La historia, los secretos, los vicios y las virtudes de los corresponsales

REPORTERO DE GUERRA: Al borde del abismo (y… LXXXI)

Y siempre hará falta, dentro de la atribulada nación de los periodistas, una 'tribu' de guerreros

REPORTERO DE GUERRA: Al borde del abismo (y... LXXXI)
Periodismo, política y manipulación. PD

No hace mucho, para ser exacto hasta finales de 2004, yo era un periodista realmente privilegiado.

Para empezar, pasaba los días en países distantes y peligrosos, con nombres como Chechenia, Irak o Afganistán, cubriendo guerras y desastres ocasionados por el ser humano y a menudo contemplaba de cerca esas escenas que sólo se ven en el cine y en películas de Steven Spielberg.

A primera hora de la tarde de algunos viernes, en el Kabul de los talibanes, bajaba al destartalado estadio de fútbol a observar con ojos espantados como cortaban manos a los ladrones o como la viuda del asesinado ejecutaba personalmente al homicida de su marido, pero todos los meses -con regularidad de metrónomo- me ingresaban en la cuenta del banco, en Madrid, un espléndido sueldo.

Y tres veces al año, justo a finales de julio, antes de Navidades y en febrero, me caía como una bendición una paga extraordinaria.

Tenía también vacaciones: en verano, Navidades y Semana Santa, que rara vez disfrutaba en familia, porque en aquella época lo que primaba era el periodismo y me echaba el petate al hombro y salía corriendo en cuanto saltaba la noticia.

Además de todo eso y por mi condición de fundador del diario ‘El Mundo’, mi cargo de adjunto al director y mi actividad como audaz enviado especial, solía ingresar en forma de talón un ‘bonus‘ anual.

Entierro de un niño palestino en la Franja de Gaza.

Nunca me puse enfermo. Aunque en una ocasión resulté herido en Sarajevo, en otra salté de un camión donde me llevaban amarrado y al menos un par de veces fui a parar con mis huesos en la cárcel por meterme donde no me llamaban, no recuerdo haber estado de baja ni un solo día en casi tres décadas como corresponsal audaz.

Pero si lo hubiera estado, si me hubiera fallado el físico, abrasado por la fiebre o por algo más serio que una mala gripe o una paralizante indigestión, el Servicio Médico de la Asociación de la Prensa de Madrid -vinculado al Sistema Nacional de Salud- se hubiera hecho cargo de este cuerpo serrano y habría seguido cobrando regularmente mi copioso estipendio sin angustias, sobresaltos o contratiempos.

Represión y tortura.

A lo largo de mi vida he estado en muchas situaciones de peligro. Y mentiría si no confesara que en ocasiones he pasado un miedo atroz.

Cada vez que había que atravesar las líneas serbias para entrar en Sarajevo cruzando el aeropuerto; en Grozny cuando los artilleros rusos machacaban inmisericordemente con su artillería a los chechenos; en Ruanda durante las matanzas tribales o en Bagdad, cuando los terroristas islámicos comenzaron a secuestrar occidentales y a cortarles el pescuezo mientras grababan le escena en vídeo, he sentido temor, pero la convicción de que todo se había acabado, de que había llegado al final de mis días e iba a morir, sólo ha embargado mi corazón una vez en tres décadas de reportero.

Funeral en Chechenia.

Como ya he contado, en uno de los primeros capítulos de este largo relato, fue en 1979, en Nicaragua.

¿Y qué te pasa en ese momento por la cabeza? ¿En qué piensa un ser humano en esa tesitura?

Pues aunque a alguno le extrañe, juro que no me acordé de que no estaba asegurado.

Creo que desde la muerte de Julio Fuentes en Afganistán y las de José Couso y Julio Anguita en Bagdad, las cosas ya no son así, pero antes -porque elevada demasiado los costes- los reporteros españoles íbamos sin seguro de vida a las guerras. Sin seguro de vida y sin seguro de nada.

La niña que agonizó en Colombia, ante las cámaras de televisión.

Yo, por mi cargo y como el resto del staff del periódico, siempre gocé de un seguro fastuoso que hubiera hecho las delicias de mis herederos caso de estamparme contra un árbol o caerme de la moto, bajando desde mi casa a la redacción por la Cuesta de las Perdices, pero si me degollaban los moros, me cocían a fuego lento los zulúes o me hacía fosfatina la metralla rusa, nada de nada.

