MOSCÚ SIN BRUJULA

Boris ‘El Grande’ (VIII)

Boris 'El Grande' (VIII)
Borís Nikoláyevich Yeltsin, fallecido en 2007, fue presidente de la Federación de Rusia, cargo que ejerció entre 1991 y 1999. Igor Mihalev

Cuando los rusos hablaban embelesados de las facultades «prodigiosas» de Boris Yeltsin, solían poner como ejemplo la rocambolesca anécdota que dio origen a su nombre de pila.

Los Yeltsin, una pobre familia campesina originaria de Butka, una aldea de los Urales cercana a Ekaterimburgo, donde en 1918 los bolcheviques fusilaron al zar Nicolás II y a toda su familia, nunca habían pensado llamar Boris al mayor de sus seis hijos.

Entre los campesinos rusos pervive la ancestral tradición de dar un vasito de vodka al pope cada vez que bautiza un niño. Como en Butka no había iglesia, el clérigo solía pasar una vez al mes por el villorrio y aprovechaba para meter en agua bendita a todos los recién nacidos de la localidad.

La tarde de 1931 que le tocó el turno al robusto vástago de los Yeltsin, el pope había bautizado ya a varias criaturas y fiel a la costumbre se había echado al coleto unas cuantas copas.

Nadie sabe si fue el alcohol o el cansancio, pero mi amigo Igor Mihalev, cuyo abuelo fue mandado por Stalin a un gulag en Siberia y nunca conoció a su padre, juraba que el sacerdote ortodoxo depositó al niño en la pila y se distrajo parloteando con los padrinos.

Cuando los asistentes se dieron cuenta de lo que acontecía, el amoratado pequeño llevaba ya un buen rato pataleando como una rana para no sumergirse del todo.

Sin perder la compostura, el cura recogió al bebé y, admirado por su vitalidad, dijo con los ojos encendidos por el vodka y la excitación:

«Yo te bautizo con el nombre de Boris, que quiere decir el más fuerte.»

Esa fortaleza de Boris Yeltsin, aunada a su increíble capacidad de supervivencia, quedó en evidencia de modo radiante la mañana del lunes 19 de agosto de 1991.

Boris Yeltsin, apoyado por los soldados, ante la ‘Casa Blanca’, en agosto de 1991.

Se desconocía el paradero de Gorbachov, quien seguía bajo arresto domiciliario, sin posibilidad de comunicar con el exterior y con la única compañía de su esposa Raisa, su nieta Anastasia, su hija Irina, su yerno, el director de cine Karen Shajnazarov, sus 31 fieles guardaespaldas, su asesor Gueorgui Shajnazarov y su secretaria personal, la discreta Sorokina.

Desplegadas las tropas, los miembros del Comité de Emergencia lanzaban mensajes por radio. Tras afirmar certeramente que la URSS se enfrentaba al peli-gro inminente del hambre y la miseria, además del caos y la anarquía, aseguraban:

«Antes el ciudadano soviético era respetado por pertenecer a un gran país, ahora los soviéticos somos ciudadanos de tercera en todo el mundo y hemos de humillarnos ante las limosnas.»

Para «conjurar el peligro», los golpistas promulgaron un catálogo de dieciséis medidas entre las que destacaban la prohibición de partidos políticos, huelgas y manifestaciones, además de la promesa de bajar los precios y subir los salarios.

A media mañana del lunes, daba la impresión de que la población se había resignado y se preparaba, siguiendo el ejemplo de generaciones anteriores, a doblar humildemente la cerviz ante los dictadores.

En lugar de erigir barricadas, la multitud invadía las tiendas y hacía acopio de cerillas, pan, latas y todo lo imaginable. Para delicia de los consumidores, en los almacenes estatales emergieron milagrosamente partidas de vodka y coñac.

Era una maniobra de las nuevas autoridades, destinada a distraer la atención de las masas, pero a nadie le importó. En las esquinas florecía el mercado negro.

Mercado negro: Así era Moscú cuando cayó la URSS.

En la Vieja Arbat, la calle peatonal donde los jóvenes pintores contestatarios ofrecían sus Cristos crucificados en la hoz y el martillo y sus posmodernos retratos del zar, los precios se desplomaron, probablemente porque los artistas asumían que los días de la libertad de expresión y del mercadeo turístico tocaban a su fin.

La agencia TASS, NOVOSTI, la Radiotelevisión, y los principales medios de comunicación se limitaban a reproducir con moderación e incluso con velada simpatía la proclama golpista. Sólo en las siempre díscolas repúblicas bálticas —en Estonia, Letonia y Lituania—, además de la belicosa Georgia, se alzaron enérgicamente voces llamando a la revuelta.

La capital permaneció totalmente tranquila hasta el mediodía, cuando 2.000 personas se congregaron en la plaza Manege y corearon hasta enronquecer con-signas anticomunistas y de apoyo a Yeltsin.

Al filo de las 12.30, al grito de «¡Al Parlamento! ¡Al Parlamento!», enfilaron por la avenida Kalinin hasta el mastodóntico edificio.

