La historia, los secretos, los vicios y las virtudes de los corresponsales

REPORTERO DE GUERRA: En Tierra Hostil (LXXIX)

Es sintomático que baste poner una pistola en la mano de un hombre para que empiece a sentirse más grande

REPORTERO DE GUERRA: En Tierra Hostil (LXXIX)

Aunque muchos corresponsales vemos nuestro papel en términos poco complicados y damos por supuesto que vas a los sitios a informar y que carece de sentido ponerse a divagar sobre si es bueno o malo, correcto o incorrecto, bastantes tienen serios problemas de conciencia y agonizan en el pantano de la ética, preguntándose si es legitimo o moral cubrir una guerra.

Entre este sector, una de las reacciones más frecuentes consiste en denigrar al orbe capitalista y responsabilizarlo de todos los males que afligen al Tercer Mundo.

Algo de culpa del desastre universal tienen los países ricos pero, como proclamaba a cada paso en 1985 el entonces reportero de Interviú Pedro Arnuero cuando languidecíamos en la depauperada Malabo esperando que nos recibiera el dictador guineano Obiang N’Guema:

«No se puede olvidar que la denominada civilización occidental, tal como se practica en casi toda Europa, en buena parte de América y en algunos rincones de Asia, es bastante mejor que lo que se estila en el resto del planeta»

Combate en el Cáucaso.

La cruda realidad es que nuestra «civilización» no solo ofrece un buena vida, su pizca de libertad y bastante justicia, sino que además es la única en la que la gente corriente puede esperar algo.

La guerra es una experiencia terrible, pero la opinión dominante entre los miembros de la «tribu» es que hay momentos que compensan de todo el horror y las dudas.

El mítico Ernest Hemingway decía que el peligro es un afrodisíaco. Es innegable que el riesgo hace segregar chorros de adrenalina y, una vez superado, va seguido de una inconmensurable satisfacción.

Un padre sujeta el cadáver de si hijo muerto en un intercambio de disparos.

Además de eso esta el pérfido embrujo ligado a la guerra. Es sintomático que baste poner una pistola en la mano de un hombre para que empiece a sentirse mas grande y fuerte.

La fascinación por la violencia y la muerte entra en conflicto con la aversión que cualquier persona normal siente por asomarse desvergonzadamente al sufrimiento ajeno, pero resulta innegable que los verdaderos reporteros se sienten brutalmente atraídos por lo que hacen.

El periodista español David Beriain.

Como ha comentado en alguna ocasión David Beriain, uno de los reporteros españoles que viene empujando y que me hizo sentirme viejo en la localicad iraquí de Diwaniya, en 2004, cuando yo retornaba a la placidez de mi hotel en Bagdad y vi que él optaba por quedarse a dormir en una infecta pensión local, con mosquitos como pollos y cucarachas tamaño motocicleta, para estar a la mañana siguiente más cerca de la acción, nadie mejor que el que se acerca rutinariamente a los infortunados sabe que la pobreza solo resulta pintoresca desde dentro de un coche climatizado y que ver a los hombres matarse es un espanto.

Pero ésta es un profesión vocacional, que sólo ejerces si te sientes dotado para ello y te gusta hacerlo.

Alfonso Rojo en los combates de Grozny, capital de Chechenia.

A diferencia de la participación directa en los combates o de la caza mayor, el reporterismo de guerra es la única actividad que resta en la que se puede flirtear con el diablo, prosperar en medio del dolor y cortejar a la muerte con total aprobación social.

Cuando se adquiere veteranía, lo que no está necesariamente relacionado con la edad sino con la experiencia, se establece con ciertos colegas -como decía la premio Pulitzer Marguerite Higgins– esa camaradería de vestuario que solo tiene parangón en el ejército, en el cuerpo de bomberos o entre los marineros.

En esas memorables ocasiones en que se coincide para cenar, bromear y perder el tiempo, la charla es mucho menos una conversación que un concurso: una serie de monólogos sucesivos cuyo objeto es dejar patente quien ha visto las escenas más horrorosas o asumido los mayores riesgos.