Ahora, echando la vista atrás y pensando en las tres décadas que estuve dando tumbos por el planeta primero como freelance y después para ‘Diario 16‘ y finalmente para ‘El Mundo’, no puedo imaginar una vida más divertida, palpitante y hasta rejuvenecedora que la que disfrutaba.

Una madre con su hijo muerto.

Todo me iba de cine, pero de repente, en el verano de 2004, a la vuelta de una larga estancia en Irak, noté que algo raro pasaba en mi periódico.

Fue unos meses después de los atentados islamistas del 11-M, cuando ya estaba el socialista José Luis Rodríguez Zapatero en La Moncloa.

Antonio Fernández-Galiano, que entonces era Consejero Delegado y desde 2011 es presidente de Unidad Editorial, me dejó caer que a ‘la dirección‘ no le parecería mal que cambiara de aires. Añadió, para animarme, que seguro me llovían las ofertas.

Miliciano musulmán herido en combate.

La realidad es que mi relación con Pedrojota, de quien nunca fui amigo de verdad, porque es un personaje inmune a sentimientos de esa naturaleza, pero con quien sintonizaba profesionalmente de maravilla y al que había acompañado en la fundación de ‘El Mundo’ incluso como pequeño accionista, se había deteriorado por motivos personales y un reportero de postín poco puede hacer, sin contar con la confianza plena y el apoyo entusiasta de su director. Así que comencé a preparar la emigración…

Debo confesar que me daba vértigo, entre otras razones porque alternativas con sueldo fijo había pocas y malas, pero no quedaba otro remedio, así que negocie la salida y tras varios meses, durante los que le eché más cara que espalda y el periódico no me encargó labor alguna, firmamos el finiquito.

La entrada de los ‘falangistas’ en un campo palestino de Líbano.

No voy a decir que quedamos tan amigos, porque cuando sales de un trabajo siempre tienes la sensación de que has dejado tu vida allí y ellos, la empresa, queda convencida de que te ha pagado por tus servicios, esfuerzos y sudores mucho más de lo que merecían, pero zanjamos civilizadamente el asunto y con una más que respetable cantidad de dinero por medio.

Podía haber invertido aquel ‘pastón‘ en un piso o en un apartamento en la playa, que es lo que seguía haciendo la gente aunque se perfilaba ya el fin del ‘boom‘ del ladrillo, pero no lo hice.

Podía haberlo metido en la Bolsa, en bonos del Tesoro o a plazo fijo, pero no. En lugar de eso, monté una empresa y cree puestos de trabajo.

La empresa, por pura lógica, está en el sector de medios de comunicación, se llama Periodista Digital y es un periódico en Internet.

alfonsorojo

El periodista Alfonso Rojo.

Fue una decisión arriesgada, porque así como creo que Dios me ha dado mucho talento para el periodismo, estoy convencido de que no me ha llamado para el mundo de los negocios, pero respondía a la lógica.

Por variadas razones: Siempre he sido periodista, tengo una larga y profunda experiencia en el sector y la seducción de la tecnología es difícil de resistir.

En la era de la información instantánea, los beneficios de un periódico online sobre el tradicional periódico en papel son evidentes. Parecía y todavía parece evidente que el camino del éxito pasa por Internet.

Compramos un local precioso cerca de la madrileña Plaza de Castilla, instalamos tecnología punta, desarrollamos nuestro propio editor de contenidos, y sin arrastrar ciertos vicios del periodismo tradicional, saltando por encima de conceptos como la división en secciones o el afán generalista, pusimos en marcha una redacción que funciona sin secretarias, telefonistas, porteros, recepcionistas, mensajeros o conserjes.

Asesinato del primer ministro, en directo.

También sin almuerzos de trabajo, dietas, móviles de empresa, taxis o puentes.

Un equipo de unas 20 personas que nos ha permitido colocar a Periodista Digital entre las Web de información en castellano más leídas de España.

Y a pesar de todo, del tráfico que tenemos -que supera los tres millones de usuarios únicos al mes-, de que no arrastramos deudas con los bancos, que no estamos gravados por costosas licencias, ni tenemos una plantilla envejecida y cara, estamos como se describe en el título de esta última entrega del serial «al borde del abismo».

