MOSCÚ SIN BRÚJULA

Las campanillas de los teletipos (II)

Las campanillas de los teletipos (II)
Alfonso Rojo con el fotógrafo ruso Igor Mihalev. EP

La de enviado especial es una profesión fascinante, en la que te pagan por hacer lo que te gusta, pero no está exenta de algunas frustraciones.

Una de ellas es que, a miles de kilómetros de distancia, en el bullicio de la redacción, piensen que las cosas son de un modo, cuando en realidad son de otro, y orienten a veces la información exactamente en sentido contrario al que uno pretende darle desde el lugar de los hechos.

Me ocurrió en Rumania, en las turbulentas Navidades de 1989, cuando enviaba desesperados télex insistiendo en que no encontraba los muertos por lado alguno -se hablaba de miles y alguno de los miembros del nuevo régimen llegó a cifrarlos en 60 000-y el periódico se sumó un par de días a la necrofilia general convencido de que la siniestra Securitate de Nicolás estaba sembrando de cadáveres los Cárpatos.

Nicolae Ceaucescu.

Casi me pasa durante la Guerra del Golfo, cuando en Bagdad era evidente que los abotargados soldados iraquíes no iban a plantear batalla.

Probablemente, como a todos los afortunados que nos dedicamos a esto, me volverá a ocurrir unas cuantas veces.

En cualquier caso, no es eso lo que más duele. Lo verdaderamente penoso es sudar un mes en pleno corazón de la noticia, comiendo porquerías, enviando lo que uno considera crónicas emocionantes, ajustados despachos y arriesgados reportajes, y que, al retornar a Madrid, nada más poner los pies en la casa familiar, la madre pregunte:

«¿Cómo vive realmente la gente allí?»

Alfonso Rojo en la Plaza Roja, durante el cambio de guardia en el Mausoleo de Lenin.

En agosto de 1990 embarqué hacia el Imperio Soviético «sin brújula», sin un rígido plan, decidido a enmendar errores pasados, a evitar centrarme excesivamente en la alta política, y con esa ingenua ventaja que da en ocasiones no conocer a fondo el país, ni ser un consumado especialista.

Hay periodistas, sobre todo los norteamericanos, que se mueven impulsados por el dinero y eligen cuidadosamente los escenarios, sopesando la evolución del mercado negro de divisas, el precio de los pisos, las posibilidades de promoción y otras zarandajas.

Los hay que se sienten atraídos por la especialización y voluntariamente escogen amarrarse decenas de años a una capital, donde recuerdan desde los nombres de pila de las primas de los ex ministros, a las dolencias cotidianas de los reumáticos conserjes.

Funcionan otros, cada vez menos, que deciden sus lugares de destino motivados por consideraciones ideológicas.

Ser periodista no es siempre un trabajo fácil.

Todavía sobreviven algunos palpitando cada vez que los «barbudos» anuncian una «ofensiva final» o fascinados por un líder carismático del Tercer Mundo.

Los hay también, como el cáustico Tony Horwitz, que tenían el hábito de seguir a su mujer.

En mi caso concreto, la oscura fuerza que decide mis movimientos profesionales solía ser el acuciante campanilleo de los «urgentes» en la máquina de teletipo.

El lunes 19 de agosto de 1991, todavía no había empezado la reunión de las diez de la mañana en el casi recién nacido diario ‘El Mundo, cuando Pepe Mónico, fervoroso aficionado taurino y jefe de teletipos, emergió de su cubil esgrimiendo una tira de papel.

«¡Se confirma el golpe de Estado en la URSS!», leyó en voz alta Pepe, parpadeando como si no diera crédito a sus ojos.

«¡Están entrando los tanques en Moscú!»

Putsch comunista: Civiles contra tanques en Moscú, en 1991.

Una de las equivocaciones más universales sobre la Unión Soviética había sido pensar que el KGB poseía el don de la ubicuidad, la burocracia era impenetrable y los trámites eternos.

Advertían que era imposible hacer entrevistas, que no se podía salir a más de 40 kilómetros de la capital, que sin reserva no hay manera de conseguir hotel y sin documentación en toda regla está descartado incluso iniciar el viaje.

Bastante hay de cierto en todo eso, pero a las 13.30 de la tarde del 19 de agosto, con un simple visado turístico en el bolsillo que me agenció desde la URSS mi amigo del alma Igor Mihalev, 5.000 dólares, un liviano ordenador personal, el necessaire, dos camisas, dos mudas y la misma ajada cazadora de cuero marrón con la que sobreviví en Bagdad los 55 días de implacable bombardeo aliado, estaba rumbo a Moscú a bordo de un avión de Aeroflot.

Carteles del viejo Aeroflot soviético.

Como aperitivo de lo que me esperaba en la URSS, el vuelo no fue una experiencia desdeñable. Para empezar, embarcamos en la puerta 16 de la terminal internacional del aeropuerto madrileño de Barajas y con ligero retraso. La mayor parte de los pasajeros eran músicos de una orquesta sinfónica que había estado dando conciertos por los pueblos de España e ingresaron al aparato arreando codazos, empujando y acarreando, además de sus voluminosos instrumentos, todo tipo de paquetes, bolsas y «souvenires».

La bandeja de comida fue inicua, como corresponde-de, y el aterrizaje en Sheremetevo, el principal de los doce aeropuertos de Moscú, resultó inolvidable por el tumulto que organizaron los músicos y la tediosa espera en la sala de recogida de equipajes.

Tenía reserva en el Hotel Rossiya, por aquel entonces el más grande del mundo, que fue cerrado por obsoleto tras la caída de la URSS y demolido en 2006, y alrededor de las nueve de la noche, como un desvalido primerizo, tomé un taxi sin discutir precio: me clavaron 25 dólares, diez veces más de lo que hubiera pagado un ruso por la misma carrera, como me explicó encolerizado Igor en cuanto me vio.

Alfonso Rojo, en el ya demolido y gigantesco Hotel Rossiya, frente al Kremlin.

A esa hora, ignorando la lluvia, cientos de personas confluían hacia el blanco edificio del Parlamento ruso, donde permanecía atrincherado Boris Yeltsin y hacia allí, en Metro como debe ser, nos fuimos Igor Mihalev y yo.

Muy pronto sumaban casi 5.000 y comenzaron a levantar barricadas con troncos de árboles, tuberías y vehículos, sin que los soldados enviados por los golpistas que montaban guardia en los alrededores, hiciesen algo por impedirlo.

Incluso se aproximaron con una grúa hasta la cercana embajada estadounidense y cogieron los cubos de cemento que desde la Guerra del Golfo bloqueaban los accesos de la delegación por temor a un atentado terrorista.

Hacía un frío húmedo, del que penetra hasta el tuétano de los huesos, pero la mayor parte de la gente optó por pasar la noche allí, cantando, trasegando vodka y charlando animadamente alrededor de las hogueras.

PD

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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