Asesinato a bayonetazos de civiles en Blangladesh.

Aunque suene muy fuerte, para los corresponsales la guerra un infierno pero bastante divertido. El reportero vive en un mundo donde los hombres y algunas mujeres porque las hay de armas tomar, actúan, y el genuino corresponsal no suele pertenecer a esa especie que continuamente somete su psique al microscopio, se obsesiona con su estado emocional y se preocupa con el mínimo latido irregular de su corazón.

Hay cierto paralelismo con los mercenarios, pero no con todos los soldados. Prueba de ello es el resentimiento que los militares suelen profesar a los periodistas.

Marines en combate, en Oriente Medio.

Ven morir a sus compañeros, observan la llegada de los «buitres de la prensa» y llegan al convencimiento de que los de las cámaras y las libretas capitalizan su sufrimiento.

A medida que se alargan las guerras y a la gente se le pudre el alma, los reporteros caen menos simpáticos.

Muertos en las calles de Grozny, bajo el bombardeo ruso.

Desde Vietnam, el medio más entrometido y menos respetuoso con el mal ajeno es la televisión. Las exigencias del público y las batallas por la audiencia han hecho que ya no baste enseñar muertos; ahora es imprescindible mostrar gente muriendo, y los productores de las grandes cadenas hacen todo para conseguirlo.

En Belfast, de 1968 a 1998 -periódo que los británicos denominan ‘The Troubles’– hubo equipos de televisión que repartían monedas entre los chavales católicos de Falls Road para animarlos a apedrear a los soldados británicos, y en Beirut o Bangladesh han ejecutado a infelices estimulados por la presencia de las cámaras.

Terrorista del IRA en Belfast.

El 3 de octubre de 1990 el liberiano Prince Johnson invitó a su despacho a Mark Huband, corresponsal del Guardian, y a otros periodistas occidentales para deleitarlos con el vídeo de la ejecución del presidente Samuel Doe.

El psicópata hizo poner sillas, sirvió latas de cerveza Budweiser y fue comentando las escenas en las que se veía a Doe en calzoncillos, con las manos atadas a la espalda, escuchando aterrorizado como Prince ordenaba a sus hombres que le rebanaran las orejas.

Tortura y muerte del liberiano Samuel Doe.

Consumada la mutilación, se oía decir:

«Ahora te estamos preguntando de forma educada: ¿que hiciste con el dinero del pueblo liberiano?»

Doe respondió que poseía una cuenta con quinientos dólares. Huband escribió en el Guardian que el corrupto ex presidente liberiano estuvo aullando toda la noche y murió desangrado pasadas las tres y media de la madrugada.

Hay quien sostiene que la posibilidad de contemplar desde la sala de estar familiar secuencias de horror crea en el público un rechazo visceral a la guerra.

Periodista herido en combate en Oriente Próximo.

El ejemplo típico al que se recurre es la resistencia a la Guerra de Vietnam en Estados Unidos, estimulada aparentemente por las espantosas imágenes que pasaban a diario los noticieros de las cadenas de televisión.

Las encuestas indican algo muy diferente: la visión reiterada de escenas brutales conduce al público a aceptar la violencia como algo natural.

El tamaño de la pantalla, así como la edición del material, que obliga a comprimir en tres minutos media hora de filmación, sumado a la necesidad de embutir los documentales entre culebrones y espacios publicitarios, quita realismo a las batallas.

A ese falseamiento contribuye el hecho de que los combatientes tiendan a actuar en cuanto atisban una cámara y que se asista al drama sentado cómodamente en un sillón y masticando patatas fritas o cacahuetes.

Captura de un dirigente del Vietcong.