Fue entonces cuando Yeltsin mostró la cara fascinante de su caleidoscópica personalidad. Podía haberse amilanado, guardar silencio como hacían a esa hora los ministros más famosos de Gorbachov y los gobiernos de las repúblicas, pero en cuanto le plantaron el primer micrófono delante se lanzó en tromba.

Con un acento propio de capataz, altisonante, pletórico de confianza en sí mismo, el fornido presidente ruso tildó de «aventureros» e «irresponsables» a los miembros del Comité de Emergencia, calificó lo ocurrido de «golpe de Estado reaccionario y anticonstitucional» y llamó a los 143 millones de rusos a declararse en «huelga general indefinida».

Casa Blanca: Civiles contra tanques en Moscú, durante el golpe comunista de 1991.

Emplazó a los corresponsales extranjeros a difundir un manifiesto en el que el Gobierno ruso exigía la vuelta del país a la vía democrática y bruscamente, como alentado por una irresistible voz interior, comenzó a caminar a grandes zancadas hacia la calle.

En ese momento, frente al Parlamento, debatiéndose entre el miedo y la ira, permanecían un par de miles de moscovitas.

Acababan de hacer irrupción en escena varios carros blindados y una decena de transportes de tropas. Nadie sabía qué intenciones reales traían los militares.

La gente intentaba confraternizar con los soldados, les ofrecía esconderles en sus casas si desertaban e invocaba a Dios pidiéndoles que no disparasen sobre una multitud en la que podían estar sus propios padres y hermanos.

Era aventurado salir, porque Yeltsin se exponía a un arresto o a ser blanco de un hábil francotirador. Pensando precisamente en eso, cuatro agentes con escudos antibalas le seguían como lapas a todos lados. Otro no lo hubiera hecho, pero el presidente ruso asumió los riesgos y con su gesto creó una de las más imborrables imágenes de la crisis.

Haciendo gala de su fino olfato político y de su sentido de la puesta en escena, se encaramó a un tanque y en tono firme exhortó a los ciudadanos a la desobediencia civil.

Consumada su intervención, tan impetuosamente como había aparecido, abrazó al soldado que comandaba el tanque y cuya cabeza asomaba por la portezuela, se retiró hacia el interior del edificio y se encastilló dentro.

Por la tarde, un joven recorrió varias calles del centro sosteniendo sobre su cabeza una pancarta con las palabras de Yeltsin y gritando desaforadamente:

«¡Una banda de fascistas ha tomado el poder!»

Nadie intentó detenerle, ni le hizo caso. Los peatones cruzaban junto a él como si no lo vieran, ni escucharan sus berridos.

Alrededor de las diez de la noche, todavía no repuesto del cabreo de saberme engañado como un pardillo por un taxista de aeropuerto, llamé a Stellos, un corresponsal griego, viejo amigo de correrías periodísticas, cuyo apartamento moscovita quedaba al principio de la avenida Kutuzovski, en el ghetto para extranjeros que hay a quinientos metros de la Casa Blanca.

Yeltsin ante la Casa Blanca de Moscú, durante el golpe de 1991.

Tras oír el noticiario de la sacrosanta BBC albergaba la impresión de que Yeltsin estaba solo y muy pronto sería forzado a evacuar su guarida, pero Stellos insistió en lo contrario.

«No sé cómo se las va a arreglar el bruto de Boris, pero estos viejos bastardos van listos», aseguró el griego, con el apasionamiento anejo a su forma de ser.

«Son tan rematadamente tontos que hasta nos han permitido en la rueda de prensa que los comparásemos con Pinochet. El asunto se les está escapando de las manos.»

Stellos añadió que el presidente ruso no estaba totalmente aislado. El ex ministro de Exteriores Eduard Shevardnadze y Alexander Yakovlev, el veterano asesor de Gorbachov que tres días antes del golpe había advertido que se preparaba una intentona, pedían también a la gente que resistiera.

Yeltsin arenga a la multitud ante la ‘Casa Blanca’ de Moscú, durante la intentona golpista comunista de 1991.

Sin molestarme en deshacer el equipaje, bajé a la recepción del hotel, imploré que me buscaran un taxi, acepté pagar de nuevo en dólares y partí hacia el Parlamento, sin esperar a Igor Mihalev, que me riñó por no haber ido en Metro cuando me encontró junto a la gigantesca Casa Blanca y no se separó ya un minuto, sirviéndome de guía experimentado en aquel barullo.

Esa noche, cuando el termómetro rozó los 12 grados centígrados y se diseminó el rumor de que los paracaidistas planeaban aprovechar la oscuridad para asaltar la Casa Blanca, sólo 5 000 enfervorizados ciudadanos permanecieron a pie firme frente a la fachada, dispuestos a defender con sus pechos al presidente Yeltsin.

Encendieron fogatas, se arrebujaron en los duros asientos de los autobuses con los que habían montado las primeras barreras y fueron contando las horas, con el alma en vilo y ateridos de frío, hasta que vieron amanecer.

Yeltsin, nacido en 1931 en Ekaterinburgo y muerto en Moscú en 2007 fue presidente de la Federación de Rusia entre 1991 y 1999. Era un personaje oportunista, populista que supo ganarse la mayoría de la atribulada población para llevar destruir la URSS.RT

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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