abimael Guzmán, alias Camarada Gonzalo de ‘Sendero Luminoso’.

Con todo, teniendo que cargar con semejantes ‘colegas‘ y a pesar de la creciente cuota de impopularidad que recae sobre la profesión, de lo que no cabe duda es que los reporteros no se cuentan entre los responsables de las desventuras mundiales.

Y a nuestro favor es imprescindible subrayar que se paga a menudo un alto precio por ejercer el Periodismo, con mayúscula, porque ya no hay lugar seguro en el Planeta.

Lo expresa de una forma muy peculiar uno de los más notables caricaturistas del semanario satírico Charlie Hebdo, Laurent Sourisseau, alias ‘Riss’:

«Casi nunca enviamos periodistas a zonas de guerra (…) El 7 de enero de 2015 fue la guerra la que vino a nosotros».

Un terrorista islámico asesina en el suelo a un gendarme francés.

El 2014 dos tercios de los reporteros asesinados en el mundo estaban en zonas de conflicto, según Reporteros Sin Fronteras.

La proporción se invirtió en 2015: dos tercios de las víctimas (64%) trabajaban en países que no están oficialmente en guerra, como Francia, India, México y Filipinas.

Y esa tasa enorme en sangre, vertida de forma indiscriminada, nos cae encima justo cuando la profesión está en una encrucijada diabólica y comienza a asentarse la idea, entre los gerentes y jefes de personal de las empresas periodísticas, de que el enviado especial, el reportero de guerra, el tipo audaz que viaja para asistir en directo a la tragedia y contarla en primera persona a los lectores, cuesta un potosi y es prescindible.

Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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