Menos al borde que otros, con mucho más nombre, tamaño e historia. No me apetece cerrar este larguísimo relato sobre los reporteros de guerra y sus secretos, subrayando los pecados de otros, porque todo es muy volátil.

Combate entre milicias en Africa.

De la misma manera que Pedrojota, después de recolectar 16 millones de euros, no ha sido capaz todavía de hacer despegar o convertir en relevante a ‘El Español’, hay casos de éxito tan espectacular como el de José Antonio Sánchez ‘Totoyo’ con ‘El Confidencial’. Y muchos por el medio, casi tantos como los que se han quedado en el camino.

Pues estando como está Periodista Digital entre los mejores y más influyentes, sobrevivimos en el alambre. En lo que a economía se refiere, el nuestro no es un caso aislado.

El periodismo, como negocio y como actividad, anda sumido en un ‘cataclismo‘ de cuidado. Utilizo la palabra ‘cataclismo y no ‘problema‘ con toda intención. Y por una razón: los problemas tienen soluciones, los ‘cataclismos’ tienen consecuencias.

Un problema, por ejemplo, es que se te pinche una rueda del coche el día que sales de vacaciones con tu familia.

Allende sale de La Moneda, en Chile.

Lo solucionas poniendo tu mismo la de repuesto, llamando al servicio de ayuda en carretera para que lo haga o parcheando el neumático en una gasolinera, con lo que retornas a la situación original y sigues viaje. Puede que manchado de grasa, con cierto retraso y malhumorado, pero sigues ruta.

Un ‘cataclismo‘, por ejemplo, es envejecer. Puedes encontrar una respuesta o asumirlo con dignidad, puedes dedicarte al golf, irte de cruceros o hartarte de Viagra, pero nunca solucionarlo y volver a la situación original.

Uno de los errores que se están cometiendo ahora con respecto a los medios de comunicación es ver lo que ocurre como una crisis, cuando es un ‘cataclismo’ y de órdago.

¿Qué ha pasado? ¿Dónde se ha ido el dinero que antes afluía a raudales y permitía tener corresponsales por medio mundo y despachar reporteros a todos los conflictos? ¿Nos recobraremos?

Tanques del Ejército Chino en la Plaza de Tianamen.

En mi opinión, nuestro drama no se soluciona reparando unas cuantas cosas y volviendo al estado anterior.

Una diabólica convergencia de factores hacen literalmente imposible la supervivencia de las empresas periodísticas tal como han existido hasta ahora.

Para empezar, los periodistas y los medios de comunicación tenemos mucho menos control sobre la comunicación que nunca antes en la Historia.

Hasta la llegada de Internet el coste de recabar información, jerarquizarla y distribuirla limitaba el número de operadores. La escasez de noticias elevaba el valor de estas y la dificultad para transmitirlas restringía el número de emisores.

En un mundo de escasez informativa, el periodista aportaba valor por tres razones:

  1. Tenía acceso privilegiado a las fuentes.
  2. Contaba los hechos con talento literario o por lo menos con interés.
  3. Controlaba la distribución de las noticias.

Ya no. Para empezar, vivimos en un planeta inundado de información, en el que partidos políticos, empresas, personalidades, científicos y hasta famosillos han descubierto que pueden llegar directamente al público sin necesidad de utilizar como intermediario al periodista.

Un prisionero iraquí, con su hijo.

Con la ayuda de una tecnología, cada día más barata y sencilla de manejar, cualquiera, con dos dedos de frente y un mínimo sentido gramatical, puede recabar información, jerarquizarla y transmitirla de forma efectiva a grandes masas de público, sin necesidad de tener detrás una empresa periodística.

A eso se suma que la gente lee cada día de forma más superficial, soporta peor textos que superen en extensión el tiempo que un ciudadano sano pasa sentado en el cuarto de baño, se nutre esencialmente de titulares y tiene delante una oferta tan variada y enorme, que no va a pagar por lo que puede obtener gratis y moviendo sólo un dedo. El periodista no decide ya lo que es publicable y lo que no.

Lo mismo pasa con las empresas, cuyo papel como guardabarreras de la información se ha erosionado tanto, que apenas se nota.

