MOSCÚ SIN BRÚJULA / PRÓLOGO

Moscú sin brújula

Moscú sin brújula
Alfonso Rojo en la Plaza Roja de Moscú, ante el Kremlin, en los estertores de la URSS. Igor Mihalev

Durante más de setenta años la URSS fue, para la mayor parte de los occidentales, una especie de fantasma, tan admirado como temido, siempre imprevisible.

Su estudio quedó en manos de superespecialistas, kreminólogos, sovietólogos y espías. Sólo creyentes comunistas de probada confianza como el francés André Gide en los años treinta o diplomáticos con vocación periodística como el polaco Xavier Pruszynski en los años cuarenta lograron saltar las murallas del castillo y adentrarse en los pueblos, las ciudades, las estepas y las montañas del imperio.

En ‘Moscú, sin brújula‘, el periodista Alfonso Rojo siguió su tradición. No intentó en ningún momento escribir un tratado académico ni hacer de gurú.

Se limitó a describir fielmente, en ocasiones genialmente, sus viajes al fondo del caos; sus numerosos desplazamientos en tren y en avión por una URSS que se descomponía día a día; sus visitas a iglesias y a prostíbulos cuando, agotado e ilegalizado el comunismo, se convirtieron en la principal fuente de inspiración de un pueblo que dejó de creer; sus entrevistas a dirigentes y ciudadanos de a pie a los que durante mucho tiempo se les había prohibido hablar; sus vivencias y dolencias personales durante momentos cruciales del fin de la URSS.

En estos textos no encontrará el lector muchas cifras ni grandes reflexiones filosóficas abstractas, sino la descripción exacta de un mundo y las opiniones de unos habitantes cuando ese mundo se desmorona y se transforma.

Alfonso Rojo, en la Plaza Roja de Moscú, frente al Mausoleo de Lenín, en 1981, cuando todavía existía la Unión Soviética.

En momentos semejantes, son mucho más útiles los testimonios humanos y las experiencias personales que los informes sesudos de expertos distantes y fríos. Son tantos y tan confusos los datos que nos llegan que apenas nos sirven para comprender lo que sucede.

En transformaciones revolucionarias, acaba importando mucho más la realidad que describe a diario el periodista que la filtración académica de datos oficiales u oficiosos.

Alfonso Rojo tuvo el acierto y el valor de sacrificar varios meses de su vida en 1991 para empaparse de una URSS que se moría y trasladarnos esa agonía a los lectores en un lenguaje ágil y claro.

Durante más de setenta años, la propaganda soviética hacía muy difícil distinguir la realidad de la ficción.

Alfonso Rojo, en Moscú, con el Kremlin de fondo.

Sus mapas no se correspondían, ni remota-mente, con su geografía. Su poder militar absorbía lo mejor de sus gentes y de sus inmensos recursos. La vida se supeditaba a la ideología y la ideología acabó pronto ensombrecida por los intereses de la clase dirigente, el todopoderoso partido comunista.

Educación, administración, fuerzas armadas, cuerpo diplomático, medios de comunicación, organizaciones deportivas… cada rincón de la sociedad soviética quedó taponado por la maquinaria del «gran hermano».

Mijail Gorbachov y unos cuantos colaboradores que, probablemente, no pasan de doscientos tuvieron el valor de reconocer públicamente el agotamiento sistemático al que setenta años de leninismo, estalinismo y otros desviacionismos comunistas habían conducido a la URSS.

Bautizaron su proyecto de modernización con el nombre de «perestroika» y comenzaron a desmontar las barreras principales que impedían el acceso soviético a la tecnología punta y a los merca-dos internacionales.

Mijail Gorbachov, secretario general del PCUS de la URSS.

Sin renunciar al socialismo, sin imaginar siquiera los riesgos que corrían al abrir periódicos, radio y televisión a la libertad de crítica, destaparon una caja de Pandora que el Ejército, el KGB y el PCUS habían mantenido celosamente cerrada durante décadas.

Despertaron a la sociedad civil, redujeron la influencia militar y dejaron en libertad a los pueblos del imperio exterior. Descentralizaron sin privatizar y aceptaron el pluralismo sin una organización coherente y eficaz de partidos políticos.

El resultado fue un debilitamiento imparable del aparato central y del PCUS, y un reforzamiento paralelo de los nacionalismos y de la religión en las quince repúblicas de la vieja URSS.

Ante la firme oposición del aparato, temeroso de perder sus privilegios, Gorbachov, Yakovlev, Shevardnadze y los demás reformadores, siempre minoritarios, antepusieron las reformas políticas a las económicas, movilizaron a los ciudadanos en elección tras elección y sacudieron los cimientos de un sistema fundado en el miedo.

Creyeron prioritario debilitar el monopolio del viejo Estado y afianzarse sobre nuevas instituciones de poder -un Parlamento, una presidencia, unas repúblicas autónomas de verdad y millares de agrupaciones u organizaciones civiles- para poder enfrentarse posteriormente con los responsables de la industria, el PCUS, las cooperativas estatales y el Ejército que se oponían a cualquier reforma que atentara contra sus privilegios.