Cuando la NBC lanzó al aire la famosa secuencia en que se ve al general Nguyen Ngoc Loan pegar un tiro a la cabeza a un cuadro dirigente del Vietcong capturado prisionero, adoptó la prudente medida de dejar en negro la pantalla durante los tres segundos posteriores a la ejecución, para no contaminar la publicidad contratada a continuación.

El general Nguyen Ngoc Loan pega un tiro a la cabeza a un dirigente del Vietcong capturado prisionero.

No es mucho lo que puede hacer un corresponsal de televisión frente a eso, porque se trata de algo inherente al medio y su proclividad a la superficialidad.

Un preocupante ejemplo podría ser lo que ocurrió con la Guerra de Bosnia en 1994, cuando la opinión publica dejó de preocuparse por el conflicto, harta de ver masacres en mercados, macilentos prisioneros en campos de concentración y niños acribillados.

El general Nguyen Ngoc Loan s eguarda la pistola, tras pegar un tiro a la cabeza a un cuadro dirigente del Vietcong capturado prisionero

Otro caso, también llamativo, es la forma en que fueron acogidas las imágenes de la Guerra del Golfo que transmitió la CNN las primeras noches de ataque aéreo. En lugar de observar lo que ocurría como uno de los bombardeos mas masivos y certeros de la historia de la humanidad, la gente tendió a reaccionar ante la avalancha de rayos verdes, fogonazos y estallidos como lo hubiera hecho después de introducir una moneda de veinte duros en la máquina de «marcianitos» del bar de la esquina: con simple curiosidad.

Cuarenta años de declaraciones rimbombantes sobre el Holocausto no sirvieron para evitar la carnicería yugoslava.

Suponíamos habernos vacunado en la Segunda Guerra Mundial contra la barbarie y descubrimos de repente que, al borde del siglo XXI y en un país relativamente próspero, gentes de raza blanca y educación esmerada eran capaces de recrear el espanto de los campos nazis, de ametrallar autobuses atestados de niños y desatar una «orgia étnica».

Combate en Grozny, capital de Chechenia.

El que el hombre -no solo el amarillo, el negro o el mestizo- puede ser un lobo para el hombre y una hiena para las mujeres, los niños y los ancianos indefensos, no es el único pecado puesto en evidencia por la tragedia yugoslava.

Desde la Conferencia de Múnich de 1938, cuando Arthur Neville ChamberlainÉdouard Daladier entregaron a Hitler los Sudetes checoslovacos, las potencias democráticas no habían sufrido un revés tan devastador y humillante.

Churchill y Roosevelt con Stalin, en la Conferencia de Yalta.

Cuando Churchill y Roosevelt se resignaron en la Conferencia de Yalta al dominio de Stalin sobre Europa del Este, su claudicación fue el mero reconocimiento de una hegemonía regional soviética que ya no estaban en condiciones de alterar.

El fracaso de Estados Unidos y sus aliados en 1961 al no impedir la construcción del Muro de Berlín, o su pasividad frente a la invasión de Hungría en 1956 o ante la ocupación de Checoslovaquia en 1968, fueron la desabrida consecuencia de las leyes de la Guerra Fría: intervenir militarmente para detener al Ejercito Rojo implicaba el riesgo de desembocar en un apocalipsis nuclear.

El fotógrafo ruso Igor Mihalev.

El caso de la antigua Yugoslavia ha sido muy distinto. Desde que se inició la crisis en 1990, los occidentales mantuvieron una apariencia de unidad, coincidieron en las condenas verbales y en las recomendaciones piadosas a los beligerantes, pero no fueron capaces de adoptar una resolución susceptible de detener la carnicería en un lugar tan cercano que se puede ir en coche desde Barcelona y que fue cristianizado diez siglos antes de que Cristóbal Colón llegara a América.

No por falta de carros blindados, aviones, barcos, artillería o soldados entrenados para acallar a los contendientes, sino de valor y voluntad.

A la vista de infortunios así uno, que siempre ha sospechado de las emociones suaves y ha tratado de no perder el autodominio, ha de poner mucho empeño para no hundirse en la melancolía.

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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