MOSCÚ SIN BRÚJULA

La ‘Casa Blanca’ de Moscú (VII)

La 'Casa Blanca' de Moscú (VII)

Uno de los principales factores que los golpistas olvidaron tomar en consideración fue Boris Yeltsin: el presidente de Rusia y el político más popular de la nación.

Inexplicablemente, nadie se preocupó de cortar las líneas telefónicas de su casa o de rodearla. A las 05.00 de la madrugada, un amigo del presidente ruso llamó por teléfono y le alertó de lo que acaecía.

Yeltsin se sentía cansado e irritado. El sábado había estado en Kazajstán, negociando con el presidente de la república asiática. Una vez concluida la discusión con el tozudo Nursultán Nazarbaev ambos líderes celebraron el acuerdo bebiendo de lo lindo.

Yeltsin pasó la jornada del domingo recuperándose en su dacha de Usovo, al oeste de Moscú, y el lunes, cuando lo despertaron con la noticia del golpe todavía tenía resaca.

A pesar del punzante dolor de cabeza, el presidente ruso se encasquetó un chaleco antibalas bajo la camisa y a las 06.00 de la mañana del 19 de agosto, estaba ya discutiendo con sus ayudantes la respuesta más adecuada.

Boris Yeltsin, apoyado por los soldados, ante la ‘Casa Blanca’.

Su instinto le aconsejaba contraatacar inmediatamente, denunciar públicamente a los golpistas y convocar a la población a la resistencia pacífica.

Era una jugada arriesgada, casi absurda: el líder resacoso de Rusia, en una casa de las afueras de Moscú, con media docena de guardaespaldas, sin tropas y sin comunicaciones, planeando plantar cara al «nuevo» Gobierno soviético, al Ejército Rojo, al KGB y a la Policía.

El grupo, que incluía al alcalde de Leningrado, el bizco Anatoly Sobchak, quien se encontraba casualmente en Moscú y corrió hacia la dacha al enterarse de la noticia, respaldó entusiasmado el plan.

Un vieja rusa nostálgica del comunista Stalin.

En ese instante se recibió una llamada del servicio de inteligencia ruso, advirtiendo que el KGB tenía órdenes de capturar a Yeltsin. El presidente ruso desestimó la idea de esconderse, argumentando que no tardarían en encontrarlo y decidió coger el toro por los cuernos.

Subió a su enorme limusina «ZIL» y a toda velocidad, por el carril reservado a personalidades, enfiló hacia el Parlamento de Rusia, un colosal edificio de color claro, al que los moscovitas denominan jocosamente «la Casa Blanca».

A los 30 minutos, justo en el momento en que Yeltsin se dejaba caer agotado en el mullido sillón de su despacho, el estirado comandante de la patrulla del KGB enviada por Kriuchkov para detenerlo, pulsaba inútilmente el timbre de la dacha en el bosque de Usovo.

A esa hora, en el cercano Ministerio de Defensa, a dos manzanas del Kremlin, el golpista Yazov repetía a sus generales la fantasía del jefe del KGB: fuerzas reaccionarias no identificadas intentaban hacerse con el poder y los militares debían respaldar al Comité de Emergencia para preservar el orden.

«No hagan estupideces», advirtió tajante Yazov a los comandantes de las divisiones movilizadas.

«Habrá imbéciles que se interpongan en el camino de los tanques o que intenten lanzar cócteles Molotov. Da igual. Lo que no deseo en modo alguno es derramamiento de sangre o una carnicería.»

El dictador soviético Yosif Stalin, en el muro del Kremlin.

A las 09.00 de la mañana, las primeras unidades. tomaron ruidosamente posiciones en Moscú. Una columna de 25 transportes blindados de tropas, con paracaidistas a bordo, aparcó frente al Ayuntamiento.

Su primera medida fue arriar la bandera azul, blanca y roja de Rusia e izar en su lugar la roja con la hoz y el martillo de la URSS. Cuando los primeros carros blindados aparecieron ante la Casa Blanca se desencadenó una gran confusión.