Antes, en una ciudad como La Coruña, lo que no salía en La Voz de Galicia no existía. Daba igual que te casases o fallecieras.

Un marine atiende a una niña iraquí.

Si la reseña o la esquela no aparecía en ecos de sociedad o en obituarios, la mayor parte de la vecindad no se enteraba. O tardaba tanto en hacerlo, que ni se inmutaba con la noticia.

Ahora, un listo con un ordenador y una conexión 4G, puede poner patas arriba a un presidente, como le hizo el impulsor del Drudge Report a Bill Clinton a cuenta de la becaria Mónica Lewinsky.

No es oro todo lo que reluce, como subraya con malicia Arturo Pérez Reverte:

«Una característica de Internet es que ahí todos corremos el riesgo de opinar, basándonos en frases leídas al azar, fuera de contexto, o en mensajes mil veces rebotados y que se deforman y desnaturalizan por el camino, sobre cuanto la amistad, el entusiasmo, el rencor, la ideología, la simple estupidez, hacen decir a unos tras leer de otros lo que, a su vez, éstos aseguran que alguien dijo. Luego, ese despelote salta a ciertos medios informativos siempre ávidos de titulares, de etiquetas fáciles y de agua a su molino; notoriamente, en esta triste, cobarde y demagógica España, donde tantos paniaguados rascatertulias a sueldo de sus amos, de ésos que nunca pierden ningún tren porque corren delante de cualquier locomotora, se ganan el jornal. De tal modo, una maraña de información insustancial, hecha de comentarios inexactos, cuando no falsos o malintencionados, acaba suplantando el hecho real y los argumentos originales. Y al cabo es lo que queda».

Ejecución por horca en Irán.

Yo añadiría al sombrío panorama que pinta Pérez-Reverte que la mayoría de los contenidos que se intercambian en la Red son pornográficos.

Y para colmo de males, se ha volatilizado la publicidad, sin cuyos ingresos las empresas periodísticas no pueden subsistir.

Los anuncios no son algo que necesite ineludiblemente ir pegado a las noticias. Van o quieren ir donde hay audiencia.

Y un Gran Hermano televisivo o una bronca entre dos flamencas genera mucho más audiencia que el más acerado editorial de ‘El País’. Y la cadena de marras puede pagar a sus chillones colaboradores mucho mejor que el diario del Grupo PRISA a sus sesudos analistas o a sus arriesgados reporteros.

Marines en combate en el desierto.

El drama, lo que convierte a esto en un ‘cataclismo‘ y no en un problema, es que no es un contratiempo temporal.

Inditex, el paradigma mundial del éxito comercial, funciona y triunfa sin que Amancio Ortega se gaste un euro en publicidad. Invierte todo lo que otros meten en promoción, en adquirir locales con carga simbólica, estratégicamente situados, y hace así sus propias campañas de imagen. No me extrañaría que cunda el ejemplo.

Llegados a este punto la pregunta es evidente: ¿Qué hacer?

En lo que a mi respecta, se ha acabado para siempre la posibilidad de encaramarse a un avión y salir pitando hacia la guerra, porque es un actividad enormemente cara y están extinguiéndose a toda prisa los medios dispuestos a pagarla.

Con respecto a Periodista Digital, es ahí, en el periodismo online, donde me juego el honor, el prestigio profesional, la salud y hasta las pestañas, pues… cuerpo a tierra, barriga al suelo y apretar el culo con la esperanza de que la economía tenga un respiro, se revitalice un poco el consumo y las empresas decidan gastar algo en marketing.

Con esos mimbres tan bien entrelazados y siendo como somos austeros como monjes, mantendremos los 25 puestos de trabajo, tenemos garantizada la supervivencia en 2019 y la esperanza fundada de dar un nuevo salto adelante.

 

Habrá alguno, sobre todo entre los ‘grandes‘, que busque consuelo financiero en el BOE y chalanee para pillar subvención oficial -con la excusa de que está en juego el interés general- lo que aliviará temporalmente sus dolencias, pero no evitará el fatal desenlace.

Nosotros no nos apuntamos a eso, ni vamos a entrar en ese terreno pantanoso.

Los periodistas tendemos a ver nuestro trabajo en términos morales, casi como algo sagrado.

Julio Fuentes y Alfonso Rojo en la guerra de Bosnia.