En 1991, la historia de la URSS se resume en un drama en tres actos. Se abre en el otoño del 90 con el retorno al poder en el Kremlin de las fuerzas más conservadoras, el abandono del plan de reforma económica radical de los 500 días y las dimisiones de los principales reformistas.

El Ejército Rojo, escaso de financiación y obsoleto, se retira de Afganistán.

Shevardnadze dimite en diciembre de 1991 y Gorbachov bendice en enero la intervención militar en el Báltico, con 20 muertos.

Al mismo tiempo, da carta blanca al KGB y al Ministerio del Interior para imponer un mínimo de orden en la economía. Era encargar al zorro el cuidado del gallinero.

Desde febrero la batalla por el poder que se libraba desde hacía meses en el Kremlin se trasladó a las calles de Moscú y a las minas.

Se sucedieron las manifestaciones, se multiplicaron las presiones internacionales sobre Gorbachov y, ante el fracaso de las medidas económicas de los conservadores, el último presidente soviético, siempre más popular en Occidente que en su país, buscó de nuevo refugio a la sombra de los reformistas.

Ante la imparable fuga de las repúblicas, que -empezando por Lituania en marzo del 90- se habían ido declarando soberanas y/o independientes, Gorbachov convoca un referéndum sobre la Unión el 17 de marzo de 1991.

El 76 por ciento votó a favor de preservar «una unión renovada», pero en seis de las quince repúblicas sólo votó la minoría rusa.

Con su elección como presidente de la Federación Rusa por sufragio libre y directo el 12 de junio, Boris Yeltsin, que un mes antes había acabado con las huelgas en las minas, se convierte en el hombre fuerte de la URSS y obliga a Gorbachov a acelerar la descentralización con la firma de un nuevo Tratado de la Unión.

Con la detención de Gorbachov el 18 de agosto y el decreto del estado de emergencia del día siguiente, los golpistas trataron de impedir la firma del nuevo tratado, prevista para el día 20 en el Kremlin.

Boris Yeltsin, se opone al golpe comunista y se convierte en el ‘hombre fuerte’ de la URSS.

Si el propio Yeltsin hubiera organizado el golpe para hacerlo fracasar y liquidar de paso los principales reductos del aparato comunista soviético, no le habría salido tan bien.

El fracaso del golpe aceleró todos los procesos que los golpistas trataron de evitar: la ruptura del imperio interior, la independencia de las repúblicas bálticas, la ilegalización del PCUS, el derribo de estatuas, los cambios de nombres de plazas y calles, los mercados libres, las tendencias nacionalistas, los independentismos, el descontrol monetario y presupuestario, el desplome del comercio interior, los enfrentamientos étnicos, el empobrecimiento y resquebrajamiento de las fuerzas armadas.

Una tras otra, salvo Rusia, todas las repúblicas fueron declarando su independencia entre septiembre y diciembre. La inflación se disparó. El gobierno central se declaró ‘insolvente, sin medios siquiera para pagar los sueldos de los funcionarios.

Con dos años de retraso, la URSS siguió los pasos revolucionarios iniciados en el 89 en el Este. Con setenta años de retraso, se sumó al proceso de descolonización que, en la primera guerra mundial, había acabado con los otros imperios modernos.

La gran duda, a finales del 91, era si la ruptura de la URSS seguiría los pasos violentos de Yugoslavia o la vía negociada de la transición en los demás países del Este y en España. Son cambios demasiado rápidos.

Algunos de sus efectos, como el fin de la gran amenaza nuclear de la posguerra o del mundo bipolar de las alianzas militares, se hicieron pronto evidentes. Otros, como las nuevas fronteras orientales de Europa, el uso que Alemania haría de su nuevo poder y la recomposición definitiva del mapa euroasiático, eran mucho más difíciles de anticipar.

Desde entonces y han pasado tres décadas, la batalla principal de la historia europea ha sido, sin duda de Rusia por democratizarse y reformar su economía de acuerdo con los principios del mercado liberal.

URS: tiendas vacías, escasez y racionamiento.

No es tarea fácil en un ‘imperio’ con once franjas horarias en un territorio más extenso que Estados Unidos y Canadá juntos.

Los corresponsales veteranos suelen decir que lo verdaderamente penoso es sudar un mes en el lugar de los hechos, en pleno corazón de la noticia, comiendo porquerías, enviando emotivas crónicas, ajustados despachos y arriesgados reportajes, y que al retornar a casa, nada más poner los pies en el hogar familiar, la madre pregunte: “¿Cómo vive realmente la gente allí?» o «¿Qué es realmente lo que pasa?»

En ‘Moscú sin brújula’ – en forma de pequeños relatos- se responde con todo lujo de detalles, anécdotas y notables dosis de humor a esos y a otros interrogantes sobre la ya difunta URSS.

La obra, que se inicia con la llegada de Alfonso Rojo a Moscú en los prolegómenos del golpe de Estado de agosto de 1991, y se prolonga hasta principios de 1992, es una fascinante crónica del desmoronamiento de la Unión Soviética, salpicada con deliciosas historias en las que se describe desde la ferocidad de las cucarachas moscovitas a las esperpénticas escuelas de cocina donde se practica con filetes de plástico, pasando por las respetables prostitutas o los nuevos e implacables mafiosos.

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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