Algunos partidarios de Yeltsin creían que los tanques venían en su ayuda y desde las ventanas prorrumpieron en aplausos. La única instrucción que habían recibido las tripulaciones de los carros era tomar posiciones frente al edificio y, muy pronto, los mu-chachos de uniforme estaban charlando amigablemente, como si pertenecieran al mismo bando, con la gente que poco a poco se iba concentrando en torno al Parlamento.

Tanques del Ejercito Rojo ante la ‘Casa Blanca’ de Moscú, en agosto de 1991.

Si el despiste se hubiera limitado a los soldados desplegados ante la Casa Blanca y a la falta de mapas de sus oficiales, el asunto no hubiera resultado excesivamente espinoso, pero a esa hora Yazov tenía ya otros quebraderos de cabeza.

Alrededor de las 09.00 de la mañana, el general Eugeny Shaposhnikov, comandante en jefe de la Fuerza Aérea soviética, contestó a la llamada de un periodista.

Cuando el reportero solicitó su opinión sobre el golpe, el general bramó por el auricular:

«¡Pregunte a esos hijos de perra sobre lo que están haciendo con nuestro país!»

Se trataba de una línea convencional y el teléfono estaba pinchado, pero nadie se presentó a arrestar al expresivo Shaposhnikov, a quien después, como premio a su energía, Gorbachov nombraría ministro de Defensa de la URSS.

Cuando en diciembre de 1991 tanto la URSS como Gorbachov desaparecieron del mapa, Yeltsin designó al general ministro de Defensa y comandante en jefe de las Fuerzas Armadas de la Confederación de Estados Independientes (CEI).

Incomprensiblemente, los implacables y feroces líderes del KGB, la Policía y el Ejército Rojo eran incapaces de detener, controlar o silenciar a sus oponentes.

En el caso de Kriuchkov, esta carencia resultaba particularmente inexplicable, porque se trataba de un hombre muy experimentado.

El director del KGB formaba parte del personal de la embajada soviética en Budapest, cuando en 1956 los blindados de Moscú aplastaron cruentamente la revuelta de los anticomunistas húngaros.

El 27 de diciembre de 1979, fue él quien personalmente supervisó la eliminación del presidente afgano Hafizullah Amin. Sobre el papel era el represor perfecto, pero de las 69 personalidades contra las que el Comité de Emergencia dictó órdenes de busca y captura, únicamente nueve fueron capturadas.

La sede del KGB en Moscú y su fundador Félix Dzerzhinski, alias ‘Felix de Hierro’

A primera hora de la tarde, los técnicos de Kriuchkov intervinieron la línea telefónica a través de la que Yeltsin repartía frenéticamente consignas a sus seguidores.

El presidente ruso se limitó a mover su corpachón hasta un despacho contiguo y seguir su tarea utilizando otro aparato.

El servicio secreto ruso, que seguía fiel a Yeltsin, prosiguió tranquilamente sus operaciones sin necesidad de abandonar su zona de la Lubianka, el tétricamente célebre edificio donde el KGB soviético tuvo siempre su sede central y desde el que Kriuchkov dirigía la conjura.

Los golpistas ni siquiera cerraron las fronteras, algo que un «blando» como el general Jaruzelski logró en pocos minutos cuando en 1981 impuso la ley marcial en Polonia.

A las 21.00 de la noche, cuando atravesé la aduana con un insignificante visado turístico, sólo me aguardaba al otro lado mi amigo Igor Mihalev, bastante despistado por cierto. No había vigilancia especial en el aeropuerto de Sheremetevo y el funcionario de turno, un muchacho rubio con la cara llena de granos, se permitió el lujo de chapurrear en inglés varias maldiciones contra los «gorilas comunistas».

Aunque el Comité de Emergencia controlaba el centro de telecomunicaciones de Ostankino, a través del que canalizaban sus transmisiones las cadenas de televisión extranjeras, no se planteó en momento alguno desconectar el satélite, algo que los ancianos y despiadados jerarcas comunistas chinos hicieron sin pestañear durante la matanza de la plaza de Tiananmen.

El asesinato del zar Nicolás II y el exterminio de la familia RomanovPD

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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