Con más arrogancia que sentido común, damos por supuesto que nuestra labor enriquece la democracia, porque en teoría llevamos alivio al afligido y controlamos los excesos del poder, y que esa actividad no tiene que estar sujeta a las exigencias de un negocio normal.

Sobre lo que no reflexionamos nunca es si lo que hacemos aporta realmente valor y cómo se pagan las facturas. Aunque he soltado ocasionalmente que el negocio periodístico va camino de convertirse en una mezcla entre la orden mendicante y el asaltante de caminos, creo que algo digno se puede hacer.

Nos tenemos que ir preparando -algunos lo estamos haciendo ya- para una nueva era. Como sostiene el filósofo y escritor Rüdiger Safranski, la revolución digital ha cambiado las bases de la vida entera y por lógica ha modificado las del Periodismo.

La primera de las novedades que ha traído es la instantaneidad en la transmisión de la información. La publicación instantánea y la constante actualización alteran las rutinas y los ritmos a las que están acostumbrados los diarios, las radios y las cadenas de televisión.

La segunda novedad es que no hay limitación de espacio. En un medio editado en Internet cabe prácticamente todo lo que queramos meter y sin alterar los costes de producción ni preocuparnos por el precio del papel.

Hasta el momento, en España, los medios tradicionales, usando sus cabeceras como reclamo, han conseguido mantener la preeminencia y siguen siendo las más leídas, especialmente cuando sucede algo de gran importancia mediática, como unas elecciones, una catástrofe o un torbellino financiero.

Las empresas que están detrás de ‘El País’, ‘El Mundo’ o ‘ABC’ han optado por ‘volcar‘ a la red sus versiones impresas, ofrecen ‘servicios‘ que no podían dar en el soporte papel y por el momento conservan el liderazgo informativo.

Es difícil saber cuánto tiempo tardaremos los medios que carecemos de edición en papel de igualar o superar a los tradicionales. Lo que tengo meridianamente claro es que no somos profesionalmente diferentes.

En pleno combate, bajo el fuego.

Es una frivolidad hablar, despectivamente a menudo, de periodismo digital y periodistas digitales. Hay Periodismo y Periodistas.

Debemos tener muy claro que «periodismo» o «periodista» son términos que definen una profesión, mientras que el término «digital» define un soporte.

Sólo hay un Periodismo, con mayúscula, y, por lo tanto, un Periodista, también con mayúscula. Olvidando algo tan elemental, corremos el riesgo de confundir medio o profesión con soporte.

Como miembro de una generación privilegiada, que vivió la etapa más dorada del Periodismo español, duele asistir a este espectáculo de confusión, miseria y retroceso.

Hace daño comprobar que desaparecen las corresponsalías y se elimina el presupuesto para reporteros y que parte de la culpa reside precisamente en Internet, que ha eliminado las distancias y hace que cualquiera, en todo punto del planeta, pueda ‘subir‘ la foto, el vídeo o la noticia, incluso antes de que tu hayas sido capaz de saber que vuelos de avión hay hacia esa zona.

Un pope ortodoxo y un soldado.

La frustración que eso genera en cualquiera que sueñe con ser reportero de guerra, es evidente. Salvando las distancias es algo así como si te pasas la vida soñando con ser ingeniero aeronáutico y el día que terminas la carrera se generaliza el teletransporte. Más o menos, lo mismo.

Dicho esto y sin confundir deseos con realidades, consciente de que a mi no me tocará otra vez la breva, quiero defender el periodismo como profesión y al reportero de guerra como la quintaesencia de este oficio.

La clave de esto, lo que distingue a los buenos de los otros, es saber comunicar. Para no perecer, el periodista sólo tiene que hacer lo que mejor sabe hacer: escoger los temas, seleccionar las fuentes, escribir, hablar, explicarse, analizar, corregir, filtrar y poner negro sobre blanco una historia.

Y siempre hará falta, dentro de la atribulada nación de los periodistas, una ‘tribu’ de guerreros. Unos tipos más aventados que el resto, con una pizca de sensibilidad, con algo de sentido común, con enorme curiosidad. Gente con afán de avenura, preocupada por otros seres humanos, con cierta vanidad y mucho talento, que vaya a los sitios, vea el horror y lo cuente. Son los reporteros de guerra.

FIN

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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