MOSCÚ SIN BRÚJULA

La expropiación del PCUS (XIX)

La expropiación del PCUS (XIX)
Marx, Engels, Lenin y Stalín en un poster de la URSS. EP

La función recordaba tenuemente las fascinantes polémicas de los portugueses en la Plaza del Rossio, al inicio de la «Revolución de los Claveles», los sesudos debates que entablaban los berlineses del este en Alexander Platz y las interminables discusiones de los estudiantes de Praga, en la Plaza Wenceslao, durante el turbulento otoño de 1989.

Los protagonistas, en esta ocasión, eran los cada día más desbocados ciudadanos rusos y el escenario, la Plaza Vieja, donde tenía su sede el Comité Central del Partido Comunista, en pleno corazón de Moscú.

La manija del sólido portón de hierro amaneció el 23 de agosto con un pasquín escrito a mano, donde se explicaba que Gavriil Popov, el corpulento alcalde de la capital, había ordenado clausurar a cal y canto el edificio.

En la estrella plateada donde se encastraban los mástiles de los estandartes comunistas en ocasiones especiales, ondeaba una banderita rusa: tres franjas horizontales, una roja, otra azul y la de arriba blanca.

Para impedir que la gente se metiera dentro habían atravesado unas cuantas vallas en semicírculo ante la puerta. Detrás, con gesto serio y walkie-talkie a la cintura, montaban guardia dos policías desarmados y un comandante de la Milicia.

El comandante parecía uno de esos actores con cara de malvado que encarnan a los «pérfidos» generales soviéticos en las primeras películas de James Bond.

Era gordo, grandón y mofletudo. Tenía esas venillas violáceas que afloran en la nariz a los empedernidos bebedores de vodka, un par de ojos achinados y repetía imperturbable y con voz neutra:

«Nadie puede pasar, sean razonables, camaradas, no se puede entrar…»

Kruchev en XX Congreso del PCUS, en 1956, con el que emepezó en la URSS la 'desestalinización'.

Boris Yeltsin había anunciado el día anterior la expropiación de los innumerables bienes, cuentas y edificios del PCUS y la gente preguntaba, curioseaba, exigía, debatía y, sobre todo, acusaba, cómo no se había atrevido a hacerlo en siete décadas.

«¡Mijail Serguevitch Gorbachov está implicado hasta las cejas en el golpe!», afirmaba un muchacho alto, con gafas, aspecto de matemático y mirar fijo.

 «¡Es el secretario general del PCUS! ¡El máximo responsable! ¡El jefe de la cuadrilla!»

A su alrededor, la masa bufaba, mugía y asentía con ese sordo rencor de los que saben que han agachado servilmente la cabeza muchas veces.

«¡Eso, eso! ¡Gorbachov sabía lo que tramaban Yanaev y los otros y ahora se hace el loco! ¡Está repitiendo la misma táctica de viejo zorro que aplicó en enero, cuando los militares entraron a tiros en la televisión de Lituania!»

El joven gritaba como un poseso para hacerse oír. Una mujer con cara de buena intentó argumentar tímidamente. Recordó que Gorbachov había frenado durante muchos meses a los «duros» del PCUS. Insistió en que en su dacha de Crimea se había negado valientemente a sumarse a la conjura. Iba a decir algo más e incluso inhaló aire, pero no le dio tiempo.

«¡Eso es falso!», interrumpió el muchacho con mirada de miope.

«Ha dicho que quiere salvar al Partido y está colocando en los puestos clave a todos los dinosaurios comunistas. ¡Todos ellos se han doctora-do en el mismo matadero!»

Stalin y el culto a la personalidad en la URSS.

En plena discusión, un tipo con un voluminoso aparato de radio acoplado a la oreja, anunció que acababan de comunicar el cese del general Moiseev.

Apenas veinticuatro horas antes, el despistado Gorbachov había nombrado a Moiseev ministro de Defensa, en sustitución del golpista Yazov, y la noticia desató una catarata de risas, burlas y comentarios procaces.

«Han encontrado la firma de Moiseev en el documento donde se ordenaba a las Fuerzas Especiales asaltar el Parlamento ruso y capturar a Yeltsin.»

Frente al edificio, en el aparcamiento reservado a los vehículos oficiales, no había ese viernes un solo coche.

Los pesados Volga negros, con antena de radio en el techo y corpulento chófer al volante, se habían esfumado como por encanto.

Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

Recibe nuestras noticias en tu correo

Lo más leido